Capítulo 33
Adriana habló rápidamente con su madre, resumiendo el accidente y omitiendo los detalles más crudos para no desatar una crisis peor en la mansión, y colgó de inmediato. Con cuidado, deslizó el teléfono de regreso por el escritorio.
—Gracias —dijo Adriana en voz baja, clavando la mirada en la madera.
Mauricio se limitó a mirarla en silencio, guardando el aparato de inmediato en el bolsillo de su saco para no dejar evidencia. Adriana, inquieta por el peso de las leyes que él ahora manejaba, rompió el silencio con una duda que le carcomía el pecho.
—¿Crees que sí me dejen libre? —preguntó con los ojos fijos en él.
—No —respondió Mauricio secamente.
Adriana lo miró de golpe, abriendo los ojos con pánico y sintiendo que el frío de las celdas regresaba a su cuerpo.
—¿No? ¡¿Tú crees que no me dejarán libre?! —exclamó alterada, perdiendo la compostura.
Mauricio soltó una pequeña risa irónica y la miró a los ojos, relajando un poco la postura.
—Sí, claro que vas a salir libre —dijo Mauricio con un tono de realismo—. Conociendo a tu familia, tus apellidos y el dinero que tienen, ¿en serio crees que te van a dejar encerrada aquí? Tu abogado familiar va a mover cielo, mar y tierra para sacarte antes de que acabe el día.
Adriana soltó un suspiro de alivio y se tranquilizó por completo al escuchar la seguridad con la que él hablaba.
Se recostó en la silla, cruzó los brazos y se quedó completamente callada, asimilando la ironía de que el dinero de su familia la salvaría, pero el ingenio de Mauricio la había sacado del peligro inmediato.
El silencio volvió a apoderarse de la oficina. Adriana se dedicó a esperar pacientemente la llegada de sus padres, mientras Mauricio encendía su computadora, abría un par de expedientes impresos y se ponía a trabajar de forma profesional, ignorando la tensión del pasado que flotaba en el aire.
Adriana comenzó a moverse incómoda en la silla.
El silencio de la oficina la ponía sumamente nerviosa y no soportaba la idea de quedarse a solas con sus propios pensamientos, intentando bloquear el pasado.
Con ganas de romper el hielo, comenzó a hablar de cualquier cosa, lanzándole preguntas sueltas a Mauricio sobre el lugar y sobre su vida.
Mauricio, sin levantar la vista de la pantalla ni detener sus dedos en el teclado, respiró hondo y detuvo su trabajo. La miró con una seriedad imponente que la hizo guardar silencio de golpe.
—¿Podrías por favor no hacer ruido? —le pidió Mauricio con voz firme y fría—. Tengo muchísimo trabajo acumulado que entregar. Si vas a seguir hablando, te devuelvo a tu celda ahora mismo con las otras detenidas.
Adriana abrió los ojos con indignación, pero el miedo a regresar a las rejas pudo más que su orgullo.
—Está bien... ya me callo —masculló entre dientes, cruzándose de brazos y desviando la mirada hacia la ventana, completamente molesta.
El silencio volvió a ser sepulcral durante unos minutos, interrumpido únicamente por el tecleo constante de Mauricio.
Sin embargo, la tensión se rompió de golpe cuando la puerta de la oficina se abrió con fuerza y el abogado privado de la familia Murat entró al lugar cargando un portafolios de piel fina.
Detrás de él, dos oficiales de la comandancia le abrían paso con absoluto respeto debido al poder e influencia que el litigante representaba.
El abogado de la familia entró con paso apresurado y, al ver a Adriana sentada tranquilamente en la silla del escritorio, se detuvo en seco con el ceño fruncido.
—¿Qué haces aquí, Adriana? —preguntó de inmediato, mirando a su alrededor con desconcierto—. Se supone que deberías estar en el área de seguridad.
—Mauricio me trajo —contestó Adriana con total naturalidad, sin medir las consecuencias—. Es que yo no quería estar allá con las otras mujeres.
Al escuchar que Adriana revelaba que la había sacado de las celdas simplemente por capricho y sin ninguna orden oficial, Mauricio se quedó completamente callado, maldiciendo internamente la indiscreción de la joven.
El abogado privado de los Murat entornó los ojos, dándose cuenta de la grave falta al reglamento penal que eso significaba.
—¿Cómo que te sacó porque no querías estar allá? —cuestionó el abogado familiar, mirando fijamente a Mauricio—. Un defensor de oficio no tiene la autoridad para mover a los detenidos por comodidad.
Adriana, al ver la expresión rígida de su defensor y notar que sus propias palabras le estaban causando un problema legal muy serio a Mauricio, se tensó en su asiento.
Buscó la mirada de Mauricio, dándose cuenta del error.
Mauricio, manteniendo la sangre fría para salvar su empleo, intervino con voz profesional y distante.
—Bueno, es que tenía que hacerle unas preguntas clave para el informe de la defensa inicial —mintió Mauricio, acomodando los papeles sobre su escritorio.
El abogado corporativo de los Murat asintió a medias, no muy convencido, pero decidió no indagar más para enfocarse en lo verdaderamente importante.
—Bien, como sea —dijo el litigante, abriendo su portafolios—. Ya podemos empezar a trabajar en la fianza y en la defensa de Adriana para cerrar este asunto.
—Sí, trabajen de una vez para que me saquen de aquí rápido —exigió Adriana, recuperando un poco de su actitud altanera.
El abogado de la familia Murat miró con desdén el modesto espacio de la oficina pública y luego clavó una mirada severa sobre Adriana.
—Pero tú no puedes estar aquí, Adriana —sentenció el defensor privado—. El reglamento es muy claro y no voy a permitir que una irregularidad técnica entorpezca el papeleo de tu liberación. Tienes que regresar a donde corresponden los detenidos.
Mauricio, consciente de que ya no tenía más excusas para retenerla y que la presencia del abogado familiar ponía en riesgo su puesto si el juez cívico se enteraba, supo que tenía que actuar con frialdad.
Sin más que hacer, se puso de pie, caminó hacia la entrada de su oficina, llamó a un oficial de custodia que pasaba por el pasillo y le dio una orden directa.
—Ya se la puede llevar, oficial —dijo Mauricio con un tono de voz gélido.
—¡Yo no quiero volver para allá! —reclamó Adriana de inmediato, levantándose de la silla con pánico al recordar a las mujeres de la celda.
—No puedes estar aquí, Adriana —respondió Mauricio firmemente, sosteniéndole la mirada con severidad profesional—. Es el procedimiento.
El oficial de policía la tomó con firmeza del brazo y la guio de regreso por el pasillo.
Adriana caminó de vuelta con el orgullo herido y el miedo calándole en los huesos, sintiéndose traicionada por la frialdad de Mauricio, quien la mandó de regreso a la celda de mujeres para proteger las formas de la comandancia.