Capítulo 36
Los rayos del sol de la mañana entraron con fuerza por la ventana del hotel.
Adriana abrió los ojos, sintiendo el peso de la resaca, pero su mente se aclaró al instante al ver a Mauricio.
Él ya estaba despierto, sentado en la orilla de la cama con la mirada fija en el suelo.
El silencio en la habitación era incómodo y pesado.
—Esto... esto fue un error —dijo Adriana de inmediato, buscando su ropa a prisa para cubrirse—. Estaba tomadísima, Mauricio. Yo ni siquiera recuerdo cómo pasaron las cosas anoche.
Mauricio la miró con una mezcla de decepción y seriedad. Se puso de pie y comenzó a abotonarse la camisa.
—Sí, tienes razón. Fue un error —respondió él con voz seca, ocultando el dolor que le causaban sus palabras.
Ambos comenzaron a vestirse en un silencio sepulcral. Adriana se puso el espectacular vestido de la noche anterior, pero al intentar subir el cierre de la espalda, sus manos temblorosas no se lo permitieron. Frustrada y nerviosa, no tuvo más remedio que tragarse su orgullo.
—Oye... no puedo. Ayúdame con la cremallera, por favor —pidió en voz baja.
Mauricio se acercó lentamente. Sus dedos rozaron la piel de su espalda, provocándole un escalofrío inevitable a ambos.
Subió el cierre con delicadeza, se alejó de inmediato y cada uno tomó sus pertenencias.
Salieron del hotel y Mauricio la dejó en un punto seguro para que cada quien regresara a su casa por separado.
Al llegar a la imponente mansión Murat, Adriana entró a su habitación y se dejó caer en la cama.
Mentirle a Mauricio había sido su única defensa: la realidad era que recordaba perfectamente cada caricia, cada beso y cada segundo de la noche anterior con absoluta claridad.
No estaba arrepentida; al contrario, una sonrisa de felicidad contenida se dibujó en su rostro al saber que el fuego entre ellos seguía intacto.
Por su parte, Mauricio llegó a su departamento sintiendo una alegría que no experimentaba desde hacía años.
Sin embargo, su burbuja de felicidad estalló muy rápido.
Justo cuando cerraba la puerta de la entrada, llamaron con insistencia.
Al abrir, se encontró de frente con su madre.
Estela entró con el rostro preocupado y, al acercarse a su hijo, lo abrazó con fuerza, pero se separó de inmediato arrugando la nariz.
—¡Hijo! Hueles muchísimo a alcohol —le reclamó Estela con severidad—. ¿Qué te pasó anoche?
—Sí, mamá, tomé un poco... pero poquito, estoy bien —respondió Mauricio, incapaz de borrar la enorme sonrisa de su rostro.
Estela lo observó de arriba abajo con desconfianza. Conocía perfectamente a su hijo y sabía que su estado de ánimo no era normal tras una noche de copas.
—¿Y por qué estás tan feliz, Mauricio? —le preguntó, entornando los ojos—. Hace meses que no te veía sonreír así. ¿Qué pasó?
—Por nada, mamá... nomás porque es mi día libre —mintió él, desviando la mirada.
Estela se cruzó de brazos y lo miró con una seriedad que le heló la sangre. Ella había trabajado toda su vida para los Murat y sabía leer las señales del peligro.
—A mí no me vas a engañar, Mauricio. Tú no te pones así de feliz por "nomás". Solo te voy a decir una cosa: no te metas en problemas. Piensa en tu carrera y en lo que nos costó salir adelante.
Al escuchar la advertencia de su madre, Mauricio reaccionó de golpe y la sonrisa se le borró de la cara.
El balde de agua fría de la realidad lo alcanzó.
Supo que su madre tenía toda la razón del mundo: aunque él ya no fuera el empleado de la mansión y Adriana tuviera diecinueve años y fuera mayor de edad, la poderosa familia Murat jamás aceptaría su relación.
Si se enteraban de lo que había pasado en ese hotel, usarían todo su dinero e influencias para destruirlo y separarlos otra vez
Adriana pasó los siguientes dos días encerrada en su habitación de la mansión, pero las paredes de cristal ya no la contenían; su mente estaba fija en el teléfono.
No aguantó más. Esperó a que llegara la noche y a que sus padres bajaran a cenar con los abuelos para asegurarse de que nadie vigilaría sus movimientos.
Con el corazón latiéndole a mil por hora, tomó su celular y le mandó un mensaje de texto a Mauricio desde un número privado.
"Necesito verte. No me contestes este mensaje. Te veo en una hora en el café que está a espaldas de la comandancia. Por favor, ve".
Mauricio, que estaba en su departamento intentando concentrarse en la lectura de un caso, vio iluminarse la pantalla.
