Capítulo 31
Mauricio, con los ojos empañados por las lágrimas, dio un paso al frente intentando tomar la mano de Adriana una última vez. El remordimiento le carcomía el pecho.
—Perdóname, Adriana... Te lo ruego —suplicó en un susurro quebrado—. Fui un cobarde, un estúpido, pero mi amor por ti es lo único real que tengo.
Adriana miró hacia el techo de la habitación, tragándose el nudo que amenazaba con cerrarle la garganta. Tras un largo y pesado silencio, bajó la vista y lo miró fijamente. La frialdad en sus ojos claros asustó a Mauricio.
—Te perdono, Mauricio —dijo ella con una calma que dolió más que cualquier grito—.
Te perdono porque, al final del día, yo tuve la culpa.
Todo esto comenzó por mí. Yo fui la que empezó con los coqueteos en el vivero, la que te buscó, la que te besó.
Si yo nunca hubiera provocado las cosas, nada de esto habría pasado.
Así que te perdono tu parte... pero tú y yo nunca, escúchame bien, nunca vamos a volver a estar juntos. El pasado está muerto. Ahora, vete.
—¡No, Adriana! ¡No me pidas eso! —insistió Mauricio, desesperado, dando otro paso hacia la camilla—. No me puedes dejar así. Yo te amo, de verdad te amo con toda mi alma...
—Si no te vas en este preciso segundo, aprieto el botón de emergencia y llamo a seguridad —sentenció Adriana, clavándole una mirada amenazante—.
Y cuando entren, haré que te saquen a patadas.
Les diré a todos que viniste a amenazarme o que intentaste hacerme algo para ayudar a Sandra, tu novia prófuga. A ver a quién le cree mi familia.
Mauricio se congeló. Al escuchar la dureza en sus palabras y ver la determinación en su rostro, supo que no estaba jugando.
Entendió que una mujer herida y con el orgullo lastimado es capaz de cualquier cosa.
Con el alma rota y el pecho vacío, Mauricio dio dos pasos hacia atrás.
Salió de la habitación en absoluto silencio, arrastrando los pies por el pasillo del hospital.
Se subió a su auto y rompió a llorar, completamente consciente de que la había perdido para siempre, y que esta vez no habría un reencuentro milagroso en las calles de Chicago que pudiera salvarlos.
En la habitación, en cuanto la puerta se cerró, la máscara de frialdad de Adriana se cayó. Se abrazó a las sábanas y lloró con un llanto amargo, despidiéndose del único hombre que realmente había amado.
Pasaron los días y las heridas físicas de Adriana comenzaron a sanar.
El día que fue dada de alta, las camionetas blindadas de la familia Murat la escoltaron de regreso a aquella imponente mansión donde todo había comenzado años atrás.
Al cruzar las grandes puertas, el peso de los recuerdos la abrumó, pero la actitud de su familia la tomó por sorpresa.
Sus padres, conmovidos por haber estado a punto de perderla en ese hospital, la recibieron con los brazos abiertos.
—Ya no queremos tenerte lejos, hija —le dijo su madre, acariciándole el rostro con un cariño que hacía años no mostraba—. Estar a miles de kilómetros de ti en Chicago fue un error. Nos dimos cuenta de que te queremos aquí, con nosotros.
—No importa lo que haya pasado en el pasado, Adriana —añadió su padre con seriedad pero sin reproches—. Todo lo que pasó antes de que te fueras... queda enterrado. Es hora de olvidar eso y comenzar de nuevo, juntos, como la familia que somos.
Los abuelos de Adriana, dueños de la mansión, asintieron con la cabeza, respaldando por completo la decisión de que la heredera Murat se quedara permanentemente en México, retomando su lugar en la alta sociedad.
Mientras la vida de Adriana parecía volver a la normalidad entre los lujos y el cobijo de su familia, a unos cuantos kilómetros de ahí, la realidad de Mauricio era un completo infierno.
El joven abogado continuó con su rutina, asistiendo al bufete y atendiendo casos complejos en los juzgados, pero se había convertido en un cascarón vacío.
Trabajaba de forma automática, sin pasión, sumido en una infelicidad profunda que ni el éxito profesional lograba mitigar.
Cada rincón de su departamento le recordaba a la tormenta que había vivido.
Para empeorar la tensión en el ambiente, las semanas seguían corriendo y Sandra continuaba sin aparecer por ningún lado.
La policía no tenía pistas de su paradero; se había esfumado de la ciudad, convirtiéndose en un fantasma que en cualquier momento podía regresar a cobrar venganza, dejando una sombra de peligro e incertidumbre sobre las vidas de Mauricio y Adriana.
