CAPÍTULO 7
Diciembre trajo consigo las luces navideñas que convertían Ballard en un escaparate constante, y trajo también una rutina nueva entre Marlow y Dash que ya no se parecía en nada a las paradas técnicas de octubre.
Pasaban casi todas las noches juntos, alternando entre el apartamento pequeño y lleno de plantas de Marlow y el loft más ordenado y minimalista de Dash, y habían empezado a dejar cosas en casa del otro: un cepillo de dientes, una muda de ropa, el cargador del teléfono que terminaba siempre enredado con el del otro en algún cajón.
Una tarde de mediados de mes, Marlow llegó al loft de Dash después de su turno, todavía con la chaqueta del uniforme puesta, y lo encontró sentado en el sofá con el portátil abierto y una expresión de concentración que no era la habitual.
—¿Todo bien?
—Hay algo raro con los números de la planta de Tacoma —dijo Dash, sin levantar la vista de la pantalla—.
Llevo dos semanas viendo discrepancias en los pedidos de un ingrediente concreto, un conservante que usamos en la línea de cremas faciales.
Las cantidades que se piden no coinciden con las que aparecen registradas como recibidas.
No es mucho, unos pocos kilos cada vez, pero es constante, y constante en este negocio normalmente significa que alguien lo está haciendo a propósito.
—¿Has hablado con alguien de esto?
—Todavía no. Quiero estar seguro antes de levantar la liebre. Si me equivoco, parezco un paranoico acusando a gente sin pruebas. Si tengo razón... no sé exactamente con qué me voy a encontrar.
Marlow se sentó a su lado, quitándose los zapatos y subiendo los pies al sofá, mirando por encima de su hombro la hoja de cálculo llena de números que para ella no significaban nada pero que claramente preocupaban a Dash.
—¿Qué conservante es?
—Algo llamado MIT, metilisotiazolinona. Se usa en pequeñas cantidades porque en concentraciones altas puede causar reacciones alérgicas serias, incluso dermatitis grave. Por eso está tan regulado, hay límites estrictos de cuánto se puede usar por producto.
—¿Y crees que alguien está... qué, robándolo? ¿Vendiéndolo?
—No lo sé. Podría ser tan simple como un error administrativo, alguien introduciendo mal los números en el sistema. Pero llevo en Operaciones cinco años y nunca había visto un patrón tan consistente sin explicación.
Dash cerró el portátil, frotándose los ojos con cansancio, y Marlow le pasó los dedos por el pelo en un gesto que se había vuelto automático entre ellos en las últimas semanas.
—Sea lo que sea, lo averiguarás. Eres bueno en esto, en encontrar lo que no encaja. Yo lo veo todos los días en cómo organizas tu vida, hasta el cajón de los cargadores enredados tiene un sistema, aunque a mí me parezca un caos absoluto.
—¿Quién dice que el cajón de los cargadores no es exactamente el sistema que necesito?
—Nadie, simplemente observo.
Dash sonrió, el cansancio en su rostro suavizándose un poco, y la atrajo hacia él hasta que Marlow quedó medio recostada sobre su pecho, escuchando el latido constante de su corazón bajo la camisa.
—Gracias por escuchar todo esto sin mirarme como si estuviera inventando una conspiración de nada.
—Para eso estoy. Para escuchar conspiraciones de cosméticos a las ocho de la tarde un martes cualquiera.
Se quedaron así un rato, en silencio, viendo cómo la lluvia golpeaba suavemente las ventanas del loft, y aunque ninguno de los dos lo dijo en voz alta, ambos sintieron que aquello, esa quietud compartida sin necesidad de llenar el espacio con conversación, era una de las cosas más cercanas a la felicidad que habían sentido en mucho tiempo.