El Cártel de Sangre (Serie Kat Drummond 2) 9. 9
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Andy llegaba tarde. ¿O es que yo había llegado pronto?

Consulté la hora en el móvil.

Mierda, había llegado pronto.

—Te lo dije —dijo Treth. Imaginé una inapropiada sonrisa de autosuficiencia y picardía en el rostro del caballero incorpóreo.

—Chitón —susurré. No quería que nadie me oyera hablar sola. Con el estrépito de la gente que abarrotaba el centro comercial, dudaba que alguien lo hiciera.

Estaba de pie junto a un póster gigantesco de la nueva película de Jet Gobbo, a un lado de la entrada de los cines Waterfront, situados en las entrañas del principal centro comercial de Hope City.

Diría que estaba bajo la sombra del superespía de traje impecable y pistola en mano, pero no había sombras reales en las que cobijarse.

La iluminación fluorescente inundaba el atrio con un resplandor blanco, impidiendo la formación de cualquier tipo de sombra o penumbra.

Aunque fuera de noche, bien podría haber sido mediodía allí dentro.

—Este lugar está mucho más concurrido que Riverstone —dijo Treth.

Asentí. —Es el centro comercial más importante de la ciudad. Riverstone es solo para comprar. Aquí es donde todo el mundo viene a divertirse .

—¿Y qué hacen aquí?

Me encogí de hombros. —Pasar el rato. Comer. Ver pelis. Ir de tiendas.

—¿Pero por qué este en particular?

No supe qué responder. En su lugar, volví a mirar la hora. Realmente había llegado muy temprano.

Anoche llegué a casa alrededor de las tres de la mañana y me quedé dormida hasta el mediodía, cuando Trudie me despertó educadamente quitándome el edredón de un tirón y poniendo AC/DC a todo volumen.

Fue, en general, una forma agradable de despertarse.

Trudie procedió a darme un sermón sobre la etiqueta en las citas mientras yo almorzaba unos fideos, medio en trance.

Duer no se presentó; pensaba que Trudie era una bruja.

Me duché mientras Trudie preparaba lo que fuera que hiciese falta preparar.

Como yo estaba ataviada solo con una toalla, mi entusiasta amiga se abalanzó sobre mí y me engalanó con el vestido blanco de verano que habíamos comprado ayer, maquillaje y un lazo rojo nuevo para recogerme el pelo en una coleta.

—Espléndido —comentó Treth mientras yo me examinaba en el espejo, con una orgullosísima Trudie a un lado. Se le podría perdonar a cualquiera que pensara que era una madre abnegada, una tía o una hermana mayor, considerando la forma en que se comportaba.

Ante mí, se alzaba alguien a quien apenas reconocía.

Las ojeras habituales bajo mis ojos habían sido expertamente enmascaradas con toda clase de brujería cosmética.

El resto de mi piel estaba suave y sin imperfecciones.

Mis labios lucían un tono granate. Mi pelo, normalmente recogido en un moño práctico y desaliñado, caía en una coleta sobre mi hombro, reposando sobre mi pecho.

Un lazo rojo mantenía el cabello unido en la base del conjunto.

Además de mi nuevo vestido blanco hasta la mitad del muslo, llevaba medias y botas militares negras.

Esto último, un toque de Trudie que no me importó.

Prefería mil veces llevar botas que tacones.

—¡Perfección! —había dicho Trudie. Yo no sabía qué pensar, pero no pude evitar sentirme un poco más segura de mí misma, aunque estuviera algo fuera de lugar. Una combinación de lo más extraña, pero era agradable sentirse guapa.

Pronto eché a Trudie de mi apartamento. Tras muchos mohínes y excusas, finalmente se marchó.

En el breve silencio que siguió, no pude evitar centrarme en el intenso nudo que crecía en mi estómago.

Decir que sentía mariposas se quedaba corto; parecía una guerra.

Una batalla entre la emoción por esta novedad inminente y la ansiedad ante la posibilidad de que las cosas no salieran bien.

En cierto modo, preferiría estar preparándome para ir a luchar contra una abominación no muerta. Sentía mucha menos angustia cazando presas que ahora, preparándome para mi cita con Andy.

Una cita. Con Andy.

Ay, qué confusa y cabrona es la vida.

—¿Te llevas tus espadas, Kat? —chilló Duer cuando finalmente hizo acto de presencia.

—¿Por qué iba a hacerlo?

Duer se encogió de hombros. —¿Para aniquilar monstruos?

Me reí por lo bajo ante mi respuesta habitual para todo.

—No creo que las necesite. Andy es bastante majo.

Duer volvió a encogerse de hombros, miró hacia Alex (que dormitaba en el sofá) y luego bajó volando para sacar un poco de miel de un tarro abierto en la encimera de la cocina.

—Bueno, debería irme —dije—, y me dirigí hacia la puerta. Puse la mano en el pomo y me detuve.

Mis espadas estaban sobre la encimera, junto a mi mochila abierta. La última carta de Drake estaba dentro de la mochila, incluidos los otros expedientes que me había llevado (por si acaso).

No las necesitaría, ¿verdad? Iba a una cita.

Estaba en mi descanso. ¡No en una cacería!

