El capricho de la heredera Capítulo 38 Final.
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Capítulo 38 Final.

Mauricio dio un paso al frente. Enderezó la espalda y miró fijamente al padre de Adriana, sosteniéndole la mirada con la misma firmeza con la que defendía sus casos en el juzgado.

—Mentimos por miedo, señor —declaró Mauricio con la voz firme—.

Pero no por falta de valor. Todo lo que hice en el pasado y lo que hago ahora tiene una sola razón: amo a Adriana con toda mi alma.

Y sé que ella me ama a mí de la misma manera.

El estatus, el dinero o el pasado no van a cambiar lo que sentimos.

El padre de Adriana suspiró de forma pesada, desviando por un segundo la vista hacia su hija, quien no paraba de llorar en el sillón.

—Adriana... sé que tu madre y yo fuimos muy duros contigo en el pasado —admitió su padre con un tono de voz que comenzó a suavizarse—. Pero, ¿por qué preferiste mentirnos otra vez?

—Porque no quería que nos separaran, papá —volvió a repetir Adriana entre sollozos, limpiándose las lágrimas—. Tenía terror de volver a perderlo.

El hombre asintió lentamente, asimilando la madurez con la que ambos defendían su unión. Se giró de nuevo hacia el joven abogado y lo apuntó con el dedo, midiendo cada una de sus palabras.

—¿Tú de verdad quieres a mi hija, Mauricio? —le cuestionó con severidad.

—Sí, señor. Daría mi vida por ella sin pensarlo —respondió Mauricio sin dudar un solo segundo.

El padre de Adriana se cruzó de brazos, guardó un breve silencio que puso a temblar a todos en la sala y, de pronto, su rostro se relajó por completo.

—Entonces... ¿para cuándo la boda? —soltó el hombre con total tranquilidad—. Porque te vas a casar con mi hija. Después de todo lo que ha pasado entre ustedes, y sabiendo que ella ya perdió un hijo tuyo, lo correcto es que formalicen esto de una vez por todas.

Adriana abrió los ojos de golpe, completamente estupefacta. Se puso de pie de un salto y miró a su padre, sintiendo que el corazón le daba un vuelco.

—¿Es broma, verdad, papá? —alcanzó a balbucear, sin poder creer lo que acababa de escuchar.

—No, no es ninguna broma —respondió su padre con una sonrisa de complicidad—. ¿No se supone que se aman con locura?

—Sí, pero... pues yo no pensé que me dejarías casarme con él por las diferencias de antes —confesó Adriana, mirando a Mauricio.

—Pues sí, Adriana —sentenció su padre, acercándose a ella—. Prefiero mil veces que te cases con el hombre que amas, a que me sigas mintiendo y te sigas exponiendo a peligros por las noches. Ya no somos los mismos de hace años.

Adriana soltó un grito de felicidad y se lanzó de inmediato a los brazos de Mauricio, rodeándole el cuello con fuerza.

Mauricio la sostuvo por la cintura, levantándola un poco del suelo mientras una enorme sonrisa de alivio y victoria se dibujaba en su rostro.

Jamás, ni en sus mejores sueños, se imaginaron que la dinastía Murat los dejaría casarse.

El abuelo de Adriana, que había permanecido observando todo desde su sillón individual, se puso de pie con la ayuda de su bastón y caminó lentamente hacia la joven pareja. Clavó sus ojos serios sobre su antiguo empleado.

—Espero que trates muy bien a mi nieta, muchacho —sentenció el abuelo con tono firme pero bonachón—. Ya demostraste que eres un hombre de leyes y de palabra, no me vayas a quedar mal.

—Siempre supe que eras un muy buen hombre, Mauricio —añadió la abuela desde su asiento, regalándoles una mirada cálida de aprobación.

Mauricio y Adriana se miraron a los ojos, completamente felices.

Sabían que el camino no había sido fácil, que habían cometido errores y que la familia no había aprobado la relación del todo contenta o de buena gana al principio, pero la habían aprobado.

El amor y la constancia finalmente le habían ganado la batalla al orgullo y a las diferencias sociales.

Mauricio llegó a la pequeña casa del servicio para darles la noticia a sus padres.

Genaro y Estela escucharon en silencio, y de inmediato una inmensa alegría iluminó sus rostros.

No solo se alegraban por el matrimonio de su hijo, sino por el alivio de saber que ya no tendrían que vivir escondiéndose de nadie ni cargando con el peso de un secreto.

El amor de Mauricio y Adriana finalmente era libre y legítimo ante todos.

Cada día que pasaba, Adriana se sumergía con entusiasmo en la organización de su boda, cuidando cada detalle para que fuera perfecta.

Durante una cena familiar en el gran comedor de la mansión, el abuelo de Adriana carraspeó para llamar la atención de todos. Miró a su nieta con cariño y deslizó sobre la mesa una caja pequeña de madera fina.

—Abre la caja, Adriana —le pidió el abuelo con una sonrisa misteriosa.

Con manos temblorosas, Adriana levantó la tapa y sus ojos claros se abrieron de golpe al reconocer el contenido: eran las llaves de aquella casa secreta en el campo, el lugar exacto donde había pasado su primera vez con Mauricio años atrás y donde su amor se había consolidado lejos del mundo.

