El Cartero de Ballard CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Febrero trajo consigo un giro que ninguno de los dos esperaba. Dash llegó al apartamento de Marlow un martes por la noche con el rostro pálido y una expresión que ella reconoció de inmediato como la de alguien que acababa de recibir una mala noticia.

—Me han apartado del proyecto de la planta de Tacoma —dijo, sentándose en el sofá sin quitarse siquiera el abrigo—.

Greer me llamó esta tarde. Dijo que «por reestructuración interna», a partir de ahora todo lo relacionado con proveedores y logística de materia prima pasará directamente por Foster Mercer, sin pasar por mí.

—¿Te dio alguna razón concreta?

—Dijo que era para «optimizar la cadena de mando». Pero llevo cinco años en Operaciones, Marlow, y este tipo de decisiones nunca se toman así, de un día para otro, sin reunión previa, sin explicación detallada. Me lo comunicó por teléfono, ni siquiera en persona.

Marlow se sentó junto a él, quitándole con suavidad la bufanda que todavía llevaba puesta, y lo dejó hablar sin interrumpir, dándole espacio para procesar lo que claramente le había desestabilizado.

—¿Crees que saben que estás investigando?

—No veo otra explicación razonable. Llevo semanas haciendo preguntas incómodas, copiando documentos, llamando a Tacoma más de lo habitual. Si Greer está implicada de algún modo, lo más sencillo para protegerse es quitarme de en medio antes de que encuentre algo que no pueda explicar.

—¿Y ahora qué vas a hacer?

Dash se quedó callado un momento, mirando sus propias manos como si la respuesta estuviera escrita en ellas.

—No lo sé. Si insisto demasiado, parezco un empleado descontento buscando venganza por haber sido apartado.

Si me callo, dejo pasar algo que podría estar haciendo daño real a la gente que usa nuestros productos.

Hay un límite legal de MIT en las cremas faciales precisamente porque en concentraciones más altas provoca reacciones alérgicas graves.

Si alguien está desviando el conservante para venderlo por otro lado y compensando con menos cantidad de la debida en la fórmula, o peor, si lo están sustituyendo por algo más barato y no autorizado, hay clientes que podrían sufrir consecuencias serias sin saberlo.

—Entonces no puedes quedarte callado.

—Lo sé. Pero no sé por dónde seguir sin acceso directo a los documentos.

Marlow se levantó, fue hasta la cocina y volvió con dos tazas de manzanilla, porque le pareció que la situación pedía algo más calmante que el té negro habitual, y se las tendió antes de volver a sentarse, esta vez con las piernas cruzadas sobre el sofá, encarándolo.

—Tienes el disco duro con todo lo que ya copiaste. Eso no te lo pueden quitar. Y conoces gente en la planta de Tacoma, ¿no? Gente que no sea Foster Mercer.

—Hay una supervisora de almacén, Tansy Quill. Llevamos años hablando por teléfono para coordinar envíos. Es de las pocas personas allí que siempre ha sido directa conmigo, sin rodeos.

—Pues empieza por ahí. No como investigación oficial, solo como una llamada normal, preguntando cómo van las cosas. A veces la gente cuenta más cuando no siente que la están interrogando.

Dash la miró con una mezcla de gratitud y algo parecido al asombro, como si redescubriera, una vez más, lo mucho que valoraba tenerla cerca en momentos así.

—¿Cómo es que siempre sabes qué decir?

—No siempre lo sé. Pero llevo seis años entregando correo a gente en los peores y mejores momentos de su vida. Aprendes a reconocer cuándo alguien necesita un plan y cuándo solo necesita que alguien se siente a su lado un rato antes de buscar el plan.