Al leer el texto, el pulso se le aceleró.
Sabía que encontrarse con ella en secreto era precisamente el tipo de problema del que su madre le había advertido esa misma mañana, pero su amor por Adriana era una fuerza que nunca había aprendido a controlar.
Se puso el saco, tomó las llaves y manejó directo hacia el lugar acordado.
El café era un sitio pequeño, con luces bajas y mesas apartadas, perfecto para pasar desapercibido. Mauricio entró y de inmediato la vio al fondo, sentada en una mesa rincón, usando una gabardina y lentes oscuros para ocultar su identidad. Él se acercó y se sentó frente a ella en silencio.
Adriana se quitó los lentes, revelando esos ojos claros que a Mauricio siempre lo hacían flaquear. El aire entre los dos se volvió denso.
—Pensé que no vendrías —susurró Adriana, entrelazando sus dedos sobre la mesa.
—Te dije que haría cualquier cosa por ti, Adriana —respondió Mauricio con voz suave pero firme—. ¿Qué pasa? Tu mensaje me preocupó. ¿Ocurrió algo en tu casa?
Adriana respiró hondo, mirándolo fijamente a los ojos, decidida a dejar atrás las máscaras y el orgullo que los habían mantenido separados por tanto tiempo.
—Te mentí en el hotel, Mauricio —confesó de golpe, con la voz temblando por la emoción—.
Te dije que estaba demasiado tomada y que no me acordaba de nada de lo que pasó entre nosotros esa noche.
Pero es mentira. Me acuerdo de todo. De cada beso, de cada palabra...
de todo. No lo olvidé, Mauricio, y la verdad es que soy muy feliz de que haya pasado.
Mauricio se quedó mudo. Sintió que una descarga de adrenalina le recorría el cuerpo entero.
La confesión de Adriana era todo lo que había estado esperando escuchar por años, pero el recuerdo de la advertencia de su madre y el poder destructivo de los Murat se encendieron como una alarma en su cabeza.
Estaba feliz, inmensamente feliz, pero el pánico de volver a perderla por culpa de la sociedad lo hacía dudar sobre qué paso dar a continuación.
Al escuchar la confesión de Adriana, todas las alarmas en la cabeza de Mauricio se apagaron por completo.
Sus ojos se conectaron con los de ella, y la vulnerabilidad en su mirada terminó de derribar el último rastro de cordura que le quedaba.
Ya no le importaba la advertencia de su madre, ni el poder de los Murat, ni las consecuencias que esto pudiera traer a su carrera.
Mauricio estiró la mano sobre la pequeña mesa del café, tomó los dedos de Adriana con fuerza y los apretó.
—Yo tampoco dejé de pensar en ti ni un solo segundo, Adriana —le confesó en un susurro varonil, con la voz cargada de una pasión contenida—. Me estaba volviendo loco en mi departamento.
Adriana le sonrió, con los ojos brillando por las lágrimas de alivio al saber que sus sentimientos eran completamente correspondidos.
No necesitaron decir más palabras. Mauricio dejó un billete sobre la mesa para pagar el servicio, se puso de pie y la tomó de la mano.
Salieron a prisa del café, cuidando de que la gabardina y los lentes oscuros de Adriana cubrieran su identidad, y subieron de inmediato al auto de Mauricio.
El trayecto hacia el departamento fue silencioso, pero la tensión en el interior del vehículo era casi asfixiante.
Las manos de Mauricio apretaban el volante con urgencia mientras Adriana lo miraba de reojo, sintiendo una felicidad que le recorría todo el cuerpo.
El juego del gato y el ratón que había comenzado años atrás en el vivero de la mansión estaba llegando a su punto más maduro y real.
En cuanto Mauricio giró la llave en la cerradura y la puerta de su departamento se abrió, el control que ambos habían intentado mantener se rompió en mil pedazos.
Mauricio cerró la puerta de un golpe a sus espaldas, tomó a Adriana por la cintura y la pegó contra la pared del pasillo, devorándole los labios con un beso salvaje, apasionado y hambriento de los años de separación.
Adriana soltó un gemido ahogado de pura felicidad, enredó sus brazos alrededor del cuello de Mauricio y le correspondió el beso con la misma intensidad.
Dejando atrás el orgullo, los lujos de la mansión y las diferencias de clases sociales que tanto los habían lastimado, se guiaron a ciegas en la penumbra del departamento directo hacia la recámara principal.
Esta vez, completamente sobrios, conscientes y entregados por puro amor, se dejaron llevar de nuevo por la pasión en la misma vivienda donde alguna vez Sandra intentó destruir su pasado,
decididos a reescribir su historia sin importarles que el mundo entero se les viniera encima a la mañana siguiente.