El Cártel de Sangre (Serie Kat Drummond 2) 6. 6
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Trudie parecía más emocionada que yo por la noticia de mi cita con Andy.

Prácticamente pegó un chillido de entusiasmo juvenil que no solía encajar con su personalidad gótica, siempre tan calmada y dueña de sí misma.

Además, insistió en que teníamos que ir de compras.

La sola idea me horrorizó al instante, pero Trudie se puso terca.

Antes de que pudiera poner la excusa de que no podía permitirme ir de compras con la multa del gobierno pendiendo sobre mi cabeza, me vi cubierta de ropa que Trudie me lanzaba sin miramientos mientras buscaba lo que quería que me pusiera.

Al menos estábamos en el centro comercial Riverstone, el más cercano a mi apartamento, y no en alguna tienda de diseño exorbitantemente cara del Casco Antiguo o de los nuevos distritos de negocios de la weyline.

No sabía quién era peor. Si Treth, por obligarme a gastar el dinero que tanto me costaba ganar en herramientas para mi trabajo a tiempo parcial, o Trudie, que me obligaba a gastar ese mismo dinero en herramientas para mi vida amorosa.

Me puse colorada ante ese último pensamiento.

No sabía ni por qué se me había pasado por la cabeza.

No era mi vida amorosa. Solo era una cita.

Salir por ahí. Ya lo había hecho antes con Andy.

Sin embargo, siempre había alguien más con nosotros. Esto era diferente…

Mucho mayor que mi inquietud al pensar en la inminente cita era esa sensación abrumadora de que yo no pertenecía a este reino de faldas y tacones altos.

Los colores eran chillones, las luces demasiado brillantes, y la espera a que Trudie escrutara el multiverso en busca del conjunto perfecto… interminable.

—Deberíamos estar cazando —se quejó Treth—. ¿Cuándo fue la última vez que aniquilamos a un no muerto?

—Lo sé, lo sé —suspiré profundamente—. Pero Conrad vigila mi cuenta de MonsterSlayer. Si acepto un trabajo, se enterará. Y se cabreará. Se supone que estoy trabajando en el caso del mímico. No puedo arriesgarme a que nos dé la patada. Él nos pasa buenos encargos.

—Cuando nos los pasa…

—¿Hablas sola? —preguntó Trudie, asomando la cabeza por entre las perchas. Llevaba rímel azul y pintalabios negro.

—Me quejo.

Trudie sacó la lengua.

—¡Venga ya! No es para tanto. Hace siglos que no vas de compras.

—Compré ropa la semana pasada.

—Unos vaqueros de repuesto y camisetas blancas básicas no cuentan.

—Sigue siendo ropa.

—Hay una gran diferencia entre tu ropa y estas… prendas.

Sostuvo un vestido veraniego blanco sin mangas.

Algo sencillo. Muy poco habitual en ella.

Ni rastro de negro. Hice una mueca. Tampoco era lo mío.

Un zombi podría agarrarse a eso con demasiada facilidad.

E incluso un zombi no mutante probablemente podría desgarrar y morder a través de la fina tela. ¡Era una trampa mortal!

—Venga. Pruébatelo antes de poner esa cara.

Antes de que pudiera inventar una excusa o imitar el tono de britpop de mi móvil, me vi forzada a entrar en el probador que parecía (al menos para mí) más pequeño que un conducto de ventilación. Una pequeña (¡bueno, quizá no tan pequeña!) parte de mí preferiría estar rodeada de zombis.

—¡Preciosa! —dijo Trudie, sacudiendo la cabeza, satisfecha de sí misma. Como si fuera ella la que llevaba el vestido. —A Andy le encantará.

—¿Importa acaso lo que yo piense?

Trudie sonrió de oreja a oreja. —Nop. Quédate ahí mismo; voy a buscar más cosas.

Desapareció de nuevo.

—Nunca la había visto tan emocionada —dijo Treth.

—No estoy segura de qué le gusta más. Si los ordenadores o la ropa. Bueno, mientras no tenga que comprar todo esto...

—¿Kat?

Me giré sobre mis talones al oír la voz y me puse roja como un tomate.

—¡Colin! ¿Qué haces tú aquí?

Señaló con el pulgar hacia el probador de caballeros, justo al lado del de señoras. —Probándome un traje nuevo.

Me tranquilicé, solo era Colin. Solo mi antiguo abogado. ¿Qué importaba que me viera con un vestido que, de todos modos, llevaría en público mañana?

—¿Traje nuevo? ¿Eso significa casos nuevos? —pregunté, sonriendo cordialmente y esperando que el rubor desapareciera de mis mejillas.

Colin sonrió. Me fijé en sus gafas de montura redonda. Le daban un aire bastante intelectual. Y no me malinterpretes, lo digo en el buen sentido. La inteligencia y los intereses frikis son cosas maravillosas.

—Sí. El fiscal quedó impresionado con mi defensa. Me ha conseguido algunos clientes.

