CAPÍTULO 3
—Esto es absurdo —le dijo Marlow a su mejor amiga, Birdie Coleman, mientras cenaban en el apartamento que esta compartía con su pareja en Fremont—. Nos vemos en la calle, hablamos diez minutos sobre nada, y luego cada uno sigue con su día. No es una relación, es una coincidencia recurrente.
Birdie, que trabajaba como ilustradora freelance y tenía la costumbre de escuchar a Marlow con una ceja levantada que decía más que cualquier frase, dejó el tenedor sobre el plato.
—¿Cuántas coincidencias recurrentes has tenido tú en la vida con un hombre que te lleva té de jengibre porque se acordó de que te gusta?
—Eso no demuestra nada.
—Demuestra que se acuerda de las cosas que dices. La mayoría de la gente no se acuerda ni de lo que pidió de comer ayer.
—Trabaja en una empresa de cosméticos, Birdie. Yo reparto correo bajo la lluvia ocho horas al día. No tenemos nada en común.
—Tenéis en común que los dos sois insoportablemente cabezotas y que te has puesto roja solo de contarme lo del té.
Marlow no se puso roja, o al menos eso se dijo a sí misma, pero cambió de tema rápidamente, preguntando por la próxima exposición de Birdie, y la conversación se desvió hacia otros derroteros.
Sin embargo, esa noche, de vuelta en su propio apartamento, un estudio pequeño y luminoso en Ballard que había decorado con plantas que se negaban a morir a pesar de su nula habilidad para cuidarlas, se sorprendió revisando su teléfono para ver si Dash le había escrito, cosa que no había sucedido porque ni siquiera se habían intercambiado los números.
Eso cambió al día siguiente.
—Esto es ridículo —dijo Dash, apareciendo en la puerta del edificio con las manos en los bolsillos del abrigo—.
Llevamos casi tres semanas de citas de once y cuarto y ni siquiera tengo tu número.
Si un día te cambian la ruta, no tendré forma de localizarte.
Tendría que ir puerta por puerta de todo Ballard preguntando por una cartera misteriosa, y créeme que la policía tendría preguntas.
—¿Citas de once y cuarto? —repitió Marlow, enarcando una ceja—. Yo las llamaba paradas técnicas.
—Llámalas como quieras. Dame el número.
Se lo dio, y aquella noche, mientras cenaba sola viendo un documental sobre pulpos que en realidad no estaba siguiendo, le llegó el primer mensaje: «Soy yo, el de la pasta con mantequilla. Por si te preguntabas si funcionaba esto de los números de teléfono.»
Ella sonrió al teléfono como una adolescente, lo cual le pareció vergonzoso considerando que tenía treinta y un años y un trabajo serio, y respondió: «Funciona. Aunque preferiría saber que has cocinado algo que no sea pasta antes de seguir hablando contigo.»
«He hecho un risotto. No se quemó. Considéralo un milagro.» «Impresionante. ¿Foto o no ha pasado?» «Tengo foto, pero solo la enseño a gente de confianza.» «Acabas de admitir que no confías en mí después de regalarme té tres veces.» «Cuatro veces. Y vale, te la mando, pero si te ríes te bloqueo.»
La foto llegó segundos después: un plato de risotto que, en efecto, parecía comestible, decorado con un poco demasiado de perejil, en lo que parecía ser una cocina pequeña y ordenada con encimeras de mármol blanco.
Marlow se rió de verdad, sola en su apartamento, y le escribió que no, no lo bloquearía, porque el risotto merecía cierto respeto a pesar del exceso de perejil.
Hablaron hasta pasada la medianoche sobre nada en particular: que a ella le gustaba el senderismo y que él se mareaba en los teleféricos, que él tenía una hermana menor que vivía en Portland y trabajaba diseñando videojuegos, que ella había heredado el amor por las plantas de su abuela aunque no la habilidad para mantenerlas vivas, que él odiaba las reuniones que podrían haber sido un correo y que ella odiaba los perros que ladraban sin motivo aparente, lo cual él encontró hilarante porque, según dijo, era la queja más profesionalmente específica que había escuchado en su vida.