4. 4
No había ni rastro de nada inusual en la jungla de ladrillo y hormigón de los almacenes situados entre el centro comercial Waterfront y el lugar de trabajo de Piet.
Ni sangre. Ni restos humanos. Ni cinta policial.
Ningún daño que no fuera fruto de un mal estado de conservación.
Era simplemente una zona industrial normal en la costa.
Normal incluso para los estándares anteriores al Cataclismo.
Como tal, cada vez estaba menos convencida de que hubiera un mímico, o incluso de que hubiera justificación alguna para una caza de monstruos.
Después de pasarme el día entero registrando la zona sin encontrar absolutamente nada, me rendí.
No soy detective. Este no es mi trabajo.
Si ha desaparecido gente, es trabajo de un investigador privado, o de la policía, si es que pudieran levantar sus culos subvencionados por el Estado.
Le dije todo esto a Conrad, y él me dijo que volviera al trabajo. No lo hice. No había trabajo al que volver. Ningún mímico que matar. Ninguna pista que seguir. Ningún rastro que, bueno, rastrear. Este no era mi tipo de encargo.
Así que me la jugué. Aposté mis menguantes ahorros a que Conrad cedería primero y me daría un trabajo de verdad. Mientras tanto, continué con mis vacaciones.
—¿Adónde vas, Kat? —chilló Duer. Alex, mi gato esmoquin blanco y negro, daba vueltas debajo de él.
Duer seguía insistiendo en patrullar mi apartamento, a pesar del cazador felino que tenía debajo.
No se conformaba con quedarse en la pajarera que le había comprado y que había colgado en la esquina de la habitación (Trudie pensó que era un añadido particularmente extraño; creía que cuando dije que era para un pixie se trataba de un chiste).
—Voy a ayudar a Pranish con unos asuntos de brujería.
—¿Tu amigo el criomante?
—Preferiría que lo llamaras encantador, o mago. No está orgulloso de sus dotes de hechicero.
Duer se encogió de hombros y bajó en picado a la encimera de la cocina para coger un poco de miel, justo antes de que Alex saltara para detenerlo. Duer voló hasta mi hombro.
—¿Puedo ir?
—Pensaba que no te gustaba salir de tu dominio.
—Necesito un cambio de aires.
Me detuve a considerar la petición de Duer. Los pixies no se consideraban una rareza excesiva, y yo podría defenderlo de cualquier cazador de faes. No haría daño.
—¡Ay! —exclamé. Alex me estaba trepando por la pierna con las garras para llegar a Duer.
Aparté a Alex de un manotazo y Duer voló hasta posarse en el borde de su pajarera.
Me froté la zona de los vaqueros deshilachados. Es un milagro, pensé, que fueran lo bastante resistentes para enfrentarse a necrófagos.
—Está bien, Duer. Puedes venir.
Duer dio un salto con un nivel de entusiasmo palpable y se marcó un bailecito.
—Escóndete primero en mi bolso. Así luego podré explicarle tu existencia a Pranish.
Me colgué el bolso a la espalda y el pixie voló hacia el bolsillo delantero, asomando su cabecita.
—¿Estás segura de que irá bien? —preguntó Treth.
—Duer no es mi secretito, Treth.
—¿Hablando sola otra vez, Maddy?
Suspiré. Había intentado explicarle la existencia de Treth a Duer muchas veces.
El pixie o bien optaba por ignorarme o simplemente no lo entendía.
O decidía no entenderlo. Los pixies eran criaturitas traviesas, y estaba en su naturaleza ser molestos.
Por esta razón, más que por cualquier otra, solía ser tolerante con Duer.
No podía evitar ser quien era, y no es que fuera una amenaza real para nadie.
Duer se mantuvo oculto entre unas notas arrugadas y bolígrafos mientras pasábamos por delante de la señora Ndlovu, mi casera.
Era una mujer amable, pero extremadamente paranoica.
Estaba convencida de que mi bloque de apartamentos estaba encantado por un espectro, un espíritu formado a partir de la esencia del odio de los muertos.
Sin embargo, eso no era lo que temía. A la señora Ndlovu le parecía perfectamente bien vivir en un edificio que, según ella, era el coto de caza de un espíritu peligroso, pero le aterraba que la existencia de dicho espíritu pudiera acarrearle problemas legales.
Para evitar tales demandas, la señora Ndlovu había empapelado todo el edificio con descargos de responsabilidad y advertencias sobre el espectro.
Llevaba viviendo en este apartamento bastante más de un año y nunca había visto un espectro en las instalaciones.
De hecho, nunca he visto un espectro. Sabía mucho sobre ellos, gajes del oficio, pero mi especialidad era cazar no muertos.
Me he enfrentado a algunos espíritus antes, pero la caza de espectros es algo para lo que definitivamente no estoy preparada.
Para empezar, necesitaría una espada de plata, y eso se salía con creces de mi presupuesto.
—¿Cuánto solías salir? —le pregunté a Duer, fuera del alcance del oído de cualquier curioso, mientras caminábamos por las calles residenciales del Viejo Rondebosch, un barrio relativamente acomodado en la expansión urbana de Hope City.
