El Cartero de Ballard CAPÍTULO 1
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El Cartero de Ballard

El Cartero de Ballard

Por Kella Foster

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CAPÍTULO 1

Ese martes de octubre, la carta de la hija de la señora Okafor sí llegó, y Marlow se permitió una sonrisa pequeña al deslizarla en el buzón.

Eran las cosas que nadie le había advertido sobre ese trabajo: que terminaría conociendo los ritmos emocionales de un barrio entero a través de remitentes y matasellos.

Lo que no esperaba esa mañana era el paquete.

Cargó la caja de nuevo en el carrito, maldijo en voz baja el frío que ya le había entumecido los dedos a través de los guantes, y cambió de ruta.

* * *

Dashiell Whitfield odiaba los lunes con una intensidad que consideraba razonable, pero odiaba más los martes que se comportaban como lunes, que era exactamente lo que estaba pasando esa mañana.

Llevaba dos horas en una reunión sobre la nueva línea de bálsamos labiales de Gilded Bloom Cosmetics, escuchando a Marketing discutir si el tono «Ciruela al Amanecer» debía llamarse «Ciruela al Amanecer» o «Amanecer de Ciruela», como si el destino de la empresa dependiera del orden de esas dos palabras.

Trabajaba en el departamento de Operaciones, lo cual sonaba más interesante de lo que era.

Su trabajo consistía, la mayoría de los días, en asegurarse de que los pedidos de materia prima llegaran a tiempo a la planta de producción de Tacoma y en traducir, para los de arriba, por qué un retraso de proveedor en Singapur significaba que no habría suficiente packaging de cartón reciclado para el lanzamiento de primavera.

Era un trabajo de intermediario. Un trabajo de poner orden en el caos de otra gente.

—Dash, ¿tú qué opinas? —preguntó Greer, la directora de Marketing, mirándolo con esa expresión de quien lleva media hora esperando que alguien rompa el empate.

—Opino que ya pasaron las diez y media y nadie en esta sala ha comido nada —dijo Dash, y varias personas se rieron, lo cual era su forma habitual de salir de una conversación sin tomar partido.

Cuando por fin volvió a su escritorio, en el tercer piso del edificio de oficinas de la calle 22, encontró una nota de Crew Anderson, su compañero de departamento y la persona más insoportablemente optimista que conocía, pegada en el monitor: «Te llegó un paquete raro a recepción.

Lo trajo una cartera. Dijo algo de que no existe tu dirección.

Sospechoso. Podría ser una bomba. O un regalo de un admirador secreto. Averígualo.»

Dash arrancó la nota, la arrugó, y bajó a recepción.

La cartera seguía ahí.

Estaba de pie junto al mostrador, con el carrito apoyado contra la pared y la caja en las manos, hablando con la recepcionista, Dolly, sobre si el ascensor de servicio funcionaba o no.

Tenía el pelo castaño recogido en una coleta baja que se había soltado en mechones sueltos alrededor de la cara, las mejillas enrojecidas por el frío de la calle, y una forma de sostener la caja —con el peso repartido entre el antebrazo y la cadera— que delataba años de práctica cargando cosas mucho más pesadas que esa.

—¿D. Whitfield? —preguntó ella en cuanto lo vio acercarse, antes de que Dolly pudiera hacer las presentaciones.

—Culpable —dijo Dash.

—Su dirección está mal en la etiqueta. Pone el 1847 de la 24, apartamento 3B, que no existe. He tenido que rastrearlo en el sistema.

—Lo siento. Debí de equivocarme al pedirlo.

—No pasa nada, es la tercera vez esta semana que alguien en esta manzana confunde la 22 con la 24. Deberían cambiarle el nombre a una de las dos calles, sinceramente, sería un favor a toda la ciudad.

Dash se rió, sorprendido por el comentario, y ella le tendió la caja.

Cuando sus manos se rozaron al pasársela, fue un contacto breve, nada extraordinario, solo dos personas intercambiando un objeto en un vestíbulo con demasiada calefacción.

Pero Dash se fijó en que ella tenía las uñas cortas y prácticas, sin esmalte, y un anillo plano de plata en el dedo índice, no en el anular, y se preguntó por qué se había fijado en ese detalle exactamente.

—Gracias por traerlo hasta aquí. No tenías que hacerlo.

—Es parte del trabajo. —Se encogió de hombros, ya recolocando el correo que le quedaba en el carrito—. Aunque la próxima vez, comprueba la dirección antes de comprar otra plancha para el pelo por internet.

Dash bajó la vista a la caja. En la etiqueta de envío, junto al nombre del remitente, se leía claramente: ProStyle Hair Tools.

—No es para mí —dijo, a la defensiva—. Es para mi hermana.

—Claro que sí —respondió ella, ya de camino a la puerta, sin volverse, pero con una sonrisa audible en la voz.

Dash se quedó plantado en el vestíbulo durante un segundo más de lo necesario, con la caja en los brazos, viéndola salir a la calle gris y reincorporarse a su ruta con el carrito traqueteando sobre el pavimento irregular.

Llevaba el nombre bordado en la chaqueta, sobre el bolsillo izquierdo: M. BENNETT.

—¿Quién era esa? —preguntó Dolly desde el mostrador.

—Ni idea —dijo Dash—. Pero acaba de insultar mi plancha de pelo inexistente con muchísima seguridad.