CAPÍTULO 5
Noviembre llegó con sus lluvias habituales, esas que en Seattle no eran tormentas dramáticas sino una llovizna persistente que parecía no tener intención de marcharse nunca, y con él llegó también la costumbre, ya asumida por ambos, de las cenas los miércoles y los paseos los sábados, intercalados con mensajes que se enviaban a deshora sobre cosas tan triviales como el nombre de una nube o tan importantes como los miedos que ninguno de los dos había compartido todavía con nadie más.
Marlow llevó a Dash a conocer a su madre, Sunny Bennett, un domingo de mediados de mes, en la casa donde Marlow había crecido, en el barrio de Greenwood, una vivienda de una planta con el porche lleno de macetas de geranios que sobrevivían al clima de Seattle por pura terquedad, igual que su dueña.
—Así que tú eres el de los paquetes mal dirigidos —dijo Sunny, abriendo la puerta antes de que Dash terminara de llamar al timbre, con un delantal manchado de harina y una sonrisa que era una versión más arrugada de la de Marlow—. Mi hija me lo contó todo. Hasta el detalle de la plancha de pelo.
—Mamá —dijo Marlow, con la mortificación específica de quien descubre que su madre ha sido informada con lujo de detalles de algo que pensaba haber contado de forma casual.
—¿Qué? Es información relevante. Quiero saber qué clase de hombre compra planchas de pelo y luego lo niega.
—Era para mi hermana —dijo Dash, ya entrando en la casa, sin perder el ritmo—. Y, para que conste, también compro libros de cocina, que es mucho menos vergonzoso.
—Me cae bien —le dijo Sunny a Marlow por encima del hombro de Dash, en voz lo bastante alta como para que él la oyera perfectamente, lo cual probablemente era la intención.
La cena fue ruidosa y desordenada, con Sunny insistiendo en servir tres platos distintos porque nunca sabía cuál sería el favorito de un invitado nuevo, y con la abuela de Marlow, Pearl, que vivía con Sunny desde que había enviudado, interrogando a Dash sobre sus intenciones con un descaro que solo se permiten las personas mayores de ochenta años.
—¿Trabajas en cosmética, dices? —preguntó Pearl, sirviéndose más puré de patata del que cualquier persona podría comer—. Mi generación se maquillaba con lo que había en la cocina. Remolacha para las mejillas, hollín para las pestañas. Ustedes lo complican todo.
—Tiene usted razón, señora Bennett. A veces pienso que el setenta por ciento de mi trabajo consiste en discutir si un nombre de color suena lo bastante elegante.
—Eso es absurdo.
—Completamente absurdo —coincidió Dash, y Pearl pareció decidir, ahí mismo, que le caía bien, porque le sirvió una porción extra de pastel sin que nadie se lo pidiera.
Más tarde, mientras Marlow ayudaba a su madre a recoger la cocina y Dash se quedaba en el salón escuchando a Pearl contar la historia, ya repetida un centenar de veces en la familia, de cómo había conocido a su difunto marido en una pista de baile de Tacoma en 1962, Sunny bajó la voz.
—¿Es en serio esto, cariño?
—No lo sé, mamá. Llevamos poco más de un mes.
—A tu padre lo conocí en tres semanas y supe que era él. A veces el tiempo no tiene tanto que ver con la certeza.
Marlow no respondió de inmediato, secando un plato con más cuidado del necesario, dejando que las palabras de su madre se asentaran.
Pensó en cómo Dash escuchaba de verdad cuando ella hablaba, sin mirar el teléfono ni interrumpir para hablar de sí mismo, en cómo se había acordado, sin que ella lo repitiera, de que odiaba la cebolla cruda pero no la cocinada, en cómo la había hecho reír más en cuatro semanas que la mayoría de la gente en años.
—Creo que podría serlo —admitió finalmente, en voz baja, casi para sí misma—. Creo que podría serlo de verdad.