El capricho de la heredera Capítulo 35
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Capítulo 35

Adriana, sintiéndose finalmente liberada del peso del arresto domiciliario y del encierro en la mansión, decidió que era momento de salir a divertirse con sus amigas.

Sin embargo, la lección de la comandancia había quedado bien aprendida: esta noche estaba completamente decidida a no probar ni una sola gota de alcohol.

Se vistió con un atuendo espectacular que resaltaba su belleza y madurez, dispuesta a disfrutar de la música y del ambiente de la vida nocturna de la ciudad con total sobriedad.

Mientras tanto, en otra zona, Mauricio disfrutaba de su día libre. Se encontraba en su departamento descansando de las largas y pesadas jornadas en las celdas, cuando el sonido de su teléfono rompió el silencio. Era su mejor amigo, Pablo.

—Vamos por un trago, hermano —le insistió Pablo del otro lado de la línea—. Te la pasas metido en esa comandancia metiendo las manos al fuego por desconocidos. Necesitas despejar la mente y salir a divertirte un rato.

Mauricio lo pensó por un momento. Miró el techo de su sala y, consciente de que quedarse solo solo alimentaba la obsesión de pensar en Adriana, aceptó la invitación. Se arregló, se puso un saco casual y salió a encontrarse con su amigo, buscando en el ruido de la noche una anestesia para su corazón.

Pablo guio a Mauricio hacia uno de los bares más exclusivos y concurridos de la zona alta de la ciudad.

El lugar estaba lleno, con la música vibrando en las paredes y las luces de colores cortando la penumbra del ambiente.

Los dos amigos se abrieron paso hacia la barra principal para pedir sus bebidas.

A unos cuantos metros de distancia, en una de las zonas vip del mismo bar, Adriana platicaba animadamente con su grupo de amigas, sosteniendo un vaso de agua mineral con limón.

Al cansarse del ruido de la mesa, se disculpó por un momento y caminó hacia la barra principal para pedir una bebida refrescante sin alcohol.

El destino, que parecía divertirse cruzando sus vidas en los momentos más inesperados, volvió a mover sus piezas esa noche.

Mauricio recibió su trago y, al darse la vuelta para mirar hacia la pista, se congeló en seco.

Justo al lado de él, en la barra, Adriana esperaba su orden.

Al sentir la mirada intensa de alguien sobre ella, la joven Murat giró la cabeza lentamente.

Sus ojos claros se encontraron de frente con la mirada profunda de Mauricio.

La música pareció perder volumen y el bullicio del bar se desvaneció por completo en un segundo, dejándolos otra vez cara a cara, sin leyes de por medio, en medio de la noche.

Adriana sintió un vuelco en el estómago al cruzar la mirada con Mauricio.

El impacto de verlo ahí, libre y tan varonil, derrumbó toda la seguridad que traía.

Tomó su orden de la barra, dio media vuelta y regresó con sus amigas, pero el autocontrol se le esfumó en un segundo.

Rompiendo su promesa de no probar alcohol, pidió el primer trago fuerte.

Necesitaba apagar la ansiedad. Ese trago llamó a otro, y luego a otro más.

A unos metros, Mauricio sintió la misma sacudida.

Ver a Adriana tan cerca y tan inalcanzable avivó el dolor del pasado.

Olvidándose de los consejos de Pablo, comenzó a tomar también.

Con cada minuto que pasaba, el alcohol corría por las venas de ambos, nublándoles el juicio pero encendiendo la nostalgia que llevaban contenida.

Pasaron las horas y la mezcla de bebidas le cobró factura a Adriana. Sintiéndose completamente mareada y abrumada por el bullicio, se disculpó con su grupo y caminó arrastrando los pasos hacia la salida del bar para tomar un poco de aire fresco.

Afuera, en la acera del estacionamiento, Mauricio ya se disponía a marcharse.

A pesar de haber tomado, su mente de abogado y la dura experiencia en la comandancia lo hacían intentar controlarse al máximo; sabía perfectamente que conducir alcoholizado era un delito grave.

Estaba a punto de sacar las llaves y subir a su auto cuando vio salir a Adriana por la puerta principal, tambaleándose y casi perdiendo el equilibrio.

Sin pensarlo dos veces, Mauricio caminó rápido hacia ella.

—¿Estás bien, Adriana? —le preguntó, tomándola suavemente del antebrazo.

—Sí, estoy perfecta... —balbuceó ella con la voz arrastrada, intentando zafarse.

Dio un paso al frente para demostrarlo, pero sus piernas no respondieron y estuvo a punto de estamparse contra el suelo.

Mauricio reaccionó con reflejos de cazador, la sostuvo con fuerza por la cintura y la pegó a su pecho.

Estando él un poco más consciente de la situación, la miró fijamente a los ojos.

—Te llevo a tu casa —le ofreció con un tono firme pero protector—. En tu estado no vas a ir a ningún lado sola.

—No... yo puedo sola —protestó Adriana, con el orgullo borracho—. No pensaba conducir, ¿sabes? Voy a pedir un taxi para que me lleve a la mansión. No te necesito.

