El Cartero de Ballard CAPÍTULO 2
8%

CAPÍTULO 2

Marlow no volvió a pensar en el hombre de la caja hasta el jueves, cuando volvió a aparecer un paquete con la misma dirección equivocada, esta vez una bolsa de papel acolchada con el logo de una librería independiente de Capitol Hill.

Esta vez lo encontró fuera, en la acera junto a la entrada, hablando por teléfono con gesto de quien está conteniendo las ganas de colgar.

Llevaba un abrigo de lana gris oscuro sobre una camisa azul claro, sin corbata, y el pelo, de un castaño oscuro casi negro, despeinado de una forma que probablemente no era accidental del todo.

Era alto, con esa clase de complexión que sugería que en algún momento de su vida había hecho deporte de forma seria y luego había dejado de hacerlo, sustituyéndolo por reuniones de trabajo y comida para llevar.

—Sí, ya lo sé, Greer, ya lo sé —decía al teléfono—. No, no voy a llamar al proveedor de Singapur a las once de la noche, hora suya, para preguntarle por el cartón. Si llega tarde, llega tarde, lo resolveremos con el almacén de Tacoma.

Cuando colgó, vio a Marlow esperando con la bolsa acolchada y puso los ojos en blanco, pero hacia el cielo, no hacia ella.

—Otra vez no.

—Otra vez sí. ¿Es para tu hermana, esta vez?

—Es un libro de cocina —dijo Dash, tomando la bolsa—. Y sí, técnicamente es para mí, pero no pienso admitirlo bajo ningún concepto después de lo del jueves pasado.

—No hay vergüenza en querer aprender a hacer algo más que pasta con mantequilla.

—¿Quién ha dicho que mi vida se reduzca a pasta con mantequilla?

—Nadie. Lo deduzco de la cantidad de comida para llevar que entra por esa puerta cada mediodía. Tengo ojos, ¿sabes? Y una ruta que pasa por aquí dos veces al día.

Dash la miró con una mezcla de exasperación y algo parecido a la diversión que no se molestó en disimular.

—Vale, detective. ¿Algo más que hayas deducido sobre mi triste existencia?

—Que trabajas demasiado, que tu jefa se llama Greer y te tiene frito, y que necesitas arreglar tu dirección de envío antes de que un día os manden algo perecedero y se pudra en mi carrito durante tres días mientras lo investigo.

—Eso ha sido... inquietantemente preciso.

—Es mi trabajo ser observadora. Si no, la gente recibiría las facturas de sus vecinos y se armaría un caos considerable.

Se quedaron un momento en silencio, el tráfico de la mañana pasando detrás de ellos, un autobús frenando con ese chirrido particular de las cuestas de Seattle.

Marlow se dio cuenta de que no tenía ninguna prisa por seguir su ruta, lo cual era extraño, porque normalmente cronometraba cada parada con precisión militar para terminar antes de que oscureciera.

—Marlow —dijo, tendiéndole la mano, porque le pareció ridículo seguir siendo «la cartera» después de dos encuentros con interrogatorio incluido.

—Dash —respondió él, estrechándosela—. Y para que conste, ya he cambiado la dirección en todas mis cuentas. No volverás a tener que hacer de detective postal por mi culpa.

—Qué pena —dijo ella, y se sorprendió a sí misma al decirlo, porque era verdad.

Había algo en la forma en que él hablaba, rápido pero claro, con ese humor seco que no se tomaba a sí mismo demasiado en serio, que le había resultado agradable de un modo que no esperaba un martes cualquiera de octubre.

—¿Pena?

—Era divertido ver qué comprabas por internet.

—Te aseguro que mi vida de compras online es de lo más aburrida a partir de ahora.

—Eso lo decidiré yo —dijo Marlow, ya volviendo al carrito—, cuando llegue el siguiente paquete con la dirección mal puesta.

No llegó ningún paquete más con la dirección mal puesta. Dash, fiel a su palabra, lo había corregido todo esa misma tarde. Pero dos semanas después, cuando Marlow pasaba por la calle 22 a la hora habitual, lo encontró esperando fuera del edificio, sin abrigo, con un vaso de cartón en cada mano.

—No tengo ningún paquete mal dirigido que entregarte —dijo a modo de saludo—, pero pensé que, dado que pareces saberlo todo sobre mí gracias al espionaje postal, lo justo sería que supiera algo sobre ti.

Empezando por si te gusta el té de jengibre o si voy a tener que tirar este al primer cubo de basura que encuentre.

Marlow se detuvo, sorprendida de verdad por primera vez en mucho tiempo.

—Me gusta el té de jengibre —dijo—. Pero esto es muy raro, ¿lo sabes?

—Completamente raro —coincidió Dash, tendiéndole el vaso—. Pero llevo pensando en lo de la pasta con mantequilla casi todos los días, así que he decidido asumir el riesgo.