El Cartero de Ballard CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

El cumpleaños de Marlow caía el último sábado de enero, y Dash había estado planeando algo durante semanas con un sigilo que a ella le resultaba sospechoso, sobre todo porque Birdie se ponía extrañamente evasiva cada vez que Marlow le preguntaba si sabía algo.

—No sé nada —dijo Birdie por enésima vez, mientras le ayudaba a elegir qué ponerse esa tarde—. Dash me dijo que no te dijera nada, y soy una persona de palabra, así que no te voy a decir nada.

—Eso es básicamente confirmar que sabes algo.

—Es básicamente confirmar que sé guardar un secreto, que es distinto.

Dash llegó a recogerla a las siete con los ojos vendados con un pañuelo de seda azul marino que ella reconoció, con cierta sospecha, como uno de los suyos, robado seguramente del cajón de su armario en algún momento de la semana.

—Esto es ridículamente dramático —dijo Marlow, dejándose guiar hacia el coche con una mano apoyada en el brazo de Dash.

—Te gusta el drama, no finjas que no.

Condujeron durante lo que a Marlow le pareció veinte minutos, aunque sin poder ver era difícil calcularlo con precisión, y cuando finalmente el coche se detuvo y Dash le quitó el pañuelo, se encontró frente a un pequeño edificio de ladrillo en el barrio de Georgetown, con un letrero discreto sobre la puerta que anunciaba una escuela de cocina.

—¿Una escuela de cocina?

—He alquilado la cocina-estudio para esta noche. El chef que la dirige es amigo de un amigo de Crew, y me ha dejado el espacio para nosotros solos. Vamos a cocinar juntos. Tú vas a enseñarme a hacer algo que no sea risotto, y yo voy a intentar no decepcionarte demasiado.

El interior estaba iluminado con velas dispuestas sobre la encimera de acero inoxidable, y sobre la mesa central había ingredientes ya dispuestos para preparar pasta fresca desde cero, algo que Marlow había mencionado de pasada semanas atrás, contándole que su padre solía hacerla los domingos cuando ella era pequeña, amasando la harina con los huevos sobre la mesa de la cocina mientras la radio sonaba de fondo.

—Te acordaste —dijo Marlow, con la voz un poco tomada.

—Me acuerdo de todo lo que dices. Es uno de mis pocos talentos útiles.

Pasaron las siguientes dos horas cubiertos de harina hasta los codos, riendo cada vez que la masa se rompía o se pegaba a las manos de Dash de formas que parecían desafiar la física, y cuando finalmente consiguieron un lote decente de tagliatelle, lo hirvieron y lo sirvieron con una salsa sencilla de mantequilla, salvia y parmesano, comiendo directamente de la sartén porque ninguno tuvo paciencia para buscar platos.

—Feliz cumpleaños —dijo Dash, levantando su copa de vino contra la de ella—. Por otro año de paquetes mal dirigidos y de risottos cada vez menos desastrosos.

—Por eso —respondió Marlow, brindando—. Y por que sigas acordándote de las cosas que digo, incluso de las tontas.

Más tarde, de vuelta en el loft de Dash, con la ropa todavía oliendo levemente a harina y vino, ninguno de los dos encendió las luces del salón.

La única claridad venía de las farolas de la calle, filtrándose por las ventanas altas en franjas suaves sobre el suelo de madera.

Dash la abrazó por detrás mientras ella se quitaba los pendientes frente al espejo del recibidor, apartándole el pelo de un hombro para besarle el cuello con una lentitud deliberada que le hizo cerrar los ojos.

—¿Te he dicho ya que ha sido el mejor cumpleaños que recuerdo? —murmuró Marlow, girándose entre sus brazos.

—Todavía no ha terminado —respondió Dash, y la guió hacia el dormitorio sin prisa, deteniéndose a besarla en el pasillo, en el marco de la puerta, como si no quisiera llegar demasiado rápido a ningún sitio.

La puerta del dormitorio se cerró suavemente tras ellos, y el resto de la noche quedó solo para los dos: la luz de la calle dibujando sombras sobre las sábanas revueltas, las risas bajas entre susurros, el silencio cálido y satisfecho que llegó mucho después, cuando ambos se quedaron dormidos enredados el uno en el otro, con la ciudad murmurando suavemente al otro lado de la ventana.