El misterio que rodeaba el paradero de Sandra llegó a su fin una tarde lluviosa.
La policía rastreó sus movimientos y logró detenerla en una pequeña ciudad de provincia donde intentaba ocultarse con un nombre falso.
El proceso legal fue contundente; debido a la gravedad del traumatismo craneoencefálico que le causó a la heredera Murat y al uso de un objeto contundente, Sandra fue juzgada,
hallada culpable de lesiones graves con ventaja y condenada a pasar varios años tras las rejas de una prisión de máxima seguridad.
Con su captura, la sombra de peligro inmediato finalmente se desvaneció.
El tiempo avanzó sin detenerse, y las hojas del calendario corrieron hasta transformar la realidad de todos.
Adriana cumplió diecinueve años. Aquella niña caprichosa, consentida y soberbia que miraba a todos desde arriba quedó atrapada en el pasado.
El dolor de la pérdida de su bebé y el choque con la cruda realidad la maduraron a golpes.
Ahora era una joven sumamente responsable, completamente enfocada en sus estudios universitarios y en su preparación para el futuro.
Salía con amigos de su círculo social y vivía rodeada de los lujos de la mansión, pero se imponía una regla estricta día con día: mantenía su mente ocupada al máximo para bloquear cualquier recuerdo de Mauricio Perea.
Había enterrado su nombre en lo más profundo de su memoria.
Por su parte, Mauricio también logró salir a flote.
Habían pasado los meses y ya no era el hombre deprimido que se caía a pedazos en la sala de su departamento.
Estaba bien. No era plenamente feliz, porque el vacío que dejó Adriana era imposible de llenar, pero había aprendido a vivir con esa cicatriz.
Decidió mantenerse estrictamente soltero, cerrándole las puertas al amor y sin intenciones de iniciar ninguna relación formal de pareja.
Para mitigar la monotonía de su exitosa carrera como abogado y obligarse a olvidar el pasado, se dedicaba a salir de fiesta, viajar y divertirse cada que el trabajo se lo permitía, buscando en los placeres pasajeros una anestesia contra la nostalgia.
Una noche de fiesta, la disciplina que Adriana había mantenido durante meses se desmoronó.
Después de mucho tiempo sin probar una sola gota de alcohol, la presión social y el deseo de apagar los recuerdos la llevaron a volver a tomar.
La noche se le salió de las manos y, al terminar la fiesta, se negó a dejar las llaves.
Subió a su auto en estado de ebriedad y, mientras manejaba a toda velocidad de regreso a la mansión, el alcohol le nubló los reflejos.
En un cruce oscuro, una persona se atravesó en su camino y Adriana la atropelló.
El impacto la hizo reaccionar de golpe. Presa del pánico pero impulsada por un remordimiento del pasado, Adriana detuvo el auto y llamó de inmediato a la ambulancia.
Los paramédicos llegaron al lugar en minutos, estabilizaron al hombre herido y se lo llevaron de urgencia al hospital.
Sin embargo, debido a su evidente estado de ebriedad, los oficiales de policía la detuvieron en el acto.
Al llegar a la comandancia de policía, Adriana se negó a dar el contacto de su familia por el terror de decepcionar a sus padres otra vez, lo que obligó a las autoridades a solicitar la presencia del abogado de oficio que estaba asignado a las celdas esa noche.
Mauricio acababa de dejar el bufete privado donde trabajaba para tomar el puesto de defensor de oficio de la comandancia.
Deseaba un trabajo más humano, ayudando a las personas detenidas que no tenían representación legal inmediata.
Esa noche le notificaron que había una joven arrestada por atropellar a un peatón bajo los efectos del alcohol y que requería asistencia legal antes de declarar.
Mauricio tomó su carpeta, caminó por el frío pasillo de la comandancia y abrió la puerta de las celdas. Al entrar, la acusada permanecía de espaldas, sentada en una banca con la cabeza entre las manos.
—Buenas noches, soy el abogado de oficio asignado a su caso —dijo Mauricio con su voz profesional.
Al escuchar ese tono varonil tan familiar, la joven levantó la cabeza lentamente y se quitó el cabello del rostro.
Mauricio se congeló por completo y sintió que el corazón se le detenía.
Frente a él, con los ojos rojos por las lágrimas y el rastro de la noche de fiesta, estaba Adriana Murat.
El destino, de la forma más retorcida posible, los había vuelto a poner frente a frente en una celda.