11. 11 #2
Una pausa. Una pausa terriblemente, mortalmente larga.
—Me gustaría, si es del agrado del caballero.
Frederick levantó la vista y Catherine estaba sonriendo. Esa sonrisa hermosa y encantadora. Frederick sintió que podría morir ahora mismo y que, si eso fuera lo último que viera, moriría feliz.
Frederick le ofreció el brazo y Catherine lo aceptó. Estaba cálida. Pero no era un calor desagradable con este bochorno. Nunca podría serlo, tratándose de Catherine.
Se dirigieron al centro de la pista de baile y, una vez más, el corazón de Frederick le dio un vuelco .
¿Qué tipo de baile? Todos a su alrededor estaban haciendo algo diferente. Bailes lentos, gigas exuberantes, danzas folclóricas.
Frederick se bloqueó, pero Catherine sonrió. —Bailemos algo lento. Casi es el año nuevo. Quiero conservar mis energías, no sea que me desmaye.
Frederick asintió y comenzó un vals lento.
A pesar de la timidez y la naturaleza introvertida de Frederick (al menos comparada con los modales de su padre con la alta sociedad), había recibido clases de baile y se entregó a la danza con fluidez.
Catherine cerró los ojos y se dejó llevar por la melodía silenciosa y el movimiento del baile.
El tiempo se derritió, y Frederick perdió la noción de todo lo que le rodeaba.
Todo lo que importaba era la chica frente a él y el baile.
Catherine, inclinándose hacia él, lo sacó de su ensimismamiento. Abrió sus ojos castaños.
—Gracias, Fred. Me alegra que me haya pedido bailar. Es la primera vez.
Frederick se encogió de hombros. —Una buena forma de terminar el año y empezar el siguiente.
Catherine rió. Era hermoso. —Bueno, espero que no sea la última vez...
—¡Fred! —llamó Petrus—. ¡Fred!
Catherine soltó a Fred, para su pesar, y dejó paso a Petrus para que entrara en escena.
Incluso con su propia semiembriaguez, Frederick podía oler las oleadas de borrachera que emanaban de su padre, que se tambaleaba de lado a lado para añadir más efecto.
—Fred —repitió. A su lado estaba su hermano, Jacob, que parecía igual de borracho—. Muchacho, tu tío me ha dicho la cosa más disparatada. Ha dicho... cuéntaselo tú, Jacob.
—He dicho —dijo Jacob con menos balbuceos, a pesar de sus mejillas enrojecidas y sus dientes manchados de rojo— que a pesar de tus admirables habilidades en la equitación, no podrías ni intentarías entrar con tu caballo en la propia casa para divertir a los invitados y hacer que las damas se desmayen.
—Querido tío —respondió Frederick—. Tiene razón en su apreciación. Es demasiado peligroso. El porche que hace que esta maravillosa casa sea tan icónica es demasiado alto.
—Pero si montas tu caballo en la montaña todo el tiempo —dijo su padre—. ¿Estás sugiriendo que los escalones que suben a mi casa son mucho más altos que los senderos que suben a la montaña de la Mesa? Pues no lo dudo, considerando la gloria de esta casa.
Jacob, Catherine y unos cuantos espectadores se rieron de la broma. Petrus sonrió. Sus dientes también estaban manchados por el vino tinto.
—La tuya es una buena yegua, muchacho. Lo hará bien. Complace a tu padre, especialmente porque tiene dinero apostado en esto.
Frederick no pudo evitar poner los ojos en blanco. Además de ser un adicto a la vida social y un alcohólico al límite, su padre también era un jugador compulsivo.
—He apostado una libra esterlina entera a que eres incapaz de animar a tu yegua siquiera a subir los escalones —añadió Jacob.
Frederick sacudió la cabeza. —Es demasiado peligroso.
—Vamos, Fred —intervino uno de los amigos de Petrus—. Añadiré una libra a la apuesta.
—Te he visto cabalgar. Puedes hacerlo. Cuenta conmigo —añadió otro.
Frederick apretó los dientes y miró a Catherine. Su sonrisa no se había apagado. Sus ojos debían estar pidiendo su opinión, porque ella dijo:
—Hágalo rápido, Fred. Me gustaría recibir el año nuevo con usted .
Aquello fue asentimiento suficiente.
—¡Pasadme una botella! —dijo Frederick, ante los vítores de todos los que lo rodeaban.
Se bebió el tinto de un trago y, tras aquel valor líquido, salió del edificio al calor de la noche de verano.
Su yegua relinchó cuando entró en el establo.
Debió de oler el alcohol en su aliento, ya que sus intentos por calmarla tardaron un poco.
—Tranquila, chica. Tranquila. Vamos a dar un paseo.
Finalmente, se calmó. Frederick miró la silla de montar cercana y su equipo de equitación.
Con esta oscuridad y en su estado de embriaguez, no creía que pudiera apañárselas para ponerse el equipo o colocar los arreos al caballo.
Se encogió de hombros, para nadie en particular.
Sería un trayecto corto. Ya había montado a su yegua a pelo antes.
Podía hacerlo ahora para este pequeño truco.
Consiguió ponerle el bocado a la yegua y manejar las riendas hasta lo que parecía la posición apropiada en la bruma de la embriaguez. Sería suficiente, pensó.
Frederick era un buen jinete, incluso en su estado, y su yegua estaba bien entrenada.
Salió de los establos y subió por el césped hacia la mansión.
