Capítulo 29
El abuelo de Adriana colgó el teléfono tras ordenar que retiraran los cargos contra Mauricio Perea y que comenzaran la búsqueda de Sandra.
El alivio en la habitación fue inmediato: Adriana se recostó en la almohada y logró tranquilizarse al saber que Mauricio ya no corría peligro de ir a prisión por un crimen que no cometió.
Sin embargo, para la verdadera culpable, el panorama cambió por completo.
Sandra, al no ser localizada en ningún sitio y con el peso de la policía encima, se convirtió oficialmente en una prófuga de la justicia.
Afuera de la delegación, Mauricio fue puesto en libertad de inmediato.
Sus padres, Genaro y Estela, lo recibieron con un abrazo lleno de angustia, pero antes de que pudieran asimilar el momento, el teléfono de Genaro sonó.
Era el abuelo de Adriana, quien con voz firme e imponente les exigió que se presentaran los tres de inmediato en la clínica.
Minutos después, la familia Perea llegó al hospital.
El silencio en el pasillo era denso. Una enfermera les abrió paso y los hizo entrar directamente a la habitación privada donde Adriana permanecía conectada a los monitores médicos.
Al ver entrar a Mauricio, los ojos de la joven Murat se iluminaron por un segundo, pero la atmósfera se volvió glacial cuando el abuelo dio un paso al frente y clavó su mirada sobre el joven abogado.
—Ya aclaramos las cosas con las autoridades, Mauricio —sentenció el abuelo con tono frío y cortante—.
Pero queda una pregunta muy importante que responder.
Mi nieta dice que la atacaron en tu departamento.
Así que dinos ahora mismo: ¿Cómo fue que la encontraste ahí? ¿Qué relación tienes tú con todo esto?
Mauricio se quedó completamente callado.
Sintió que la garganta se le cerraba y que el aire de la habitación se volvía espeso.
Miró a Adriana, luego a sus padres y finalmente a los patrones de la mansión.
Su mente trabajaba a mil por hora, atrapada en un dilema destructivo: no sabía cómo explicarles que ella lo buscó por amor, sin revelar el romance clandestino del pasado, el embarazo secreto y las mentiras que ahora amenazaban con destruir la vida de todos los presentes.
—Abuelo, yo te explico —interrumpió Adriana, al notar que Mauricio no sabía qué decir.
Mauricio se puso aún más tenso. El corazón le dio un vuelco en el pecho porque creyó que Adriana confesaría que se habían reencontrado en Chicago por el inmenso amor que se tenían y que por eso lo había buscado.
—Hace un tiempo nos reencontramos en Chicago —continuó Adriana, manteniendo una mentira muy bien armada—.
Ahí platicamos y supe que él ya no trabajaba para ustedes, y que ahora vivía solo en su departamento.
Yo tenía muchas ganas de volver a México.
Como sabía perfectamente que ustedes no me querían ver, y mucho menos aquí, decidí ir directo a su departamento para pedirle que me dejara quedar ahí con él.
Mauricio sintió un alivio enorme. El aire regresó a sus pulmones al ver que Adriana había ocultado la verdad de su romance. Sin embargo, el padre de Adriana frunció el ceño, completamente indignado.
—Con todo el dinero que te enviamos mes con mes a Chicago, ¿por qué no te quedaste en un hotel de lujo? —reclamó su padre.
—Porque no quería que nadie supiera que estaba aquí en México —respondió Adriana con altanería—. Si me registraba en un hotel, ustedes se habrían enterado de inmediato.
Su madre intervino de inmediato, dando por terminada esa discusión.
—Bueno, eso ya no importa. Ahora que te den el alta, te regresas a la casa con nosotros, ¿de acuerdo? —sentenció su madre, y Adriana aceptó en silencio.
Cuando parecía que todo finalmente se había arreglado y el peligro había pasado, el abuelo de Adriana dio un paso al frente. Clavó sus ojos gélidos directamente sobre el joven abogado.
—Hay algo que todavía no me cuadra —soltó el abuelo con desconfianza—. ¿Por qué Sandra atacaría a mi nieta con tanta saña? Mauricio... tú eres su pareja, ¿no? Tú deberías de saber perfectamente qué le pasa a esa mujer.
Al escuchar la palabra "pareja", a Adriana se le congeló la sangre.
En ese preciso segundo, su mente unió todas las piezas del rompecabezas.
Entendió por qué Sandra le había gritado cosas del pasado, por qué sabía lo de las fotos íntimas y por qué la había atacado con tanta furia: lo hizo por puros celos, al descubrir que era la amante de su novio.
