El capricho de la heredera Capítulo 32
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Capítulo 32

Adriana, con la vista nublada y la mente torpe por el alcohol, ni siquiera se dio cuenta de que el hombre parado frente a ella era Mauricio. Se limitó a ocultar el rostro entre las manos, balanceándose levemente en la banca de la celda mientras sollozaba de forma incoherente.

—Es que él se cruzó... —repetía Adriana con la voz arrastrada—. Yo no quería hacerle daño, te lo juro... Él se atravesó.

Mauricio tragó saliva, ocultando el dolor que le causaba verla en ese estado tan vulnerable. Como abogado penalista, sabía perfectamente que un atropellamiento bajo los efectos del alcohol en México se consideraba un delito grave que ameritaba prisión preventiva. Necesitaba actuar rápido.

—Escúchame, necesito que me des el número del abogado de tu familia —le pidió Mauricio, agachándose para quedar a su altura—. Yo soy el defensor de oficio, pero tu caso requiere a todo su equipo legal de inmediato.

—No... no me lo sé —balbuceó ella, perdiendo el equilibrio.

—Dame tu teléfono celular entonces.

Adriana metió la mano temblorosa en su bolso, sacó el dispositivo y, tras varios intentos, logró deslizar el dedo para desbloquear la pantalla.

Se lo entregó a Mauricio sin mirarlo a la cara.

Él buscó rápidamente en los contactos, localizó el número del bufete corporativo que manejaba los asuntos de los Murat y marcó de inmediato.

Acordó con el abogado familiar trabajar en conjunto: el defensor privado se encargaría de pagar la fianza y negociar la indemnización con la familia del peatón herido, mientras Mauricio agilizaba los trámites dentro de la comandancia para que el Ministerio Público no la trasladara a un reclusorio.

Durante el resto de la madrugada, Adriana se quedó profundamente dormida en la plancha de la celda, completamente ajena al caos legal que Mauricio estaba resolviendo a sus espaldas.

A la mañana siguiente, los primeros rayos del sol entraron por la pequeña rejilla de la celda.

Adriana despertó con un dolor de cabeza insoportable y una fuerte resaca.

Al incorporarse, la cruda realidad la golpeó de golpe: recordó la fiesta, el auto, el impacto del cuerpo contra el parabrisas y las esposas.

Presa del pánico, se acercó a los barrotes.

—¡Oficial! ¡Por favor! Necesito hablar con mi familia —suplicó Adriana a gritos.

Unos pasos resonaron en el pasillo. La puerta de hierro se abrió y el abogado asignado entró con el expediente en las manos. Para su absoluto shock, el hombre que vestía un traje impecable y la miraba con una mezcla de seriedad y profunda tristeza era Mauricio.

Adriana se frotó los ojos, sintiendo que el piso se le movía. El color se le borró del rostro por completo.

—Sigo dormida, ¿verdad? —susurró Adriana, retrocediendo un paso hasta chocar con la pared—. Esto es una pesadilla... Tú no puedes estar aquí.

—No, Adriana, no estás dormida —respondió Mauricio con voz suave pero firme—. Estás detenida por atropellar a un peatón en estado de ebriedad. He estado trabajando toda la noche en tu caso para evitar que te trasladen.

Adriana sintió que el orgullo y la vergüenza la asfixiaban. Verse rescatada precisamente por el hijo de los empleados, el hombre que había prometido no volver a ver en su vida, era una humillación insoportable.

—No quiero que seas mi abogado. ¡No quiero nada de ti! —exclamó ella, con la voz temblando por la frustración—. Quiero hablar con mi familia. ¡Llama a mis padres ahora mismo!

—Tu abogado familiar ya viene en camino con las escrituras de una propiedad para garantizar la fianza —le explicó Mauricio, manteniendo la calma profesional—.

Pero por reglamento de la comandancia, aún no puedes usar tu teléfono personal.

Déjame hablar con el juez cívico; te buscaré un permiso especial para que puedas hacer esa llamada desde el teléfono de la oficina y hables con tus padres.

Mauricio asintió en silencio y caminó hacia la oficina del juez cívico para tramitar la autorización. Sin embargo, no tardó en regresar al pasillo de las celdas con el semblante serio y las manos en los bolsillos.

—Negaron el permiso, Adriana —le informó con frustración—. El juez está muy estricto hoy por el estado en el que entraste. Me dijeron que tal vez más tarde te dejen hacer la llamada, cuando el Ministerio Público revise el primer informe médico del peatón.

Mauricio dio media vuelta para retirarse y seguir presionando con el papeleo, pero el miedo de Adriana pudo más que su orgullo.

