CAPÍTULO 6
La devolución de la visita ocurrió dos semanas después, cuando Dash invitó a Marlow a cenar en casa de su padre, Holt Whitfield, en Wallingford, un hombre alto y de pocas palabras que había trabajado treinta años como ingeniero en Boeing y que recibió a Marlow con un apretón de manos firme y una mirada evaluadora que no se molestó en disimular.
—Así que repartes el correo —dijo Holt, mientras servía la cena, una mezcla de pollo asado y verduras que delataba que la cocina no era su fuerte, pero que tampoco era un desastre.
—Así es.
—Trabajo honesto. Mi padre fue cartero treinta y cinco años, en Tacoma. Llovía, nevaba, lo que fuera, él salía con la bolsa.
—Entonces estamos en buena compañía —dijo Marlow, y vio algo ceder en la expresión de Holt, una aprobación silenciosa que claramente no repartía a la ligera.
Wren Whitfield, la hermana de Dash, había venido desde Portland para la ocasión, una mujer de veintiocho años con el pelo cortado en un bob asimétrico y el mismo humor seco que su hermano, que se sentó junto a Marlow y pasó la mayor parte de la cena haciéndole preguntas sobre su trabajo con un interés que no parecía fingido.
—Entonces, ¿es verdad que sabes el contenido emocional de un sobre solo por cómo está sellado? —preguntó Wren, con los ojos brillantes de diversión.
—No exactamente, pero después de seis años aprendes a leer cosas.
Los sobres de devolución de impuestos llegan siempre con prisa, mal pegados.
Las cartas de amor, las de verdad, suelen llevar sello extra aunque no haga falta, como si la gente necesitara asegurarse de que el mensaje pesa lo suficiente para llegar.
—Eso es lo más bonito que he escuchado en meses —dijo Wren, mirando a su hermano con una ceja levantada que decía, con total claridad, «esta me gusta, no la dejes escapar».
Después de la cena, mientras Holt y Wren discutían en la cocina sobre quién había estropeado la receta familiar de relleno de pavo, modificándola «sin autorización» según Holt, Dash llevó a Marlow al porche trasero, una zona pequeña con dos sillas de jardín desgastadas por el tiempo y una vista parcial del lago Union.
—Gracias por venir —dijo Dash, sentándose junto a ella, sus hombros casi tocándose en el espacio reducido—. Sé que mi padre puede ser intimidante. Es de pocas palabras, pero le has caído bien. Lo de Boeing y los apretones de manos firmes es su forma de decir que aprueba.
—Tu padre me recuerda un poco al mío —dijo Marlow, mirando hacia el agua, que se veía como una mancha oscura entre los árboles—.
Mi padre tampoco hablaba mucho. Decía las cosas importantes con acciones, no con palabras.
Arreglaba lo que se rompía en casa sin que nadie se lo pidiera, dejaba el coche calentando en invierno antes de que yo saliera para el instituto.
Cuando se puso enfermo, lo más difícil no fue verlo débil.
Fue verlo incapaz de hacer esas pequeñas cosas que eran su forma de querernos.
Dash le tomó la mano, entrelazando los dedos con los suyos sin decir nada, dejando que el silencio hiciera el trabajo que las palabras no podían hacer en ese momento.
—¿Cuánto tiempo estuvo enfermo? —preguntó al fin, con cuidado, sin presionar.
—Catorce meses. Cáncer de pulmón, aunque nunca fumó un solo día en su vida.
A veces el cuerpo simplemente decide traicionarte sin motivo aparente.
Murió hace cinco años, en marzo. Todavía hay días en que llego a una casa de mi ruta y veo a alguien recibiendo un paquete con la misma ilusión que tenía él cuando esperaba sus semillas de jardín por correo, y se me hace un nudo en la garganta que tardo un rato en deshacer.
—No tienes que estar bien todo el tiempo, ¿sabes? —dijo Dash, girándose para mirarla de frente—. Conmigo no, al menos.
Marlow lo miró, sorprendida por la sencillez de la frase y por lo mucho que necesitaba escucharla, y antes de que pudiera responder con palabras, se inclinó hacia él y lo besó.
Fue un beso lento, casi tímido al principio, las manos de Dash subiendo despacio hasta enmarcarle la cara con una suavidad que contrastaba con la urgencia que Marlow sentía crecer en el pecho.
Sabía a la sidra caliente que habían bebido durante la cena, con un toque de canela, y cuando se separaron, apenas unos centímetros, ambos respiraban un poco más rápido de lo normal.
—Llevaba semanas queriendo hacer eso —admitió Dash, con la frente apoyada contra la de ella.
—Yo desde el risotto, para ser sincera.
—¿En serio? ¿Por el risotto?
—Por el perejil de más. Me pareció encantador lo mucho que te esforzabas.
Volvieron a besarse, esta vez sin la timidez del primero, y desde la cocina les llegó la voz de Wren gritando que la cena estaba lista para el postre y que si pensaban quedarse fuera toda la noche, al menos que llevaran sus platos sucios.