No quería atraer ninguna atención inoportuna.
Aunque los pixies no eran precisamente una especie indeseable, como los no muertos o los demonios, tampoco estaban completamente a salvo.
De hecho, eran una especie tan codiciada que los cazadores de faes prosperaban capturando a las criaturas y vendiendo sus partes a alquimistas y magos.
Podía defenderme de un cazador de faes, pero mejor no atraer esa atención si podía evitarlo.
—¿Salir? —dijo él, con su chillido amortiguado por las capas de tela, papel y trastos.
—¿Ya sabes? Salir de esa casa abandonada. No debió de ser agradable vivir las veinticuatro horas con aquel terror.
Me estremecí solo de recordarlo. El espíritu había sido mucho más fuerte de lo que esperaba. Aunque logré exorcizarlo (de algún modo), casi muero.
—Eso era una línea ley sucia —dijo él, como si fuera obvio—. No podía simplemente marcharme de allí.
—¿Ah, sí? ¿O sea que nunca saliste?
Estaba doblando la esquina de mi calle flanqueada por árboles. A la derecha, habían quitado el cartón habitual de la ventana de la tienda que llevaba tiempo cerrada. Dentro, vi botes de pintura y una escalera.
—Oh, ¿inquilinos nuevos? Espero que sea de comida —me rugieron las tripas—. Espero que Pranish tenga algo de comida con él.
Duer no había respondido. Insistí: —¿Qué hacías antes de mudarte a esa casa vieja?
Una pausa, y luego un suspiro. Un suspiro tenue, infantil, pero que de algún modo cargaba con el peso de la edad. No compartía la sombreada acera con nadie más, así que si Duer hablaba, tendríamos tiempo de sobra sin llamar la atención indebidamente .
—Está bien, Kat —chilló—. Te lo contaré, pero más vale que haya miel de por medio para mí.
—Y vodka. Un trato es un trato.
Silencio. Duer debía de estar sonriendo de oreja a oreja.
—Venga, cuéntame tu historia, Duer.
—No toda. Pero tendrás una parte. La parte de la historia en la que entré en la luz y salí a la oscuridad.
—Muy siniestro.
—Ssshhh —me mandó callar Treth—. Me gustaría oír la historia.
—Venía de un mundo rebosante de vida, con ríos cristalinos, océanos de bosques verdes y prados salpicados de flores más espléndidas que cualquier gema.
Bajo la sombra de estos bosques había robustas setas y hongos para construir ciudades.
Y alzándose por encima, montañas de azul y blanco.
Ese valle era mi hogar, y el hogar de muchos pixies como yo.
A diferencia de los humanos y los elfos, a los que a menudo veíamos pelear entre ellos, los de mi especie nunca luchábamos contra otros pixies.
No lo necesitábamos. Teníamos nuestros lugares que proteger, miel en nuestras despensas y amantes a los que cortejar. Pero…
Duer había estado hablando con su habitual tono cantarín y alegre, pero cerca del final, su voz se volvió seria.
—La paz terminó —dijo, con la mayor sencillez y naturalidad con la que jamás le había oído hablar—.
Terminó y entonces llegó la oscuridad. Los prados murieron.
Los árboles fueron los siguientes, marchitándose como un cadáver al sol.
Cada hoja, ennegrecida. Ni siquiera caían al suelo.
Simplemente se volvían negras y se deshacían.
Como ceniza, en el viento. Y entonces, las montañas blancas y azules se volvieron oscuras. El mal… el mal había llegado…
Duer dejó de hablar al notar yo un temblor en su voz. Susurré:
—Puedes hablar de ello en otro momento.
—¿Y perderme la miel? —trató de que sonara a broma. Falló .
—Te daré miel de todos modos. Después de todo, has estado manteniendo el apartamento limpio.
—Está bien… puedo seguir. Una promesa es una promesa.
Como decía, el mal llegó al valle. Mi hogar.
Los pixies no somos un pueblo belicoso, pero aprendemos rápido.
Y podemos ser unos canallas sanguinarios cuando queremos.
Cuando los monstruos descendieron sobre mi gente, acudí en su defensa.
Me despedí de mi esposa y de mi hijo pequeño con un beso, y volé a la guerra.
—¿Tienes familia?
—Tenía.
—Lo siento.
—No me malinterpretes. No sé si están muertos. Con suerte, los elfos y los humanos dejaron de lado sus diferencias el tiempo suficiente para acudir en nuestra defensa. Con suerte. Pero ya no son mi familia. ¿Cómo podrían serlo? Ya no somos del mismo mundo. Ha pasado demasiado tiempo.
—Nunca dejan de ser tu familia, Duer.
—Para lo que sirve —añadió Treth, con tono sombrío.
—Volé con mi señor del estandarte hacia el Pico de Gr’edo —continuó—. Como he dicho, los pixies no somos un pueblo belicoso. No teníamos espadas, ni magia de batalla, ni máquinas de guerra. Pero teníamos corazón. Y voluntad de luchar por nuestras vidas y familias.
—Muy noble, Duer.
—Gracias, Kat. Y espero que esa nobleza fuera suficiente.