El Cartero de Ballard CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Indira Vance resultó ser una mujer de unos cincuenta años, de gesto sereno y mirada aguda, vestida con la clase de traje sobrio que sugería décadas de experiencia evaluando empresas desde fuera sin dejarse impresionar por nada de lo que vieran sus ojos.

Escuchó a Dash durante casi cuarenta minutos sin interrumpir, tomando notas en un cuaderno pequeño de tapa negra, y cuando él terminó de exponer todo lo que había reunido, cerró el cuaderno con un gesto pausado.

—Llevo tres semanas con sospechas similares —dijo finalmente—, pero sin pruebas documentales tan detalladas como las que usted tiene.

La diferencia entre las cantidades pedidas y recibidas de MIT que ha señalado coincide exactamente con un patrón que yo había detectado en los registros financieros: una cuenta de gastos menores, mal etiquetada como «mantenimiento de maquinaria», que en realidad parece estar canalizando pagos a un proveedor no autorizado.

—¿Foster Mercer?

—Es la persona con acceso directo a ambos sistemas, el de inventario y el de gastos del almacén.

No puedo confirmarlo sin más investigación, pero es, ahora mismo, el candidato más evidente.

Lo que necesito de usted, señor Whitfield, es que me entregue una copia completa de su documentación, y que, por su propia seguridad profesional, deje de investigar por su cuenta a partir de ahora.

—¿Por mi seguridad?

—Si hay alguien dispuesto a desviar un conservante regulado y sustituirlo, probablemente con algo más barato y menos seguro, para abaratar costes sin que la empresa lo sepa, estamos hablando de alguien dispuesto a asumir riesgos legales considerables.

No sabemos hasta qué punto esa persona está dispuesta a llegar para proteger lo que está haciendo.

Usted ya ha sido apartado del proyecto. Tómelo como una advertencia, no como una casualidad administrativa.

Dash salió de aquella reunión con una mezcla de alivio, por no estar solo en sus sospechas, y una inquietud nueva que no había sentido hasta entonces, la sensación concreta de que aquello había dejado de ser una simple discrepancia contable para convertirse en algo con consecuencias reales.

Esa noche se lo contó todo a Marlow, palabra por palabra, sentados en el suelo del salón de ella, rodeados de las plantas que sobrevivían contra todo pronóstico, y cuando terminó, Marlow se quedó callada un momento, con una expresión que Dash no supo interpretar del todo.

—¿Qué pasa?

—Que tengo miedo —admitió ella, sin rodeos—. No de que pierdas el trabajo. De que esto se complique de verdad y tú estés en el medio.

—Indira me ha dicho que deje de investigar por mi cuenta.

—¿Y vas a hacerle caso?

Dash dudó un instante antes de responder, y ese instante fue suficiente para que Marlow entendiera la respuesta antes incluso de escucharla.

—Voy a entregarle todo lo que tengo. Pero no puedo simplemente apartar la vista ahora, Marlow. Si hay gente comprando cremas con un ingrediente no autorizado, sin saberlo, y sufriendo reacciones por ello, no puedo fingir que no lo sé solo porque es más cómodo.

Marlow asintió, comprendiendo, aunque el miedo no desapareció del todo, solo se acomodó en algún lugar del pecho donde permanecería, latente, durante las semanas siguientes.