El capricho de la heredera Capítulo 27
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Capítulo 27

Estela y Genaro llegaron corriendo a la sala de espera del hospital.

Su rostro reflejaba una angustia infinita; al ver a Mauricio ileso, Estela lo abrazó con fuerza, pero la severidad en los ojos de Genaro le recordó a su hijo que la tormenta apenas comenzaba.

No alcanzaron a cruzar palabras cuando el sonido de pesados pasos y murmullos autoritarios anunció la llegada de la familia Murat.

Los abuelos de Adriana y sus padres entraron al pasillo con la urgencia y la altivez que los caracterizaba, con los rostros desencajados por la preocupación y la confusión.

El médico de guardia salió del quirófano antes de que los Murat pudieran siquiera exigir explicaciones.

Les informó con frialdad técnica que el estado de Adriana era crítico debido a un fuerte traumatismo en la cabeza y que necesitaba una transfusión inmediata de un tipo de sangre sumamente raro.

Al escuchar las especificaciones, el padre de Adriana dio un paso al frente de inmediato: él compartía ese mismo tipo de sangre.

Sin perder un segundo, las enfermeras lo guiaron hacia el laboratorio para comenzar la extracción.

Mientras el hombre donaba la sangre que salvaría a su hija, la sala de espera se convirtió en una olla de presión.

Los abuelos y la madre de Adriana caminaban de un lado a otro, devorados por la angustia.

A unos metros, Mauricio permanecía estático, con la mirada clavada en el suelo y las manos sudorosas.

Su mente era un caos absoluto. No sabía cómo iba a explicarles lo que había pasado; si decía la verdad, no solo destruiría la reputación de Sandra, sino que expondría el romance prohibido del pasado, el embarazo y el delito que él mismo cometió cuando Adriana era menor de edad.

Tras una hora de angustiosa espera, las puertas dobles se abrieron nuevamente. El médico apareció con un semblante mucho más relajado y les comunicó que la transfusión había sido un éxito: Adriana finalmente estaba estabilizada y fuera de peligro.

Un suspiro de alivio colectivo resonó en el pasillo, pero la tregua duró apenas un instante.

El abuelo de Adriana se dio la vuelta con lentitud, clavando una mirada gélida y sospechosa sobre Mauricio, mientras los padres de la joven se posicionaban a su lado.

El silencio del hospital se volvió sepulcral y comenzó el interrogatorio.

—Ahora que mi nieta está a salvo, vas a hablar, muchacho —sentenció el abuelo con una voz imponente que hizo eco en las paredes—. ¿Qué hacía Adriana en México si tenía prohibido regresar? ¿Y cómo es que tú, el hijo de nuestros empleados, terminaste trayéndola aquí cubierta de sangre? Habla ya.

Mauricio sintió que el aire le faltaba por completo.

Las miradas inquisidoras de los Murat eran como dagas clavadas en su pecho y el silencio de sus propios padres, Genaro y Estela, lo presionaba aún más.

La voz de su abuelo exigiendo una respuesta resonaba en su cabeza, pero el pánico lo paralizó.

Sabía que cualquier palabra que saliera de su boca cavaría su propia tumba legal y destruiría a su familia.

Incapaz de soportar la presión por un segundo más, Mauricio dio un paso atrás, se dio la vuelta bruscamente y comenzó a correr a toda velocidad hacia la salida del hospital, dejando las preguntas flotando en el aire.

—¡Mauricio! ¡Espera! —gritó Estela, completamente angustiada.

Genaro, con el rostro endurecido por la vergüenza y el dolor, tomó del brazo a su esposa y ambos salieron persiguiendo a su hijo por los pasillos de la clínica, desesperados por detenerlo antes de que cometiera una locura peor.

En la sala de espera, el silencio que dejó la huida de Mauricio fue sepulcral.

Los abuelos y la madre de Adriana se miraron entre sí con rostros que pasaron de la confusión al horror más absoluto.

Para una familia acostumbrada a desconfiar de todos, la repentina huida del hijo de sus empleados fue la confesión de culpa más contundente que pudieron haber recibido.

