El capricho de la heredera Capítulo 28
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Capítulo 28

En la habitación del hospital, el sonido constante de los monitores médicos acompañó el momento en que Adriana abrió lentamente los ojos.

La cabeza le dolía de forma insoportable.

Al enfocar la vista, se encontró con los rostros rígidos de sus padres y sus abuelos, quienes la rodeaban con una mezcla de angustia y severidad.

—Adriana, por fin despiertas —dijo su madre, acercándose a la cama—.

Dinos de inmediato qué fue lo que pasó. ¿Quién te hizo esto?

Adriana se llevó una mano a la venda de la cabeza, recordando el dolor del impacto.

—Fue Sandra... —susurró Adriana con la voz débil pero llena de rencor—. La mujer que limpiaba en la mansión. Ella me atacó en un departamento.

Sus padres y abuelos se miraron entre sí, completamente desconcertados.

No lograban comprender por qué una antigua empleada doméstica tendría motivos para agredir de forma tan brutal a la heredera de la familia.

La propia Adriana tampoco entendía la razón de tanta saña; ella seguía sin tener la menor idea de que Sandra y Mauricio habían iniciado una relación formal después de que a ella la obligaran a exiliarse en Chicago.

Mientras los Murat intentaban procesar la declaración de Adriana, un fuerte alboroto se escuchó en los pasillos del hospital.

El abuelo de Adriana salió de la habitación a paso rápido y vio cómo varios oficiales de la policía entraban al área de jardines guiados por los reportes previos de la familia, quienes habían acusado directamente al hijo de los empleados.

Los policías rodearon la banca donde Mauricio permanecía sentado junto a Genaro y Estela.

A pesar de que Adriana acababa de pronunciar el nombre de Sandra dentro del cuarto, la orden de aprehensión ya estaba en marcha debido a las acusaciones iniciales y a la sospecha que levantó su huida en la sala de espera.

—¡Mauricio Perea! Queda usted arrestado por el delito de lesiones graves e intento de homicidio —sentenció el oficial a cargo, colocándole las esposas por la fuerza.

—¡No, oficiales! ¡Mi hijo no hizo nada! —gritó Estela, llorando desesperada mientras Genaro intentaba interponerse para proteger a Mauricio.

Mauricio no puso resistencia. Dejó que lo subieran a la patrulla con la mirada perdida y las lágrimas rodando por sus mejillas, sabiendo que el peso de su pasado y las sospechas de la familia de Adriana lo habían atrapado en la peor de las pesadillas.

—¿Entonces no fue Mauricio? —preguntó el abuelo de Adriana, arqueando las cejas con total incredulidad.

—No, abuelo. Él no me hizo nada, Mauricio sería incapaz de hacerme daño —respondió Adriana con firmeza desde la cama de hospital.

La madre de Adriana dio un paso al frente. Cruzó los brazos y clavó una mirada severa sobre su hija, exigiendo respuestas claras.

—¿Y se puede saber qué hacías tú en ese departamento? —cuestionó su madre—. ¿Y por qué estaba esa mujer ahí?

—No tengo idea de qué hacía Sandra en ese lugar —aseguró Adriana, desviando un poco la mirada—.

Supuse que trabajaba ahí como sirvienta.

Pero en cuanto me vio, se volvió loca. Empezó a gritarme cosas de mi pasado, cosas que no tengo ni la menor idea de cómo descubrió.

Estaba furiosa. Me atacó, me golpeó en la cabeza y, cuando vi correr la sangre por mi cara, me desmayé. No recuerdo nada más.

El abuelo de Adriana asimiló la declaración en silencio. Salió de inmediato al pasillo de la clínica y sacó su teléfono celular. Marcó directamente a su contacto de alto rango en la policía local.

—Hubo un error con el reporte inicial —informó el abuelo con tono autoritario—. El hijo de mis empleados, Mauricio Perea, no atacó a mi nieta. A quien tienen que buscar, cazar y meter tras las rejas de inmediato es a una mujer llamada Sandra. Ella fue la agresora. Actúen ya.

Mientras el abuelo daba las órdenes en el pasillo, las palabras del oficial de policía que arrestó a Mauricio minutos antes llegaron a oídos de Adriana a través de los comentarios de las enfermeras.

La joven se alteró por completo. Intentó incorporarse en la cama a pesar del fuerte dolor que sentía en la cabeza.

—¡No es justo! —exclamó Adriana con desesperación, mirando a su madre—. ¡Mauricio no hizo nada! ¡Él es completamente inocente! ¡Exijo que lo dejen libre ahora mismo!