—¡Oye, espera! —le llamó Adriana con desesperación, pegando las manos a los barrotes—. Ayúdame, por favor. Haz que me cambien de celda o haz algo... no quiero estar aquí.

Mauricio la miró con confusión. Al fondo de la celda, sentadas en una banca de cemento, estaban otras dos mujeres que habían sido arrestadas esa misma madrugada.

Eran trabajadoras de la vida nocturna, detenidas durante una redada en una zona conflictiva, dedicadas a complacer hombres.

Al ver a la niña rica asustada y vestida de diseñador, las dos mujeres no habían dejado de lanzarle burlas, groserías y comentarios sumamente incómodos que tenían a Adriana al borde de un ataque de pánico.

—Esta es la única celda asignada para mujeres en toda la comandancia, Adriana —explicó Mauricio con impotencia—. No te puedo mover a otra porque en las demás hay hombres y sería mucho más peligroso para ti.

—¡Por favor, Mauricio, te lo ruego! —insistió ella con lágrimas en los ojos, perdiendo toda su altanería—. No me dejes con ellas, de verdad no quiero estar en esta celda. Me están diciendo cosas horribles.

Mauricio miró a las detenidas, quienes soltaron una carcajada burlona al ver la escena.

Como abogado de la comandancia, sabía que no tenía el poder de cambiar las reglas de reclusión, pero su instinto de protección hacia Adriana fue más fuerte que cualquier reglamento.

Se giró hacia el policía encargado de la custodia de los pasillos.

—Oficial, abra la celda, por favor —pidió Mauricio con voz autoritaria—. Necesito hacerle una pregunta clave a la acusada en privado para integrar su hoja de defensa antes de que llegue el Ministerio Público.

El oficial, confiando en el criterio del abogado de oficio del lugar, sacó el pesado llavero, quitó el cerrojo y abrió la reja de hierro.

—Ven conmigo —le dijo Mauricio a Adriana, extendiéndole la mano.

Adriana no lo pensó dos veces. Salió de la celda a toda prisa, dejando atrás las burlas de las otras mujeres.

Mauricio guio a Adriana por el pasillo, lejos de las celdas y del olor a encierro, y la llevó directamente al interior de su oficina privada, cerrando la puerta detrás de ellos para darle un momento de paz y seguridad.

Adriana se cruzó de brazos y soltó una risa nerviosa, intentando recuperar un poco de su antigua altanería para ocultar el miedo que todavía sentía en el cuerpo.

—Jamás me imaginé que me vería un día tras las rejas —comentó, mirando las paredes de la oficina—. Ni en Chicago me detuvieron por todo lo que hice. Bueno, es que allá sí supe hacer las cosas.

Mauricio la miró fijamente en silencio, notando que, a pesar del susto, el orgullo de Adriana seguía intacto. Señaló la silla frente a él.

—Siéntate —le dijo en tono serio.

Adriana se acomodó en la silla, arreglándose un poco el cabello, y lo miró con curiosidad.

—¿Y qué preguntas necesitas hacerme? —cuestionó ella.

Mauricio se sentó detrás de su escritorio, entrelazó las manos y la observó con una mirada profunda y cansada.

—Ninguna.

Adriana lo miró frunciendo el ceño, completamente desconcertada por la respuesta.

—¿Cómo que ninguna? —reviró ella—. Tú le dijiste al oficial que necesitabas interrogarme para mi defensa.

—Sí, pero no hay preguntas —confesó Mauricio en voz baja—. Como no hay más celdas para mujeres en este lugar, esa era la única forma en la que podía sacarte de ahí y quitarte de encima a esas detenidas.

Adriana se quedó completamente callada por un momento.

El peso del gesto de Mauricio la tomó por sorpresa; se dio cuenta de que, a pesar del dolor del pasado y de lo mal que terminaron las cosas entre ellos en el hospital, él seguía estando dispuesto a romper las reglas con tal de protegerla y evitarle un mal rato.

Antes de que la atmósfera se pusiera más tensa, Mauricio metió la mano en el bolsillo de su saco, sacó su propio teléfono celular y lo deslizó con cuidado sobre el escritorio, empujándolo hacia ella.

—Llama a tu familia rápido —le indicó Mauricio con voz firme pero en un susurro—. Pero hazlo ya, que nadie se entere de que te presté mi celular porque nos meteríamos en un problema muy grave con el juez.

Adriana miró el aparato, levantó la vista hacia Mauricio con una pizca de gratitud contenida y tomó el teléfono de prisa.

Con los dedos temblorosos por los nervios, marcó directamente el número de la mansión Murat para avisarles a sus padres de la situación y pedirles que mandaran a todo su equipo de abogados a rescatarla.