CAPÍTULO 4
La primera cita de verdad, la que ninguno de los dos pudo seguir disfrazando de coincidencia, ocurrió un sábado de finales de octubre, cuando Dash le propuso ir a un mercado de productores en el muelle, con la excusa de que necesitaba ingredientes para otro intento de risotto y necesitaba supervisión profesional, dado que ella, según él, parecía saber distinguir un tomate decente con solo mirarlo desde la distancia de un porche.
Hacía un día inusualmente despejado para esa época del año, con el sol asomando entre las nubes el tiempo suficiente para que la bahía brillara como una lámina de metal pulido.
Caminaron entre los puestos de flores, pescado fresco y verduras de temporada, y Dash demostró ser tan inútil eligiendo tomates como había predicho Marlow, eligiendo siempre los más bonitos por fuera en lugar de los más maduros.
—Este —dijo Marlow, cogiendo uno de un montón y poniéndoselo en la mano— huele a tomate de verdad. El que tenías tú huele a plástico con ambiciones.
—Estás siendo muy dura con mi instinto natural para la compra.
—Tu instinto natural para la compra te hizo encargar una plancha de pelo a una dirección que no existe.
—Eso fue un error tipográfico, no un fallo de carácter.
Compraron tomates, albahaca fresca, un trozo de queso parmesano que el tendero cortó de una rueda enorme con un cuchillo curvo, y una botella de vino blanco que Dash insistió en pagar él, alegando que había sido idea suya el plan y que las reglas de cortesía en Seattle, aunque informales, seguían existiendo.
Pasaron después por delante de un puesto de café y, cuando Marlow pidió un té en lugar de un café, Dash le confesó que él tampoco era muy de café, que prefería el té negro fuerte por las mañanas y algo con menta por las tardes, y que llevaba meses pidiendo café en las reuniones solo porque parecía lo profesionalmente correcto.
—Eso es lo más triste que he oído en semanas —dijo Marlow—. Fingir que te gusta el café por una reunión.
—El mundo corporativo es así. Hay normas no escritas. El café es una de ellas.
—Pues yo bebo lo que me da la gana. Mi jefe es un buzón. No puede juzgarme.
Dash se rió con ganas, una risa que le salió del pecho y que hizo que dos gaviotas cercanas alzaran el vuelo, sobresaltadas, y Marlow pensó que le gustaba ese sonido más de lo que estaba dispuesta a admitir todavía.
Caminaron hasta el final del muelle, donde el viento soplaba con más fuerza y el agua chocaba contra los pilares de madera con un ritmo constante, y se sentaron en un banco a comer pretzels calientes que habían comprado de camino, viendo a los transbordadores cruzar hacia Bainbridge Island.
—¿Siempre quisiste ser cartera? —preguntó Dash, con genuina curiosidad, no con la condescendencia que a veces percibía en la gente cuando le preguntaban por su trabajo.
—No exactamente. Estudié Biología, quería trabajar en conservación marina, algo con orcas, idealmente.
Pero los trabajos en ese campo son escasos y mal pagados, y mi padre se puso enfermo cuando yo tenía veinticinco años, así que necesitaba algo estable, con buen seguro médico y horario predecible.
El Servicio Postal ofrecía eso. Empecé pensando que sería temporal.
—¿Y ya no lo es?
—Llevo seis años. Y la verdad es que... me gusta.
Conozco a la gente de mi ruta mejor de lo que conozco a algunos familiares.
Sé cuándo alguien está pasando por un mal momento porque deja de recoger el correo durante días.
Sé cuándo hay un bebé nuevo en una casa porque empiezan a llegar paquetes de pañales cada semana.
Es un trabajo que parece simple desde fuera, pero te conecta con la vida de la gente de una forma que no esperaba.
Dash la escuchó sin interrumpir, algo que Marlow notó y agradeció en silencio, porque la mayoría de la gente, en cuanto mencionaba lo de su padre, cambiaba de tema con la incomodidad de quien no sabe qué decir.
—Mi madre murió cuando yo tenía diecinueve —dijo él, casi de pasada, mirando hacia el agua—.
Cáncer de páncreas. Rápido, en menos de cinco meses.
Por eso entiendo lo de necesitar algo estable.
Después de eso, mi padre se volvió obsesivo con que mi hermana y yo tuviéramos trabajos «serios», con seguro y pensión.
Por eso acabé en cosmética corporativa en lugar de hacer lo que de verdad quería.
—¿Y qué querías hacer?
—Cocinar. En serio, no como hobby. Quería ir a una escuela de cocina, trabajar en restaurantes, ese tipo de locura. Pero parecía demasiado arriesgado después de ver cómo se desmoronaba todo tan rápido con mi madre.
—Todavía podrías hacerlo.
—Podría. Pero ya tengo treinta y tres años y una hipoteca y una rutina, y cambiar de vida a estas alturas da más vértigo del que admito en público.
—El risotto era un buen comienzo —dijo Marlow, dándole un golpecito suave con el hombro—. El perejil de más era excesivo, pero un buen comienzo.
Dash sonrió, esa sonrisa torcida que Marlow ya empezaba a reconocer como genuina, distinta de la sonrisa profesional que probablemente usaba en las reuniones, y por un momento ninguno de los dos dijo nada, simplemente dejaron que el silencio se asentara entre ellos con la comodidad de quien ya no necesita llenarlo todo con palabras.