Y sería inapropiado llevar espadas a un centro comercial.

No era ilegal; tenía una tarjeta de Conrad para convencer a los de seguridad de que me dejaran pasar los controles.

Pero esa no era la cuestión. La cuestión era que no las necesitaría.

¿Pero y si resultaba que sí?

¿Y si hubiera tenido las espadas en la UCT el mes pasado…?

¿Habría muerto menos gente?

Sin pensarlo más, metí las espadas en la mochila y me la eché a la espalda. Trudie habría lamentado que desentonaba con mi vestido.

Y aquí estoy ahora. Esperando frente a un cine para mi primera cita en una eternidad, con mis espadas gemelas en la mochila a mi lado.

Mirándolas de reojo, esperaba que Andy no me tomara por rara.

¡Ay, por las grietas, no debería haberlas traído!

Va a pensar que estoy loca. La Katty Locata, como me llamaría Duer.

Un estruendo se elevó por encima del coro habitual de charlas y pisadas sobre el suelo de baldosas del centro comercial. No le di importancia.

—Kat, escucha… —dijo Treth. Su voz era distinta. Ya no era el tono de reproche que había estado usando durante el último día, sino que volvía a su tono habitual, serio y profesional.

Escuché. Gritos. Un alarido. La música del trauma.

—Estoy de descanso.

—Alguien está en apuros.

Apreté los dientes y miré la hora. Diez minutos.

—Está bien, echaré un vistazo.

Me coloqué bien la mochila a la espalda y eché a correr hacia el origen del alboroto.

Por el camino, oí a la gente hablar .

—¿Qué ha sido eso?

—Hay un muerto.

—Sangre por todas partes.

—¿Un ajuste de cuentas de la mafia?

—¿Un monstruo?

Esto último captó mi atención. Un monstruo. Mi terreno. Y quizá una oportunidad de cobrar un cheque.

Salí por unas puertas automáticas. La seguridad y la policía impedían que una multitud de curiosos se acercara a un callejón entre uno de los restaurantes que rodeaban el centro comercial y un almacén utilizado como mercado cubierto.

Un policía uniformado de azul marino ya estaba colocando cinta policial.

Típico. Acordonan la zona pero no persiguen al culpable.

Me abrí paso hasta la primera fila de la multitud. Todo el mundo estaba demasiado fascinado con la novedad como para que les importara. Al frente, vi sangre. Mucha sangre. Un charco que brotaba de un brazo amputado que lucía un reloj caro.

—Disuélvanse, por favor —gritó un policía. Todos lo ignoraron.

Me acerqué al agente y le mostré el carné de cazadora de monstruos que me había dado Conrad.

—Cazadora de monstruos. ¿Qué ha pasado?

El policía hizo una mueca de desprecio. Los policías locales no sentían mucha simpatía por los cazadores de monstruos. Lógico; nosotros tampoco les teníamos mucho aprecio.

—Un monstruo ha matado a un hombre, señorita.

Me recorrió con la mirada de arriba abajo y se detuvo en las empuñaduras de mis espadas. El vestido debía de haberle confundido.

—¿Qué tipo de monstruo? ¿Hacia dónde ha ido?

El policía se encogió de hombros. ¡Inútil de las narices!

—Si de verdad quiere evitar más muertes, cuénteme todo lo que sepa —dije con voz alta y firme, canalizando a Conrad.

—Se ha ido por ese callejón. No lo hemos visto. Los testigos no están ayudando.

Un monstruo desconocido. Mierda. Bueno, no hay otra.

—Déjeme pasar.

El policía levantó la cinta y pasé por debajo.

Tuve cuidado de evitar los charcos de sangre.

Mucha sangre. Debía de comer de forma desordenada.

¿Quizá un vampiro menor? No, es de día. ¿Algún tipo de no muerto?

Un wight o un gül podrían actuar independientemente de un nigromante. Incluso podría ser un espectro.

Esto era preocupante. Necesitaba información y no tenía ninguna.

—Cuidado, Kat.

—Siempre lo tengo.

Treth resopló. No estaba de acuerdo.

Saqué mis espadas de la mochila y apreté las correas.

No me gustaba luchar con la mochila puesta, pero no quería perderla dejándola en cualquier parte.

Me incliné para examinar el brazo. Los huesos estaban triturados; no era un corte limpio.

Era como si lo hubieran machacado con un martillo de guerra.

Pero había algunas marcas de punción. Del tamaño de un clavo. Pequeñas. Redondas.

—¿Qué clase de bestia tiene estos dientes? —pregunté en voz alta. No me importaba si los policías me oían. Muchos investigadores hablaban solos cuando estaban en un caso.

—Los no muertos mutados pueden tener dientes de todas las clases —respondió Treth, pero noté en su voz que no estaba seguro de que esto fuera obra de uno de ellos.

Asentí sombríamente. Lo sabía demasiado bien.

También significaba que seguía sin tener ni idea de a qué me enfrentaba.

Escaneé el charco de sangre alrededor del brazo.

El charco terminaba después de un metro, pero la sangre no.

Un rastro continuaba hasta donde alcanzaba la vista.

Una pista. Algo que podía rastrear. ¡Excelente!