El capricho de la heredera Capítulo 30
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Capítulo 30

Mauricio golpeó el volante con frustración.

Se sentía morir por dentro. En la habitación del hospital, Adriana estaba sumida en una marea de lágrimas y amargura.

Lo que para ella había comenzado como un juego de provocaciones en el vivero, donde creía tener el control total, resultó ser una mentira.

Ella siempre pensó que Mauricio había caído rendido ante sus encantos, pero la realidad la golpeaba con crueldad: la que había caído en la trampa había sido ella.

El juego había sido al revés. Ella terminó siendo el juguete y Mauricio el verdadero jugador.

La noche avanzó y el cansancio venció a los Murat.

Con la seguridad de que Adriana estaba completamente estable, fuera de peligro y resguardada por el personal médico, los padres y los abuelos decidieron retirarse.

Sabiendo que en el hospital no le pasaría nada, salieron en grupo hacia el estacionamiento para abordar sus camionetas blindadas y marcharse a la mansión a descansar.

Desde el interior de su auto, Mauricio vio salir a la familia Murat.

Esperó en silencio, con el motor apagado, hasta ver que los vehículos desaparecían por la avenida principal.

En cuanto el camino quedó libre, la desesperación le ganó al miedo.

Bajó de su auto a toda prisa, cruzó las puertas automáticas de la clínica y subió las escaleras directo al piso de urgencias.

Burló la seguridad del pasillo aprovechando el cambio de turno de las enfermeras y caminó con el corazón en la garganta hacia la habitación de Adriana. Al llegar, empujó la puerta lentamente, decidido a mirarla a los ojos y arreglar el desastre que sus propias palabras habían provocado.

Adriana abrió los ojos de golpe al escuchar el chirrido de la puerta. Al ver a Mauricio parado en el umbral, la indignación le encendió la mirada y se incorporó en la cama con dificultad.

—¡Vete de aquí! —le exigió con una voz ahogada por la rabia y las lágrimas—. ¡Lárgate, Mauricio! ¡No quiero verte!

Mauricio no se movió. Se acercó con cautela a la camilla y se arrodilló a un costado, buscando desesperadamente que ella lo escuchara.

—Adriana, por favor, mírame —le suplicó—.

Necesito explicarte lo que pasó. Al principio, cuando nos conocimos, nuestras diferencias parecían insalvables.

Pensaba que eras alguien que no valoraba el esfuerzo de los demás, y me mantuve distante por profesionalismo y por el temor a las complicaciones que nuestra situación personal traería.

Adriana lo miró con amargura mientras él continuaba.

—Pero con el tiempo, esa imagen cambió. Empecé a notar detalles en ti que me cautivaron.

Sin embargo, me asustaba la intensidad de lo que sentía y el riesgo de perder mi estabilidad.

Cuando estuvimos en Puerto Vallarta, me di cuenta de que mis sentimientos eran reales, pero me dejé llevar por la inseguridad.

Acepté seguir adelante con nuestra relación en secreto porque temía el juicio de los demás, pero eso fue un error cobarde.

Adriana soltó un suspiro tembloroso, sintiendo que la confianza que alguna vez tuvo se desvanecía.

—Entonces... —dijo ella con la voz quebrada—, ¿todo fue un juego para ti? ¿Querías ver hasta dónde podías llegar sin comprometerte de verdad? Me duele pensar que me ocultaste tus verdaderas intenciones por tanto tiempo.

—Cometí errores, Adriana —admitió él bajando la mirada—. Fui egoísta al principio, pero te juro que mis sentimientos se transformaron en algo profundo y sincero. Me enamoré de ti de una manera que nunca imaginé.

—¡No puedo creerte! —exclamó Adriana—. Si pudiste ocultarme tanto, ¿cómo sé que lo que dices ahora es verdad? Te has convertido en alguien que no reconozco.

