El Cártel de Sangre (Serie Kat Drummond 2) 4. 4 #2
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Enarqué una ceja. Duer dejó de hablar al oír pasos. Un hombre con ropa rota y manchada pasó pesadamente, rascándose la espalda. Una vez se hubo ido, hablé.

—¿A qué te refieres? ¿Qué pasó en la batalla?

Una pausa y luego: —No lo sé.

—¿Cómo? —pregunté, simplemente, y me arrepentí de mi tono. Pero tenía curiosidad. Quería saber cómo terminaba esta historia.

—Un brujo, cubierto de púrpura oscuro y negro, levantó la mano mientras mis parientes y yo cargábamos contra sus líneas. Entonces todo lo que vi fue luz. Y luego, la noche. La noche bajo un cielo nublado, entre montañas frías y duras, cubiertas de cristal.

—¿La Tierra?

El silencio de Duer fue afirmación suficiente.

Al menos, eso creía yo. Y entonces noté que el peso de mi mochila disminuía en la proporción de un solo pixie y un montón de apuntes de historia casi olvidados. Me di la vuelta sobre mis talones para ver la espalda de un hombre. El hombre de antes, el de la ropa andrajosa. Estaba corriendo.

Si algo he aprendido en mi tiempo como cazadora de monstruos, es a perseguir cualquier cosa que huya.

Salí disparada, con las zapatillas golpeando el pavimento.

No necesité pararme a desenfundar mis espadas.

Seguía sintiendo su peso en mi mochila. El hombre acababa de llevarse a Duer.

Un cazador de faes, probablemente. Bastardo.

Sin embargo, no las necesitaría. Ya había matado a suficiente gente este año.

Y…

Tiré del pelo largo y grasiento del hombre hacia atrás, haciéndole perder el equilibrio, y luego le hundí el codo en la cara. Su nariz cedió y cayó al suelo. Le di otra patada para asegurarme de que se quedara allí.

… no necesito espadas para escoria como esta.

Llevaba una chaqueta de lona marrón y rota, abultada con todo tipo de baratijas. Se me quedó la mano pegajosa tras tocarle el pelo. Manchas de leche y migas ensuciaban su barba.

¿De verdad tengo que tocarlo otra vez? Hice una mueca y arrugué la nariz. Olía a alcohol. A alcohol malo. Oí un chillido.

—Bueno, allá voy.

Me puse de cuclillas para registrar sus cosas. No me sentí culpable por ello. Si alguien va a revisar mis cosas, tengo derecho a revisar las suyas. Pero aun así resultó desagradable. No me gustaba tocar a gente extremadamente antihigiénica ni en mis mejores momentos.

Espero que esto no sea lo que Trudie piensa de mí después de una caza y a falta de una ducha.

—¿Kat? —oí un chillido. Sonaba más curioso que asustado.

—Estoy aquí. —Abrí la chaqueta. Un montón de mierda. Rebusqué entre el desorden, sacando cosas, hasta que vi a Duer apretado en un tarro de mermelada pequeño, con agujeros del tamaño de un clavo en la tapa. Lo abrí.

—Lo siento, Kat. Me echó algún tipo de maldición.

No podía hablar… —la voz de Duer se fue apagando.

Estaba sobrevolando el tarro, mirando al suelo.

Miré hacia abajo, a las cosas del cazador de faes.

Cadáveres. Alas. Pequeños cuerpos secos.

Cuerpos de niños en miniatura, con las alas recortadas y clavos atravesándoles el corazón.

A algunos les faltaban extremidades. Un rallador de queso, manchado de rojo, dorado y negro.

Sentí que iba a ponerme enferma. Me tapé la boca. Por la impresión, y para evitar ensuciar aún más al hombre inconsciente con mis propias entrañas.

—No terminé la historia —dijo Duer, con una voz más triste de la que jamás le había oído.

Flotó hasta posarse en mi hombro. No podía entrar en mi bolso. El bastardo cazador de faes había rajado el bolsillo delantero.

—No fui el único en llegar a la Tierra, entre vuestros bosques de plástico, cristal y hormigón. Hubo muchos de nosotros una vez. No era mi familia, pero llegaron a ser como mi familia. Otros pixies del valle. De mi batallón…

Duer miraba fijamente los cadáveres de pixie en el pavimento.

No estoy segura de si a alguno en particular.

Pero me dio la sensación de que él veía caras diferentes en esos cadáveres que yo.

Caras de amigos. Caras de vecinos. Caras de familiares, perdidos hace tiempo.

