El capricho de la heredera Capítulo 34
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Capítulo 34

El abogado familiar de los Murat hizo valer el peso del dinero de la dinastía.

En tiempo récord, gestionó el pago de una fianza millonaria y el depósito para cubrir los gastos médicos del peatón herido.

Al recibir la orden de liberación firmada por el juez, Mauricio tomó el documento en sus manos.

Sabía que era el momento de dejarla ir, pero la preocupación por lo que pudiera estar pasándole en el calabozo lo hizo caminar a prisa hacia el pasillo de seguridad.

—Abran la celda —le ordenó firmemente al oficial de turno.

Mauricio llegó justo a tiempo. Al asomarse por los barrotes, vio a una de las detenidas acorralando a Adriana contra la pared. La mujer la tenía sujeta del brazo con fuerza, mientras le pasaba los dedos por la manga de su chaqueta con una sonrisa maliciosa.

—Tu ropa es de marca y es carísima, ¿verdad, muñequita? —le decía la mujer en tono amenazante—. A ver si me la vas prestando...

—¡Suéltala de inmediato! —bramó Mauricio con una voz tan autoritaria que hizo que la mujer diera un paso atrás asustada.

El policía quitó el cerrojo de la reja y Adriana salió casi corriendo, temblando del susto y acomodándose la ropa. Mauricio la miró fijamente y le entregó su orden de salida.

—Ya te vas —le dijo Mauricio con tono distante.

—¿De verdad? —preguntó Adriana, sintiendo que el alma le volvía al cuerpo—. ¿Ya soy libre?

—Sí, ya eres libre... bueno, por ahora —matizó Mauricio, cruzándose de brazos.

Adriana lo miró con el ceño fruncido, perdiendo un poco el alivio que sentía.

—¿Cómo que por ahora?

—Estás en libertad condicional mientras el proceso de tu caso se lleva a cabo en los juzgados —le explicó el abogado de oficio con seriedad—.

No puedes salir del país. Bueno, más bien dicho: el juez determinó que no puedes salir de tu propia casa.

Vas a estar bajo arresto domiciliario hasta que se dicte una sentencia definitiva.

—No me importa —respondió Adriana con firmeza, soltando un largo suspiro—. Con tal de salir de esta maldita celda mugrosa, estoy bien con lo que sea.

Los oficiales terminaron de registrar su salida y le devolvieron sus pertenencias. El abogado de la familia ya la esperaba afuera de la comandancia con la puerta abierta de una de las camionetas de los Murat.

Mauricio se quedó parado en el marco de la puerta de la delegación.

Con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón, observó en absoluto silencio cómo Adriana caminaba con elegancia hacia el vehículo, subía y se marchaba.

El destino los había vuelto a cruzar y a separar en menos de veinticuatro horas, dejándolo de nuevo con la amarga incertidumbre de saber si algún día el orgullo los dejaría perdonarse.

La camioneta blindada cruzó las monumentales puertas de la propiedad, y Adriana finalmente respiró con alivio al verse a salvo entre los muros de piedra que tantas veces había despreciado.

Al bajar del vehículo, su familia ya la esperaba en la suntuosa estancia principal.

El ambiente estaba cargado de reproches silenciosos, pero el poder de los Murat ya estaba en movimiento para enterrar el escándalo.

—Tu abogado ya está negociando con la familia del afectado —sentenció su abuelo con una voz imponente que no admitía réplicas—. Llegaremos a un acuerdo económico muy generoso con el hombre que atropellaste. Nadie en los medios se va a enterar de esto.

—Así es, pero vas a cumplir cada día de ese arresto domiciliario aquí dentro, bajo nuestra supervisión —añadió su padre con severidad, cruzando los brazos—. No vas a volver a poner un pie en la calle hasta que este proceso se cierre.

Adriana no se sintió con fuerzas para discutir ni para imponer su clásica altanería. Se limitó a asentir con la cabeza baja, dio media vuelta y subió los escalones a prisa hacia la seguridad de su habitación.

Necesitaba quitarse de encima el olor a encierro y el recuerdo de los barrotes. Se desvistió de inmediato, entró al baño y dejó que el agua caliente corriera por su cuerpo durante un largo rato, intentando relajar los músculos tensos.

Al salir del baño, envuelta en una bata de seda, se sentó frente al gran espejo de su tocador.