—Si no te amara, no estaría aquí enfrentando las consecuencias —insistió él—. Te estoy diciendo la verdad para intentar reparar el daño.

—¿De qué sirve la verdad ahora? —respondió Adriana entre sollozos—.

Por proteger nuestra situación, tomé decisiones desesperadas.

Cuando supe que estaba embarazada, mi único pensamiento fue protegerte de cualquier conflicto con mi familia.

Bajé de aquel auto para evitar que nos descubrieran, y a causa de eso ocurrió el accidente.

Perdí a mi bebé por intentar salvar lo nuestro, y ahora me doy cuenta de que todo estaba basado en secretos.

Mauricio sintió un peso inmenso ante la mención de la pérdida.

—Lo lamento tanto, Adriana... Yo habría dado todo por formar una familia contigo. Te amo y eres lo más importante para mí.

Adriana lo miró fijamente, con una mezcla de tristeza y resentimiento.

—¿Y qué hay de Sandra? ¿A ella también le decías lo mismo? Vivían juntos, Mauricio. No me pidas que ignore eso.

—Vivíamos bajo el mismo techo, es cierto —explicó él con desesperación—, pero nuestra relación era puramente formal. No había una conexión real, no compartíamos una vida íntima. Te lo juro, tú has sido la única persona que realmente ha ocupado un lugar en mi corazón.

Adriana limpió con amargura una lágrima que corría por su mejilla. El dolor de cabeza se mezclaba con el vacío que sentía en el pecho, pero la duda la estaba carcomiendo por dentro.

—Quiero que me digas todo —le exigió Adriana, clavándole una mirada herida—. Dime exactamente cómo comenzó lo tuyo con Sandra. No te atrevas a mentirme otra vez.

Mauricio tragó saliva, sintiendo el peso de su propia historia. Dio un paso más hacia la cama y comenzó a hablar con el tono de quien ya no tiene nada que perder.

—Cuando te fuiste a Chicago sin darme ninguna explicación, sentí que mi mundo se venía abajo —comenzó Mauricio con voz ronca—.

No soportaba estar en esa mansión sin ti, así que renuncié y me fui.

Estuve viviendo completamente solo un tiempo.

Por esos mismos días, Sandra también dejó el trabajo con tus abuelos para buscar otra oportunidad.

Pero las cosas no le salieron bien. Un día me enteré de que se había quedado sin su casa porque no pudo pagar más la renta.

Adriana lo escuchaba con atención, apretando los puños debajo de las sábanas.

—Como la conocía de la mansión, quise ayudarla —continuó él—.

Le ofrecí vivir conmigo, pero estrictamente como amigos.

Ella aceptó. Poco a poco me fui sintiendo bien con su presencia; no sentía absolutamente nada de amor por ella, pero admito que era una buena compañía para aminorar mi soledad.

Hasta que un día, Sandra me besó y me confesó todo lo que sentía por mí.

Yo estaba tan vulnerable y resentido contigo que le propuse que fuéramos novios, pero le advertí que iríamos despacio.

Mauricio dio un profundo suspiro, buscando los ojos de Adriana para que viera la verdad en los suyos.

—Cada vez que ella intentaba pasar la noche conmigo, yo no lo permitía —confesó en un susurro—.

Inventaba cualquier excusa. La realidad es que nunca dejé de pensar en ti, Adriana.

Cada maldita noche me despertaba recordando los momentos que pasamos juntos en aquella casa secreta.

Vivimos juntos, sí, y éramos novios ante los demás, pero yo jamás sentí nada por ella.

Te juro por mi vida que nunca pasé ninguna noche en su cama. Tú has sido la única.

Adriana asimiló las palabras de Mauricio en un silencio pesado.

Por un lado, sentía un retorcido alivio al saber que él nunca se había entregado a Sandra; pero por el otro, le dolía profundamente confirmar que Mauricio había estado usando a otra mujer para llenar un vacío, del mismo modo que ella sintió que fue un experimento al principio de su propia historia.