—Conducir así no puedes, ya viste lo que te pasó la última vez —le recordó Mauricio con seriedad—. Y no te voy a dejar subir sola a un taxi de la calle a estas horas de la madrugada. Súbete a mi coche, yo te manejo.

Adriana lo miró de arriba abajo, vencida por el mareo y por la innegable seguridad que el cuerpo de Mauricio le transmitía. Sin fuerzas para seguir peleando, aceptó en silencio y dejó que él le abriera la puerta del copiloto.

Mauricio encendió el motor y tomó la avenida principal con extrema precaución, manteniendo la vista fija en el camino para evitar cualquier error.

El silencio dentro del vehículo se volvió espeso, cargado de la respiración pesada de Adriana.

De pronto, a mitad del trayecto en una zona oscura de la ciudad, la joven Murat se incorporó en el asiento.

—¡Para, Mauricio! ¡Detén el auto ahora mismo! —le exigió con desesperación.

Mauricio frenó de golpe a la orilla del camino, encendiendo las luces intermitentes. Creyó con total certeza que ella iba a vomitar debido a la cantidad de alcohol que había tomado. Se giró de inmediato hacia ella, estirando la mano para ayudarla a abrir la puerta.

—¿Te sientes mal? ¿Quieres bajar a... ?

Sus palabras se quedaron congeladas en el aire. Adriana no se movió hacia la puerta; en lugar de eso, se abalanzó sobre él, le tomó el rostro con las dos manos y le plantó un beso desesperado en los labios.

Mauricio sintió que el mundo se detenía.

El olor al perfume de Adriana mezclado con el sabor del alcohol le borró la poca cordura que le quedaba.

No hizo el más mínimo intento por detenerla.

Sus brazos rodearon la espalda de la joven, atrayéndola con una fuerza contenida por años, y correspondió el beso con la misma intensidad.

Lo que comenzó como un arrebato impulsivo se transformó rápidamente en una cadena de besos cada vez más apasionados, salvajes y prohibidos en la penumbra del auto, rompiendo en mil pedazos el orgullo que los había mantenido separados.

Mauricio intentó recuperar un poco la cordura. Se separó de sus labios jadeando, con las manos temblando sobre el volante mientras las luces intermitentes del auto parpadeaban en la oscuridad.

—Adriana, no... estás tomada —alcanzó a decir, intentando respirar profundo.

—No me importa, Mauricio —insistió ella con la voz entrecortada, jalándolo del cuello de su saco para pegarlo de nuevo a ella—. No me dejes sola.

Mauricio, haciendo un esfuerzo sobrehumano para controlar sus propios impulsos y consciente del peligro de quedarse estacionados ahí, engranó la marcha y comenzó a conducir de nuevo. Adriana se recostó en el asiento, tapándose el rostro mientras el mareo aumentaba.

—No me lleves a la mansión —le pidió Adriana con desesperación—. Llévame a un hotel. Si mis padres o mi abuelo me ven llegar nuevamente tomada, no me lo van a perdonar. Esta vez sí me van a desheredar o a mandar más lejos. Te lo ruego, no me dejes ahí.

Mauricio la miró de reojo. Sabía que ella tenía razón; la familia Murat no toleraría otro escándalo tras lo ocurrido en la comandancia. Con el corazón latiéndole a mil por hora, aceptó. Manejó unas cuadras más y se detuvo frente al primer hotel discreto que vio en el camino.

—Ayúdame, por favor —le pidió Adriana, incapaz de mantenerse firme sobre sus propios pies.

Mauricio bajó del auto, caminó hacia el lado del copiloto y la ayudó a descender.

La sostuvo por la cintura para que no se cayera, cruzó el lobby y se acercó a la recepción para pedir una habitación sencilla para ella.

El encargado le entregó la llave electrónica sin hacer preguntas.

Mauricio guió a Adriana hacia el ascensor y subieron juntos hasta el pasillo del tercer piso.

Al llegar a la habitación, Mauricio abrió la puerta, encendió las luces y ayudó a Adriana a sentarse en la orilla de la cama. Ella se dejó caer, completamente agotada pero con la mirada fija en él. Mauricio le dejó la tarjeta del cuarto sobre la mesa de noche.

—Bueno... aquí estás a salvo —dijo Mauricio con una voz suave, intentando mantener su distancia profesional—. Que te mejores. Descansa.

Dio media vuelta dispuesto a retirarse y salir de ese cuarto antes de que fuera demasiado tarde. Pero Adriana fue más rápida. Se puso de pie como pudo, lo tomó del brazo con fuerza y lo giró hacia ella. Sin darle tiempo a reaccionar, se paró de puntitas y lo volvió a besar.

Esta vez, el ambiente cerrado de la habitación, el olor de su perfume y la acumulación de tantos años de desearla hicieron que las defensas de Mauricio se derrumbaran por completo.

Ya no había leyes, ni padres, ni orgullo que importara.

Mauricio soltó un gruñido ahogado, la tomó con fuerza de la cintura y la pegó por completo a su cuerpo, respondiendo al beso con una ferocidad contenida por años.

Cerró la puerta del cuarto con el pie y, en medio de la penumbra de la habitación, ambos se dejaron llevar por completo por una pasión salvaje que demostró que el amor que se tenían seguía estando más vivo que nunca.