Duer afirmaba haber renunciado a volver a su casa.

Que de algún modo había pasado página con su familia.

Pero nadie olvidaba jamás a su familia. Nadie pasaba página del todo.

Duer abrió la boca para hablar pero volvió a cerrarla. No necesitaba decir nada más. Lo comprendí.

Los cazadores de faes no eran considerados criminales, y los restos de pixie alcanzaban un precio alto en el mercado.

Todo el mundo, desde alquimistas que buscaban reactivos hasta quienes padecían impotencia y buscaban algo que les otorgara virilidad, sacrificaba a esta pequeña gente alada para su propio beneficio.

Nunca había visto un pixie muerto, pero había estudiado los narcóticos relacionados con los pixies en la escuela.

La realidad era peor que las clases destinadas a infundir miedo.

Duer no había llegado solo a la Tierra. Pero ahora lo estaba.

Eso significaba que había sobrevivido a mucho.

A demasiado para que una sola persona de su tamaño sobreviviera.

Pero lo había hecho, y eso lo había dejado solo.

Solo para valerse por sí mismo en un mundo grande, lleno de luces parpadeantes, ruidos fuertes y escoria que quería esnifar sus huesos triturados.

Apreté el puño y consideré poner fin a la miserable y pestilente existencia de aquel cazador de faes.

Pero ya me había cobrado demasiadas vidas.

En su lugar, le abrí la chaqueta y me llevé todo su botín.

Hasta el último cadáver, hasta la última droga relacionada con pixies, polvos, harina de huesos y alas clavadas.

Lo recogí todo en su chaqueta y la usé como bolsa.

Debo admitir que también me llevé todo su dinero.

Por las molestias, y para comprarme una mochila nueva.

Consideradlo el pago por los servicios prestados. No me preguntéis por cuenta de quién.

Duer no preguntó qué estaba haciendo con los restos de pixie. Tenía el presentimiento de que ya lo sabía. Iba a llegar tarde para ayudar a Pranish, pero esto era más importante.

Tomé un sendero que bajaba hacia el canal, cerca del centro comercial Riverstone.

Había llovido recientemente y el agua fluía libremente, arrastrando la suciedad y la basura del canal.

Lirios, flores y arbustos crecían dentro y alrededor de la vía fluvial.

Los árboles crecían sobre ella, formando una sombra que separaba esta parte del Liesbeeck del mundo exterior.

Me detuve y respiré el aire fresco. No podía oler gases ni gente. Solo naturaleza. Agua y plantas.

Un río bajo mis pies. No era cristalino, pero se le parecía bastante.

Árboles. Unos cuantos. Un bosque echándole mucha imaginación.

Y unas flores. Eran bonitas. No estoy segura de si tanto como las gemas de Duer, pero me gustaban.

Por último, me giré y contemplé la Montaña de la Mesa, la tumba del titán Adamastor.

Con esta luz, la espléndida montaña podía verse de color azul.

—¿A los pixies se os entierra? ¿Cómo despedís a vuestra gente?

Duer asintió. —Los enterramos, para que la tierra pueda reclamarlos.

Asentí y puse la chaqueta del cazador de faes en el suelo. Empecé a cavar con las manos desnudas. La tierra estaba blanda. Húmeda. Se formó un agujero fácilmente. Lo bastante grande para todos los diminutos cuerpos de la especie de Duer.

Coloqué a cada pixie uno al lado del otro, cuando era posible. Algunos eran solo trozos. Un brazo. Un ala. Una túnica. Pero le di a cada fragmento una parte de esta tumba sin nombre y me pregunté si podría hacer algo más .

Duer miró hacia el interior de la fosa, o más allá. Rellené el agujero y coloqué una sola margarita encima del túmulo.

Y entonces Duer cantó. Una canción que me produjo escalofríos por la espalda.

Era triste, pero no del tipo de tristeza que te hace llorar.

Tenía demasiado pesar para las lágrimas.

Y aunque no podía entender las palabras, las sentía.

Pero ¿cómo puedo explicarlas? Me hablaban a mí, y de lo que he perdido, y de lo que perderé en el futuro.

Me recordaba que volveré a perder. Una y otra vez, y otra más.

Pero también me recordaba que había algo más.

Más que la pérdida. Porque siempre hay una luz al final del túnel.

Y esa luz hace que la oscuridad merezca la pena.

Duer voló hasta el bolsillo de mi chaqueta y nos marchamos. Ninguno de nosotros habló durante el resto del trayecto. Ni yo ni Duer ni Treth.