—Ese infeliz... —masculló el abuelo de Adriana, con los puños apretados y los ojos inyectados en rabia—. Ese muerto de hambre fue el que le hizo esto a mi nieta. Por eso la trajo moribunda y por eso acaba de escapar como el cobarde que es.

La madre de Adriana comenzó a llorar de nuevo, pero esta vez de pura indignación.

La sospecha de que el hijo de su servidumbre hubiera atacado de forma tan brutal a la heredera de los Murat encendió las alarmas familiares.

Sin dudarlo un segundo, el abuelo sacó su teléfono celular y marcó directamente al jefe de la policía local.

Estaba decidido a usar todo su poder y dinero para cazar a Mauricio, meterlo tras las rejas y hacerlo pagar por lo que creían que era un intento de asesinato contra su nieta.

Genaro y Estela corrieron con todas sus fuerzas por el estacionamiento del hospital hasta que lograron cerrarle el paso a Mauricio justo antes de que subiera a su auto. Genaro lo tomó firmemente de los hombros, obligándolo a dar la cara.

—¡Ya basta, Mauricio! —le exigió su padre con una voz rota por la decepción—. ¡Explicame qué está pasando! ¡¿Por qué huiste así?! ¡Esos señores piensan que tú intentaste matar a la niña Adriana!

Mauricio no pudo contenerse más. Se tapó el rostro con las manos y comenzó a llorar desconsoladamente, con los hombros sacudidos por el peso de la culpa y el miedo.

—¡Yo nunca quise dañar a nadie, papá! ¡Se los juro por mi vida!

—sollozó Mauricio entre lágrimas—. ¡Yo solo estaba enamorado de Adriana! ¡Ese fue mi único error!

Al ver el estado de destrucción emocional en el que se encontraba su hijo, la ira de Genaro se transformó en una profunda tristeza.

Él y Estela lo tomaron de los brazos y lo guiaron con suavidad hacia una banca apartada en el jardín del hospital.

Se sentaron a sus costados, y Estela le tomó la mano, apretándola con fuerza.

—Dinos la verdad, hijo —le pidió Estela, limpiándole las lágrimas de las mejillas—. Toda la verdad. Desde el principio. Necesitamos entender cómo llegamos a esto.

Mauricio respiró hondo, intentando calmar los hilos de su voz, y comenzó a hablar con el corazón en la mano.

Les confesó que todo comenzó en el vivero de la mansión, cuando Adriana empezó a coquetearle de manera insistente.

Al principio, él intentaba mantener su distancia por respeto a sus patrones, pero ella lo buscaba cada vez más, hablándole con una complicidad que terminó por derribar todas sus barreras.

Con el paso de los días, lo que parecía un capricho se convirtió en un enamoramiento mutuo y devastador.

—Yo me oponía, papá... se los juro —confesó Mauricio, mirando a Genaro a los ojos—.

Sabía perfectamente quién era ella, sabía que era la nieta de los señores y, sobre todo, que era menor de edad.

Intenté alejarme mil veces, pero no pude resistir.

Lo que sentía por ella era demasiado grande, me rebasó por completo. Nunca había sentido algo así por nadie.

Luego, con un nudo en la garganta, abordó la parte más oscura del pasado.

Les explicó que el repentino exilio de Adriana a Chicago no había sido una simple decisión escolar de su familia, sino un castigo y una forma de ocultar la tragedia.

Les contó que la tarde en que la joven fue atropellada y hospitalizada de emergencia, ella estaba embarazada de él, y que debido al impacto del accidente, perdió al bebé que esperaban en secreto.

Genaro y Estela escucharon la confesión en un silencio sepulcral, completamente conmovidos y abrumados por la magnitud de la historia.

Al ver el dolor genuino en el rostro de su hijo y la forma en que se le quebraba la voz al recordar la pérdida de ese bebé, los dos padres se dieron cuenta de algo que no admitía dudas: Mauricio no había actuado por maldad, ambición o simple capricho.

Su hijo estaba, y seguía estando, perdidamente enamorado de Adriana, con una pureza y una intensidad que la misma joven Murat había correspondido hasta el punto de arriesgarlo todo por él.