Las lámparas y la luz de las velas del interior hacían que la mansión de gran altura pareciera un castillo místico.
Sus escalones parecían tener mil kilómetros de altura desde abajo.
Frederick tragó saliva.
—Vamos, chaval, veamos cómo cabalgas —gritó alguien desde lo alto del porche.
—Bueno, chica —dijo Frederick—. Allá vamos.
Al principio, a la yegua la posibilidad de los escalones le pareció ridícula.
Se resistió, pero con insistencia, los subió.
Frederick se agarró a vida o muerte mientras la inclinación aumentaba, y la yegua subía los peldaños con velocidad creciente.
Con cada paso, sentía que se caía más y más hacia atrás .
Aquella última copa fue una mala idea...
Y de repente estaba en lo alto de la escalera, con gente vitoreando a su alrededor.
—Ese es mi chico —jaleó Petrus, con una botella en la mano.
—Todavía no —dijo Jacob—. La apuesta era que llevaría a la bestia por toda la casa. Saluda al resto de los invitados.
—Bueno, vamos allá —balbuceó Frederick.
La yegua estaba incrédula ante las indicaciones de Frederick, pero las siguió. Entraron en el amplio vestíbulo de la mansión. Los cascos sonaban pesados sobre los suelos de madera noble y provocaban crujidos por encima del jolgorio de la habitación contigua.
Frederick y la yegua entraron en la fiesta entre chillidos juguetones, vítores y un brindis por la destreza ecuestre de Frederick.
Frederick resplandecía como solo un hombre puede hacerlo cuando ha demostrado su valía a través de alguna proeza extraña.
La gente se acercaba a acariciar y toquetear a su yegua y, aunque de haber estado sobrio los habría detenido, en su estado solo podía buscar a Catherine, para asegurarse de que ella había visto lo que había hecho. Pero no se la veía por ninguna parte.
—¿Alguien ha visto a Catherine? —preguntó Frederick, de forma bastante inapropiada. Ninguno de los juerguistas le prestó atención. Estaban demasiado ocupados bebiendo, charlando e intercambiando apuestas con los que habían ganado y perdido el desafío.
La yegua estaba ansiosa, moviéndose nerviosamente y balanceándose.
Frederick finalmente se dio cuenta y puso su mano sobre la yegua para calmarla.
No le gustaba el ruido. No le gustaban los humos.
No le gustaba el comportamiento de aquellos humanos que actuaban más como animales que los propios animales.
Un hombre intentaba convencer a la yegua de que bebiera de una copa de brandy. Una de las nuevas y ostentosas copas de su padre. El caballo retrocedía ante la bebida, pero aquel hombre insistía, agarrando al caballo por la boca.
Frederick, con la ansiedad en aumento ante la ausencia de Catherine y el estrés de su caballo, miró a su alrededor. Estaba rodeado por los invitados.
—¡Haced sitio! —gritó Frederick. Nadie le hizo caso.
El hombre no dejaba de intentar que el caballo bebiera. Estaba siendo jaleado por sus camaradas. El caballo se estaba asustando de verdad, buscando un espacio que no existía.
Frederick no podía culparla. La adrenalina que había desarrollado y convertido en triunfo durante su hazaña se estaba coagulando y convirtiéndose en angustia. En una ansiedad extrema. ¿Y dónde estaba Catherine?
Y finalmente, el caballo no pudo aguantar más. Se encabritó sobre sus patas traseras y relinchó. Por suerte, todos los que estaban en el camino de los cascos retrocedieron. Algunos se rieron.
—Oh, Petrus, puede que tu hijo no sea capaz de controlar a la bestia después de todo.
—¡Tonterías! Está controlando a la yegua perfectamente bien. ¿A que sí, muchacho?
Frederick, aferrándose fuerte y desesperadamente a las riendas del caballo, no respondió. Estaba perdiendo el control. ¿Y dónde estaba Catherine? ¿Dónde estaba ella para ver su triunfo?
Con los ojos muy abiertos y ansiosos, Frederick recorrió con la mirada la habitación. Catherine seguía sin aparecer. Y tampoco estaba Piet.
Piet. El amigo de Frederick.
Su amigo.
Antes de que Frederick pudiera reflexionar sobre aquel terrible pensamiento por más tiempo, la yegua finalmente tuvo suficiente. Salió de la habitación a una velocidad de vértigo. La gente que gritaba y la que reía eran los mismos.
Para Frederick, el tiempo se ralentizó. Para la yegua, lo único que importaba era salir de aquel lugar espantoso, sentir el aire fresco de la noche y volver a los establos.
La puerta estaba abierta y el porche estaba delante. El porche con sus dos escaleras empinadas.
Frederick solo necesitaba frenar al caballo. Un paso lento por los escalones sería lo suficientemente seguro. Era verano. No había lluvia que mojara los peldaños. No había posibilidad de resbalar.
Pero el caballo no frenaba y, cuando Frederick tiró de sus riendas, este se resistió y lo ignoró. En su lugar, cargó hacia el centro de la puerta. Directo hacia el murete que separaba el porche de una larga caída.
Puedo detenerla , pensó Frederick. Pero no pudo. Y en su frenesí animal de miedo, el caballo saltó sobre el murete. Frederick cerró los ojos. Olió a licor. Olió a caballo. Y olió el perfume de Catherine, aferrado a él.
Estaba borracho, y el tornado del alcohol seguía haciendo que el mundo diera vueltas. El viento se precipitó contra él. Y respiró, una última vez, y dijo:
—Catherine.