Capítulo 37
La luz del sol comenzó a colarse por las rendijas de la persiana de la recámara principal, iluminando a la pareja que descansaba abrazada.
Adriana se acurrucó más en el pecho de Mauricio, sintiendo una paz que no había experimentado en años.
Sin embargo, esa burbuja de felicidad se rompió en mil pedazos cuando el sonido estridente de unos nudillos golpeando la puerta principal retumbó en todo el departamento.
Mauricio abrió los ojos de golpe, con el corazón saltándole en el pecho.
—¡Mauricio! ¡Hijo, abre la puerta! Sé que estás adentro, tu auto está estacionado abajo —llamó la voz firme de Estela desde el pasillo.
El pánico se apoderó de la habitación. Adriana se incorporó de un salto, tapándose la boca con una mano mientras miraba a Mauricio con los ojos desorbitados por el terror. Si su madre la descubría ahí, el secreto llegaría a oídos de los Murat antes de que terminara el día.
—¡Métete al clóset, rápido! —le susurró Mauricio en un hilo de voz, señalando las puertas de madera del fondo mientras él se ponía los pantalones a toda prisa.
Adriana tomó su gabardina y sus pertenencias del suelo y se deslizó al interior del armario en silencio, cerrando las puertas justo a tiempo.
Mauricio respiró hondo, intentando calmar su ritmo cardíaco, se despeinó un poco para fingir que acababa de despertar y caminó hacia la entrada.
Abrió la puerta lentamente, recargándose en el marco.
—Mamá... ¿qué haces aquí tan temprano? —preguntó Mauricio, fingiendo un bostezo.
Estela entró al departamento sin pedir permiso, con una bolsa de mandado en la mano y la mirada analítica que siempre la caracterizaba.
—Vine a traerte unos contenedores con comida y a ver cómo seguías —dijo Estela, deteniéndose a mitad de la sala. De inmediato, arrugó la nariz y comenzó a mirar a su alrededor—. Huele raro aquí, Mauricio... como a un perfume dulce. Un perfume caro.
Mauricio sintió que la sangre se le congelaba, pero usó sus tablas de abogado para mantener la compostura.
—Ah, es un aromatizante que compré el otro día para quitar el olor a encierro, mamá —mintió con rapidez, cruzándose de brazos.
Estela no pareció muy convencida. Caminó con paso lento hacia el pasillo que conectaba con la recámara principal, buscando cualquier detalle fuera de lugar.
Al llegar a la puerta del cuarto, que estaba entreabierta, se detuvo en seco.
Su mirada bajó al suelo del pasillo y vio un pequeño arete de plata tirado cerca del marco de la puerta.
Dentro del clóset, Adriana contenía la respiración, escuchando los pasos de su suegra cada vez más cerca y rezando para que la madera no rechinara.
Mauricio, al darse cuenta de lo que su madre estaba mirando en el suelo, dio dos pasos rápidos, se interpuso en la entrada de la habitación bloqueándole la vista y le tomó las manos a Estela con suavidad para distraerla.
—Mamá, de verdad agradezco que me traigas comida, pero tengo que arreglarme rápido porque tengo una junta muy importante en la comandancia hoy —le dijo Mauricio, guiándola sutilmente de regreso hacia la cocina—. Mejor dime, ¿cómo están tú y mi papá Genaro?
Estela lo miró fijamente a los ojos durante unos segundos eternos. Sabía que su hijo le estaba ocultando algo, pero decidió no presionar más por el momento para no confrontarlo.
—Estamos bien, hijo... Solo recuerda lo que te dije el otro día: ten mucho cuidado con las decisiones que tomas. No quiero que eches a perder tu vida otra vez —sentenció Estela, dándole un beso en la mejilla antes de tomar su bolsa—. Ya me voy para que te arregles.
Mauricio la acompañó hasta la salida y, en cuanto cerró la puerta principal con doble cerrojo, se recargó contra la madera soltando un largo suspiro de alivio.
Habían estado a un solo segundo de ser descubiertos.
Caminó rápido hacia la recámara y abrió las puertas del clóset para sacar a Adriana, quien salió temblando pero aliviada de esa terrible tensión.
Adriana regresó a la mansión Murat esa misma mañana, y poco a poco los días comenzaron a pasar en una rutina perfecta de mentiras.
Aprovechando que ya no tenía el arresto domiciliario, comenzó a salir mucho de noche.
Su familia no sospechaba nada; daban por hecho que eran fiestas normales de jóvenes con sus amigas de la universidad para celebrar su libertad.
La realidad, por supuesto, era que Adriana corría directo al departamento de Mauricio a refugiarse en sus brazos hasta la madrugada.
La mentira funcionaba a la perfección hasta que una tarde la burbuja se rompió. Una de las mejores amigas de Adriana llegó de visita a la mansión. La madre de Adriana la recibió en la estancia principal con una sonrisa amable.
—Hola, qué sorpresa —dijo su madre—. Creí que tú también irías a la fiesta con Adriana esta noche.
La amiga frunció el ceño, completamente confundida por el comentario.
—¿Cuál fiesta? —preguntó la joven—. No, yo venía a ver si estaba Adriana por aquí... Es que tengo días sin verla en la universidad y no me contesta los mensajes. ¿Ella está bien?
A la madre de Adriana se le congeló la sonrisa en el rostro, sintiendo una punzada de alarma en el estómago.
—Sí, ella está bien... pero no está en la casa —alcanzó a responder, disimulando el impacto.
La amiga se retiró minutos después tras dejarle un saludo.
En cuanto la puerta de la mansión se cerró, la madre de Adriana se quedó estática en la sala, atando cabos.