—¡Enhorabuena!

—Gracias… bu eno, ¿cómo has estado?

—He estado bien. Un poco aburrida. Mi agente me tiene suspendida. Bueno, no suspendida exactamente. Llevando un caso. Solo que…

—¿No es un caso que te guste?

—Peor. Ni siquiera creo que haya un monstruo que cazar.

Colin soltó una risita. —Normalmente, celebramos cuando no hay un monstruo real.

—Yo no. Necesito que me paguen. Esa multa no se va a pagar sola.

Colin se rió, y yo no pude evitar devolverle la sonrisa; entonces reapareció Trudie.

Se detuvo y se quedó mirando a Colin. No mirando. Fulminándolo con la mirada. En ese momento consideré, como ya había hecho a menudo en el pasado, que Trudie era en realidad una hechicera y que su especialidad eran las miradas asesinas. Colin se amilanó bajo su mirada penetrante.

—En fin, Kat, no te entretengo más. Disfruta del día.

—Tú también, Colin.

Se batió en retirada a toda prisa.

—¿Quién era ese? —preguntó Trudie, con las palabras destilando veneno. Debía de estar amenazando sus planes. ¡Por las grietas, sus planes!

—Mi abogado.

No parecía creerme. ¿Por qué? ¿Qué pasaba? Solo estaba hablando con un tío. ¿No es eso lo que ella quería? ¿Importaba qué tío fuese? Oh… no, no me interesa Colin. Es mi abogado. Un conocido. Solo estaba siendo educada.

—Creo que el vestido que llevas puesto es el mejor —dijo Trudie, mientras su desdén amainaba.

—¿Entonces podemos irnos?

—¿De esta tienda? Sí. ¿Del centro comercial? No.

—Ay, Atenea, dame fuerzas.

—¿Ahora eres griega?

—Si eso me saca de aquí…

Una sonrisa de oreja a oreja volvió al rostro de Trudie, dientes blancos rodeados de labios negros. Era un poco sádica.

Nosotras, y con eso quiero decir yo, pagamos el vestido y salimos de la tienda. Solo esperaba conseguir un trabajo pronto. El plazo de la multa no era estricto, pero necesitaba comer.

De camino a la siguiente tienda, el teléfono me sonó en el bolso. Como este maldito vestido no tenía bolsillos, casi pierdo la llamada. Llegué a tiempo por los pelos, mientras me colgaba el bolso al hombro y hundía la mano entre sus contenidos.

—¿Diga? —dije, reprimiendo ese tono apurado y ansioso que sueles tener cuando respondes a una llamada que casi pierdes.

—¿Hablo con Kat Drummond? —dijo una voz familiar.

—Sí. ¿Natalie?

—¿Por qué no se lo está tomando en serio, señorita Drummond? —dijo ella, sin cortesías. Parecía desesperada. A punto de llorar. Tuve la sensación de que le estaba costando todas sus fuerzas mantener cualquier tipo de compostura.

—¿Perdón?

—Mi marido ha desaparecido. Sigue desapareciendo gente y ese mímico sigue ahí fuera. ¿Se cree que esto es un juego?

Suspiré. —Natalie, no creo que haya ningún mímico.

—Tonterías. Drake…

—Drake os estafó a todos.

Una pausa. Una pausa larga. La oí respirar. Volví a suspirar.

—No se te da muy bien decir las cosas con tacto, ¿verdad? —dijo Treth.

—Siento lo que le pasó a tu marido, pero no hay pistas. No hay indicios de que lo hiciera un monstruo. No soy detective. Soy una cazadora de monstruos. Si no hay rastros que seguir, no puedo hacer nada.

Otra pausa. Juraría que oí sollozos. Oh, mierda. ¡Muy bien, Kat! Haciendo llorar a una posible viuda. Felicidades.

—Podría… podría haber algo… —dijo Natalie.

Aquello me sorprendió. Cualquier tipo de pista en este caso sin pistas lo haría. —Si hay algo que pueda ponerme en el camino correcto, entonces podré tomarme esto en serio, Natalie.

—Drake tenía una taquilla en la estación de tren de Kenilworth.

¿Kenilworth? ¿Ese barrio viejo? Después del Cataclismo, la mayoría de la gente pudiente se marchó. Sin weyline. El tren no funcionaba desde hacía años. Ahora era un suburbio desolado y abandonado. Solo el hipódromo seguía en funcionamiento.

—No tengo la llave —continuó ella—. Pero ahora que no está, no creo que le importe que la fuerce. Puede que haya algo allí.

—Es algo. Iré a echar un vistazo. ¿Qué número es?

—La 56.

—Gracias. Iré a ver.

Colgué.

—¿Quién era? —preguntó Trudie.

—Una clienta.

Trudie hizo una mueca. —¿Trabajas esta noche?

Asentí.

—No te quedes hasta muy tarde. ¿Te acuerdas? Mañana tienes una cita.

Se me escapó una sonrisa. —Me acordaré.