8. 8
Estoy muerto.
No siempre lo estuve. Mientras escribo esto, estoy muy vivo.
Al menos, eso creo. Al menos, tengo la corazonada de que estaba vivo.
Y en mi línea de trabajo, tienes que empezar con corazonadas.
Pero una corazonada es solo eso. Una corazonada.
Y a nadie le importa lo que te diga el estómago.
Quieren indicios. Pruebas y esas cosas. Y ahí es donde entro yo.
Todo el mundo tiene una corazonada sobre algo.
Cuando tu cómodo mundillo se pone patas arriba y las cosas dejan de tener sentido, te inventas teorías sobre el porqué.
Empiezas a sospechar cosas. Pero una sospecha es solo eso.
Lo mismo que una corazonada. Nada. Así que empiezas a buscar pruebas.
Piezas del puzle para completar la imagen que es tu corazonada.
Pero no a todo el mundo se le dan bien los puzles.
Así que contratan a Drake Callahan, investigador privado. A mí se me dan bien los puzles. Bueno, al menos se me daban. Muy bien. Y por eso los busqué. Porque, al fin y al cabo, solo quería ver la imagen completa.
Sin embargo, la gente tiene corazonadas distintas. Creen que la imagen al final del puzle es algo diferente. Pero solo uno de ellos puede tener razón .
Cuando una esposita angustiada vino a verme, mi corazonada fue que su marido se había largado con otra mujer (o con un hombre). Un caso bastante común. Pero una corazonada es solo una corazonada. Y ella tenía la suya propia.
Monstruos.
Dijo que unos monstruos se habían llevado a su pobre maridito.
Me resistí a reírme durante toda la reunión. Dejé que se fuera después de recoger sus datos y entonces estallé en carcajadas.
Y luego vino otra esposa. Y luego una novia. Y luego un novio. Un marido. Una madre. Un padre.
Cada cliente tenía la misma corazonada. Monstruos.
Monstruos que las garrapatas del Departamento de Policía de Hope City se negaban a investigar.
Debían de tener la misma corazonada que yo.
Pero una corazonada es solo una corazonada.
¿Y quién soy yo para decir que mi corazonada es mejor que todas las suyas?
Así que hice mi trabajo.
Investigué las desapariciones. Busqué monstruos en cuya existencia no creía. Por poco no encontré ninguno.
Por poco.
No soy un cazador de monstruos. Espero que tú, querido lector, lo seas. Porque, vaya, nos hace falta uno.
Tardé un tiempo en procesar lo que vi en el laberinto de ladrillo de los almacenes del Waterfront. Me dije que necesitaba un descanso. Que me lo estaba imaginando. Que debía de estar borracho. Que estaba agotado. Demasiado cansado.
Pero no lo estaba. Estaba sobrio. Sobrio y con energía. Y vi cómo un archivador se comía a alguien.
Sí, suena estúpido. Gracioso, incluso. Pero no tiene tanta gracia cuando ves la sangre. ¿Has visto alguna vez sangrar a un archivador? ¿Un líquido rojo brotando de las rendijas? ¿Papeles blancos asomando como pañuelos de un cubo de basura que rebosa? Manchados de rojo…
Ojalá no lo hubiera visto.
Investigué sobre lo que vi. Consulté los bestiarios.
Lo más parecido que pude encontrar fue algo llamado mímico.
Una criatura que se disfraza de objetos inanimados para atraer a sus presas y luego engullirlas.
De hecho, me habían hablado de ellos en la guardería.
Me decían que no abriera cofres del tesoro o los monstruos me atraparían.
Pensé que solo eran cuentos para jugar. Me equivocaba.
Los mímicos existen. Y lo que les decimos a nuestros niños es muy importante.
Pero esto no era un cofre del tesoro lo que vi.
Esto era, a decir verdad, un archivador de oficina de lo más soso.
Y se había comido a un hombre, abriendo y cerrando su cajón, salpicando sangre mientras las piernas y luego los pies del hombre desaparecían.
Buenos dioses del Olimpo, no es algo que quiera recordar. Pero era algo.
Mi corazonada había sido errónea. Había monstruos.
Pero, aunque tú mismo sepas que ya no es solo una corazonada, tienes que tener pruebas para enseñárselas a los demás.
No soy un cazador de monstruos, y necesitamos uno.
Pero los cazadores de monstruos necesitan saber a qué se enfrentan.
Y tienen que creer que hay algo que cazar.
Así que eso es lo que voy a hacer después de escribir esta carta. Este autoresponso. Voy a conseguir las pruebas que necesito. Y entonces, podré librarme de este caso.
Pero si estás leyendo esto… entonces ya me he librado de él. Solo que no de la forma que me gustaría.
Así que, querido lector, has de saber que hay un mímico por ahí fuera. Le ha cogido el gusto a la carne humana. Sabe cómo imitar lo que nos da confianza. Y probablemente me esté digiriendo ahora mismo .
Mis mejores deseos,
Drake Callahan, investigador privado.
La voz silenciosa de Drake en mi cabeza cesó mientras doblaba la carta y me la guardaba en el bolsillo.
—¿Qué te parece? —preguntó Treth.
—O bien Drake se tomó muchas molestias para colocar esta carta y borrar su rastro, o hay un mímico que sabe cómo mimetizarse como objetos modernos de la Tierra.
—No creo que sea mentira.
Me mordí el labio inferior y sopesé el papel que tenía en el bolsillo.
—Yo tampoco —lo cual significaba que Drake estaba muerto. Sentí un poco de culpa por haber pensado que era un estafador. Si su carta decía la verdad, había cumplido con su deber. Fue más allá de su obligación para hacer su trabajo.
Me tocaba a mí terminarlo.
—Va a ser difícil de rastrear —dijo Treth—. Estático. Camuflado. Y a pesar de la descripción de sus sucios hábitos alimenticios, parece que no deja rastro de sus víctimas.
—No importa —dije, ajustándome la mochila y saliendo del edificio de taquillas—. Encontraremos a esa cosa. Y acabaremos con ella.
Treth asintió.
—Pero antes de eso —no pude evitar sonreír—, tengo una cita.