Sabía perfectamente que algo no estaba bien, que algo muy grave estaba ocultando su hija.
Adriana salía prácticamente todas las noches, volvía en la madrugada oliendo a felicidad, y su mejor amiga tenía días enteros sin verla ni saber de ella. Las cuentas simplemente no salían.
Esa misma noche, en cuanto el padre de Adriana regresó de sus negocios, su esposa lo llevó de inmediato al despacho privado de la mansión y le soltó toda la verdad sobre la visita de la amiga.
—Nos está volviendo a mentir —sentenció su madre con rabia y preocupación—. No sé con quién se está viendo, pero no son sus amigas de la universidad.
El padre de Adriana golpeó el escritorio con el puño, con el rostro endurecido por la furia. No iban a permitir que su hija cayera en otro escándalo o que destruyera el apellido familiar con un secreto desconocido.
—Esto se acaba ahora mismo —dictaminó su padre con voz gélida—. No voy a jugar a las adivinanzas con ella.
Sin perder un segundo, el padre de Adriana tomó el teléfono de su escritorio y marcó a una agencia de seguridad de absoluta confianza.
Contrató de inmediato a un investigador privado experto con una orden muy clara: seguir a Adriana Murat a solas en cada uno de sus movimientos nocturnos, tomar fotografías de la persona con la que se estaba viendo y descubrir la dirección exacta del lugar donde pasaba las madrugadas.
La trampa para el romance secreto de Mauricio y Adriana acababa de cerrarse en las sombras.
Adriana y Mauricio continuaron con sus vidas sumergidos en la intensidad de su romance secreto. Ninguno de los dos se percató de que un hombre de gabardina los observaba desde la acera de enfrente, capturando cada uno de sus encuentros con el lente silencioso de una cámara.
Una noche, Adriana terminó de arreglarse y tomó su bolso, lista para inventar la típica excusa de la fiesta con sus amigas de la universidad.
Sin embargo, al bajar las escaleras de la mansión Murat, se encontró con una barrera infranqueable.
Su padre la esperaba al pie de los escalones, de pie, con los brazos cruzados y el rostro endurecido como la piedra.
—¿A qué fiesta vas a ir hoy, Adriana? —preguntó su padre con una voz gélida que congeló el ambiente de la estancia—. ¿Hasta cuándo nos vas a seguir mintiendo?
—No sé de qué me hablas, papá —alcanzó a balbucear Adriana, intentando sostener su máscara de orgullo—. Ya te dije que voy con...
Antes de que pudiera terminar la frase, su padre dio un paso al frente y arrojó un sobre de manila sobre la mesa del vestíbulo.
Del sobre salieron decenas de fotografías nítidas y reveladoras: eran imágenes de ella, en distintas noches, entrando y saliendo del edificio de departamentos de Mauricio Perea.
Adriana se quedó pálida, perdiendo el aire por completo. Al verse acorralada, las lágrimas de frustración brotaron de sus ojos.
—Papá, por favor... déjame explicarte —suplicó, mirando también a su madre, quien salía del despacho con los ojos llenos de decepción.
Por primera vez en su vida, Adriana dejó de lado la prepotencia y la soberbia.
Sentada en la sala frente a sus padres, les abrió su corazón y les confesó toda la verdad del pasado con lujos de detalles.
Les habló del romance clandestino en el vivero que comenzó hace años, del doloroso embarazo secreto y del trágico accidente donde perdió al bebé antes de ser exiliada a Chicago.
También les confesó que el fuego nunca se había apagado y que ahora que se habían reencontrado, se estaban viendo a escondidas.
El padre de Adriana escuchó la confesión con los puños apretados, sintiendo una furia inmensa.
Pero más allá de la rabia por las mentiras, lo que verdaderamente le dolió fue notar que su propia hija nunca había tenido la confianza suficiente en ellos como para buscar su apoyo en los momentos más oscuros de su vida.
—Tenía miedo, papá... —sollozó Adriana, abrazándose a sí misma—. Tenía terror de que me volvieran a mandar lejos. Mauricio es el único hombre que he amado. Él es el amor de mi vida.
El padre de Adriana guardó silencio por un minuto eterno, asimilando la magnitud del drama que había vivido su hija a sus espaldas. Finalmente, se puso de pie.
—Quiero hablar con él —sentenció con tono autoritario—. Llámalo ahora mismo. Dile que se presente en esta casa de inmediato.
Adriana tomó su teléfono con manos temblorosas y marcó el número de Mauricio.
Al escuchar la petición, el joven abogado se negó en rotundo; sabía perfectamente que entrar a la mansión Murat a dar explicaciones era caminar directo hacia un paredón legal y social.
Sin embargo, Adriana lloró y le insistió tanto a través de la línea, suplicándole que no la dejara sola en esto, que Mauricio no pudo resistirse.
El amor por ella fue más grande que su miedo.
Manejó a toda velocidad y, en menos de media hora, cruzó las imponentes puertas de la mansión.
Al entrar a la gran estancia, la atmósfera era asfixiante.
No solo estaban los padres de Adriana; los abuelos Murat también permanecían sentados en los sillones individuales, esperándolo con miradas cargadas de juicio y poder.
Mauricio avanzó con el paso firme, sosteniendo la barbilla en alto a pesar de que el corazón le latía a mil por hora. El padre de Adriana se puso de pie lentamente, lo miró de arriba abajo con un profundo desprecio y rompió el silencio con una frase que resonó en los techos altos de la propiedad:
—¿Por qué mentir tanto durante todo este tiempo, Mauricio? —cuestionó el hombre con una tranquilidad que daba miedo—. ¿Tan fácil era para ti seguir con la mentira, en lugar de haber tenido el valor de decirnos la verdad desde el primer día?