Mauricio miró a Adriana con pánico y luego se giró rápidamente hacia el anciano.
—No, señor... no tengo ni la menor idea de por qué Sandra la atacó —mintió Mauricio con voz temblorosa, tratando de salvar la situación.
Adriana, sintiendo una mezcla de dolor, rabia y una profunda decepción al saber que Mauricio estuvo con la sirvienta de su casa, cerró los ojos y apretó las sábanas con fuerza.
—Quiero estar sola —sentenció Adriana con una voz fría que sorprendió a todos—. Salgan de mi habitación ahora mismo. Déjenme descansar.
La familia Murat aceptó de inmediato para no alterarla más.
Mauricio también caminó hacia la salida; aunque moría de ganas por quedarse a solas con ella y explicarle toda la verdad sobre Sandra, supo que si insistía en quedarse, la familia sospecharía que entre ellos había algo más.
Salió de la recámara con el alma rota, sabiendo que Adriana ahora lo odiaba.
—Ya se pueden retirar —sentenció el abuelo de Adriana con voz firme, dando por terminado el asunto por el momento.
La familia Perea asintió. Genaro y Estela salieron del hospital seguidos por Mauricio, quien caminaba como un fantasma.
Al llegar al estacionamiento, Mauricio se despidió de sus padres de prisa, se subió a su coche y sacó su celular de inmediato.
Había visto que Adriana ya tenía sus pertenencias y su teléfono con ella en la cama de la clínica. Sin pensarlo dos veces, le marcó.
Adriana contestó al primer timbre, con la respiración entrecortada y la voz cargada de un dolor profundo.
—Adriana, por favor, necesito explicarte todo —suplicó Mauricio, pegando el teléfono a su oreja.
—¿Explicarme qué, Mauricio? —reclamó Adriana, con las lágrimas asomándose en sus ojos—. Cuando nos reencontramos en Chicago, yo te abrí mi corazón y te dije toda la verdad. ¿Por qué tú no fuiste hombre para decirme que ahora tenías una relación con Sandra?
—¡Porque cuando te vi en Chicago no estaba pensando en Sandra! —aseguró él con desesperación—. Solo pensaba en ti. Sandra no importaba en ese momento, ella no significaba nada comparado con lo que siento por ti.
—Si Sandra no importaba, ¿por qué vivía contigo? —reviró Adriana, dolida en su orgullo—. Si ella de verdad no te hubiera importado, nunca habrían compartido un techo. No hubieran vivido juntos.
Mauricio apretó el volante del auto con frustración, sacando el resentimiento que había guardado por años.
—¡Pues porque yo creía que tú me habías dejado porque no me querías! —estalló Mauricio—. Pensé que me habías usado solo para divertirte en tu encierro en México, como un juguete más.
—¿En serio creíste eso de mí? —le reclamó Adriana, indignada—. Te recuerdo que mi primera vez fue contigo. Si solo te hubiera querido para divertirme, jamás me habría acostado contigo para entregarle mi virginidad al hijo de los empleados. Hubiera estado con cualquier otro hombre de mi clase social.
—Ya sé que tu primera vez fue conmigo... —admitió Mauricio en un susurro varonil—. Pero la mía también fue contigo. Así que, en ese entonces, yo nunca supe si lo hiciste por diversión, para saber qué se sentía tener relaciones, o si de verdad me amabas.
Adriana se quedó muda del otro lado de la línea. Asimiló las palabras con un nudo en la garganta y, tras unos segundos de silencio absoluto, le lanzó la pregunta más temida:
—¿Y tú? ¿Tú por qué estuviste conmigo esa primera vez? ¿Por amor... o por lo que acabas de decir? ¿Para saber qué se sentía?
Mauricio se quedó completamente callado. El silencio en la línea se volvió eterno y asfixiante.
—Para saber qué se sentía, ¿verdad? —insistió Adriana, sintiendo cómo se le rompía el alma.
—Sí... —confesó Mauricio con culpa—. Pero eso solo fue al principio, Adriana. Luego me enamoré perdidamente de ti.
Adriana no quiso escuchar una sola palabra más.
Al oír que para Mauricio ella también había sido una simple diversión y un experimento al inicio, todo el dolor del pasado la aplastó.
Recordar que mientras él le juraba que la quería, en el fondo solo estaba experimentando con ella, fue demasiado.
Con el corazón hecho pedazos, Adriana le colgó el teléfono, dejándolo con la palabra en la boca.