—Ahora esa casa es completamente tuya —sentenció el abuelo con voz imponente pero afectuosa—. Quiero que cuando te cases vivas ahí con Mauricio, y no en un departamento cualquiera en la ciudad. Los Murat no vamos a dejar que nuestra heredera empiece su matrimonio desamparada.

—Muchas gracias, abuelo... —susurró Adriana conmovida, apretando las llaves contra su pecho y mirando a Mauricio, quien le sonrió desde el otro extremo de la mesa, agradecido por el enorme gesto de aceptación de sus patrones.

Los días siguieron pasando de largo en el calendario, y con cada amanecer, la fecha de la gran boda se acercaba cada vez más, cerrando por fin las heridas del pasado.

El gran día finalmente llegó. La iglesia estaba bellísima, decorada con cientos de flores blancas que inundaban el aire con un aroma fresco y elegante.

Adriana caminó hacia el altar luciendo un vestido espectacular; parecía una princesa, con el orgullo transformado en una madurez radiante.

Al final del pasillo la esperaba Mauricio, impecable en su traje, con los ojos brillando de la emoción al ver que la mujer de su vida caminaba hacia él, esta vez de frente al mundo y sin esconderse de nadie.

La ceremonia fue sumamente linda y emotiva.

En las primeras bancas, la familia Murat y la familia Perea compartían el espacio en completa armonía.

Estela y Genaro limpiaban sus lágrimas de orgullo al ver a su hijo triunfar en el amor y en la vida, mientras que los padres y abuelos de Adriana aplaudían con sincera felicidad, convencidos de que Mauricio era el hombre correcto para ella.

Tras el intercambio de votos y un beso apasionado que selló su promesa, la pareja salió de la iglesia en medio de una lluvia de pétalos y aplausos.

La recepción en los jardines de la mansión fue perfecta.

Hubo risas, música, un banquete extraordinario y un brindis donde el padre de Adriana reconoció públicamente el valor de Mauricio.

Todo el mundo bailaba, celebraba y felicitaba a los nuevos esposos.

El amor, contra todos los pronósticos, el orgullo y las diferencias sociales, había vencido.

Hacia el final de la noche, Mauricio y Adriana se alejaron un poco del bullicio de la fiesta y se pararon cerca del vivero, el lugar exacto donde todo había comenzado con aquellos coqueteos infantiles. Mauricio la tomó de la cintura y la apegó a su cuerpo.

—Lo logramos, mi amor —le susurró Mauricio al oído, dándole un tierno beso en la mejilla—. Ya somos esposos. A partir de mañana nos mudamos a nuestra casa y empezamos nuestra vida juntos.

Adriana le sonrió, recargando la cabeza en su hombro mientras miraba las luces de la fiesta a lo lejos. Se sentía la mujer más feliz del planeta, pero una extraña sensación en el estómago le recordó que la vida real apenas estaba comenzando.

Un par de meses después de la boda, el talento y la impecable trayectoria de Mauricio como abogado rindieron frutos internacionales.

Recibió una llamada desde Estados Unidos: un bufete de abogados sumamente importante en Chicago, impresionado por su trabajo, le ofrecía un puesto de alto nivel.

Mauricio aceptó el reto de inmediato y, con el apoyo total de la familia Murat, él y Adriana empacaron sus maletas y se mudaron a la espectacular ciudad de Chicago, el lugar donde el destino los había reencontrado años atrás, pero esta vez listos para empezar una vida juntos como esposos.

El tiempo pasó volando entre rascacielos, trabajo y una convivencia llena de amor y madurez. Tras un año consolidándose en el extranjero, Mauricio y Adriana decidieron tomarse unos días de vacaciones para viajar de regreso a México y visitar a sus respectivas familias en la imponente mansión Murat.

Una noche, durante una cena especial donde estaban reunidos los padres de Adriana, los abuelos y los señores Genaro y Estela, Adriana se puso de pie con una enorme sonrisa y tomó la mano de Mauricio por debajo de la mesa.

—Tenemos una noticia que darles —dijo Adriana con los ojos brillantes de la emoción—. Estoy embarazada. Vamos a ser papás.

El comedor de la mansión estalló en gritos de alegría, abrazos y lágrimas de felicidad.

Estela y la madre de Adriana se fundieron en un abrazo, mientras Genaro y el padre de la joven felicitaban a Mauricio con profundo orgullo.

La vida les estaba dando una hermosa segunda oportunidad para sanar por completo la dolorosa pérdida del pasado, y esta vez, toda la familia estaba unida para celebrar la llegada del nuevo integrante.

Los meses siguieron su curso con tranquilidad.

En un hospital de primer nivel en Chicago, rodeados de cuidados y de un amor infinito, Adriana y Mauricio finalmente le dieron la bienvenida a su hermoso hijo.

Al sostener al bebé en sus brazos por primera vez, ambos se miraron a los ojos sabiendo que cada lágrima, cada prueba, cada arresto y cada barrera social que habían tenido que derribar en el vivero, en las celdas y en las calles había valió la pena.

Formaron una familia maravillosa, fuerte y bendecida, demostrando que cuando el amor es real, siempre vence al orgullo.

Y así, Mauricio y Adriana fueron sumamente felices para siempre.

FIN