Tomó sus cosméticos y comenzó a maquillarse con delicadeza, buscando recuperar a la Adriana de siempre.

Sin embargo, en cuanto levantó la brocha para delinear sus facciones, sus movimientos se congelaron en seco.

A través del reflejo del cristal, la imagen que apareció en su mente no fue la suya, sino el rostro serio, varonil y protector de Mauricio.

Por más que intentaba concentrarse en sus estudios o en su arreglo personal, la cara del joven abogado se le venía a la cabeza una y otra vez de forma obsesiva.

Su orgullo herido intentaba rechazarlo, pero su corazón no podía ignorar la realidad de lo que había pasado esa madrugada: Mauricio la había salvado del horror de la celda de mujeres.

Había arriesgado su propio empleo, su reputación profesional y había roto las reglas de la comandancia con tal de mantenerla a salvo en su oficina, demostrándole que, a pesar de los años, el dolor y la distancia, ella seguía siendo su debilidad.

En su departamento, Mauricio caminaba de un lado a otro sin poder concentrarse.

Miraba los rincones del lugar y la misma obsesión lo asaltaba: la imagen de Adriana en la celda, asustada, y el recuerdo de su perfume que se había quedado impregnado en su oficina pública.

No importaba cuánto intentara refugiarse en el trabajo, no dejaba de pensar en ella.

Pasaron los días y la rutina se volvió asfixiante para ambos.

Adriana permanecía encerrada entre las paredes de la imponente mansión Murat, cumpliendo estrictamente con el arresto domiciliario y devorando los libros de la universidad para no volverse loca por el encierro.

La calma llegó una tarde cuando el abogado corporativo de la familia se presentó en la propiedad.

Adriana bajó las escaleras a prisa y recibió la mejor de las noticias: la negociación con la familia del afectado había sido un éxito rotundo.

Tras el pago de una indemnización económica muy generosa, los cargos por el atropellamiento habían sido retirados por completo.

Ya no había delito que perseguir. Lo único que faltaba para que Adriana recuperara su libertad absoluta y pudiera salir de su casa era acudir a la comandancia a firmar el papeleo final.

Minutos después, la camioneta blindada se estacionó frente a la delegación.

Adriana y el abogado familiar caminaron por los pasillos y entraron directamente a la oficina del defensor de oficio.

Mauricio los recibió con semblante profesional, aunque el corazón le dio un vuelco al verla entrar tan hermosa y recuperada.

Sin cruzar palabras innecesarias, el abogado de los Murat y Adriana firmaron cada uno de los documentos que daban el cierre definitivo al caso. Adriana soltó un suspiro; el arresto domiciliario había terminado. Estaba completamente libre.

Cuando ya se disponían a retirarse, Adriana se detuvo a mitad de la oficina y miró a su defensor privado.

—Espérame afuera un momento, por favor —le pidió con un tono firme que no admitía réplicas.

El abogado familiar asintió y salió, cerrando la puerta detrás de él. Adriana se giró lentamente hacia Mauricio, acortando la distancia entre el escritorio y ella. Lo miró a los ojos con una suavidad que él no veía desde sus noches en la casa secreta de México.

—Gracias, Mauricio —dijo Adriana en voz baja, con total sinceridad—. Gracias por todo lo que hiciste por mí esa noche... a pesar de todo lo que pasó entre nosotros en el pasado.

Mauricio tragó saliva, sosteniéndole la mirada con un esfuerzo tremendo para no romper su postura rígida de abogado.

—No es nada —respondió Mauricio con la voz un poco ronca—. Lo hice porque quería ayudarte. Además... lo habría hecho por ti o por cualquier otra persona que estuviera en esa situación.

Adriana notó el sutil intento de Mauricio por ocultar lo que sentía tras esa respuesta fría y profesional.

Lejos de molestarse, le regaló una pequeña sonrisa cómplice, asintió con la cabeza y se despidió con un suave "adiós".

Se dio la vuelta y salió de la oficina con el paso elegante que la caracterizaba.

Mauricio se quedó completamente estático detrás de su escritorio, escuchando el eco de sus tacones alejarse por el pasillo.

Se dejó caer en su silla, tapándose el rostro con las manos.

Esa pequeña sonrisa de Adriana le había desarmado el alma.

Supo, con una certeza dolorosa y absoluta, que el tiempo, la distancia y las terceras personas no habían servido de nada: Adriana Murat seguía significando todo para él.