Capítulo 26
El avión de primera clase tocó la pista del aeropuerto de la Ciudad de México con un golpe firme.
Adriana Murat se acomodó los lentes oscuros, tomó su costoso bolso de diseñador y bajó del avión con la misma elegancia y altanería de siempre.
Ignoró las llamadas de su familia y, decidida a no dar explicaciones de su regreso, esquivó a los choferes privados.
Caminó directo a la salida, estiró la mano con prepotencia y abordó el primer taxi que vio libre.
Le dio al conductor una dirección exacta en la ciudad: el departamento de Mauricio.
Había conseguido ese dato en Chicago tras presionar e interrogar a Pablo, el mejor amigo de Mauricio, quien terminó cediendo ante la intensidad de la joven.
Mientras el taxi avanzaba entre el tráfico, Mauricio frenaba su auto de golpe frente a la entrada de servicio de la imponente mansión Murat.
Bajó corriendo con el corazón en la garganta, rezando por no llegar tarde.
Corrió hacia la pequeña casa del servicio donde vivían sus padres y, justo cuando estiró la mano para abrir la puerta principal, se congeló en seco.
A través de la madera, el llanto desgarrador de Estela rompió el silencio de la noche.
—¡Es que no lo puedo creer, Genaro! —sollozó Estela con la voz quebrada por la traición—. ¡Nuestro hijo... tu orgullo! ¡Se metió con la niña Adriana cuando era una menor de edad! ¡Hasta embarazada la dejó, Genaro! Nos vio la cara de idiotas a todos y pisoteó las leyes en esa maldita casa secreta.
Al escuchar el silencio sepulcral de su padre, seguido de un golpe seco en la mesa que denotaba una furia contenida y destructiva, a Mauricio se le congeló la sangre.
Supo que ya no había marcha atrás. Lleno de cobardía y miedo, bajó la mano de la perilla, dio un paso atrás y huyó de la mansión en silencio, completamente destruido.
Minutos después, el taxi de Adriana se detuvo frente al edificio de Mauricio. Ella bajó con paso firme, subió los escalones y tocó la puerta con insistencia.
La puerta se abrió de golpe. Sandra apareció del otro lado con los ojos hinchados y el rostro desencajado por la furia. Al verla, Adriana abrió los ojos de golpe, completamente impactada. Reconoció ese rostro de inmediato: era la mujer que solía hacer el aseo en su propia casa.
—¿Sandra? —preguntó Adriana, pasando de la sorpresa al desprecio en un segundo—. ¿Qué haces tú aquí? ¿Ahora limpias el departamento de Mauricio? ¿Dónde está él? —exigió saber con su clásica altanería.
—¡A ti qué te importa qué hago aquí, maldita descarada! —estalló Sandra de inmediato, cerrándole el paso a gritos—. ¡De mi departamento no vas a pasar!
Adriana soltó una risa burlona, indignada por el tono de la mujer a la que siempre había visto hacia abajo. Su orgullo herido saltó al instante.
—¡A mí me vas a respetar, sirvienta infeliz! —le exigió Adriana, levantando la barbilla con prepotencia—. ¡No sé quién te crees que eres para gritarme a mí de esa manera! ¡Bájame la voz y muévete!
—¡¿El respeto?! —le gritó Sandra con una risa histérica y llena de desprecio—. ¡El respeto te lo debiste tener tú misma cuando le mandabas esas malditas fotos desnuda al teléfono de MI novio! ¡Toda la vida te creíste superior a mí y eras solo una arrastrada!
Adriana se quedó helada, perdiendo por completo el color de la cara. No entendía cómo la antigua empleada de su casa sabía de la existencia de esas imágenes íntimas, ni mucho menos que Mauricio fuera su novio.
—¿De qué... de qué fotos estás hablando? —alcanzó a balbucear Adriana, retrocediendo un paso al verse descubierta.
Pero Sandra ya no escuchaba razones. El resentimiento de los años de humillaciones en la mansión, sumado al dolor de la traición que acababa de descubrir, hicieron que perdiera el control por completo.
Sin contenerse un segundo más, Sandra se lanzó encima de Adriana y comenzó a golpearla con furia, soltando manotazos y jalones de cabello, descargando en los golpes todo el odio acumulado contra la joven rica que siempre la miró por encima del hombro.
La furia contenida de Genaro estalló en la pequeña casa del servicio. Con la mandíbula tensa y los ojos cargados de una mezcla de decepción y vergüenza, miró a Estela.
—No voy a permitir que nuestro hijo manche el apellido y el trabajo de tantos años en esta casa —sentenció Genaro, tomando las llaves del auto con fuerza—. Vamos a buscarlo ahora mismo. Tiene que darnos la cara.
Estela, limpiándose las lágrimas, lo siguió en silencio. Ambos subieron al vehículo y tomaron la avenida principal en dirección al departamento de Mauricio, decididos a confrontarlo juntos.
Mientras tanto, en la sala del departamento, el reencuentro se había convertido en una carnicería.
Adriana intentaba defenderse con las uñas, pero la fuerza física de Sandra, impulsada por un año de engaños y el resentimiento del pasado, la superaba por completo.
En medio del forcejeo, los manotazos las llevaron cerca de la barra de la cocina.
Sandra, completamente cegada por el odio, estiró la mano ciega sobre la barra y sus dedos se cerraron alrededor de un pesado florero de cerámica gruesa.
Sin pensarlo dos veces, Sandra alzó el objeto con ambas manos y lo descargó con una violencia brutal directamente sobre el costado de la cabeza de Adriana.
El sonido del impacto seco fue espantoso.
El florero se estrelló en el suelo, haciéndose pedazos, mientras un hilo de sangre espesa comenzó a brotar rápidamente entre el cabello de Adriana, corriendo por su frente y su mejilla.
La joven Murat abrió los ojos con terror, llevó una mano temblorosa a su herida y, al ver sus propios dedos empapados de rojo, el suelo se le movió.
Sus rodillas flaquearon y cayó desplomada sobre la alfombra, completamente inconsciente.
Sandra se quedó de pie, jadeando con fuerza, con el pecho subiendo y bajando. Al ver a la nieta de los patrones tirada e indefensa en el piso, el remordimiento no apareció; el coraje la tenía completamente poseída por la locura.
—Esto es lo que te mereces por maldita arrastrada —escupió Sandra, con los ojos inyectados en sangre.
Lejos de asustarse, deseó con todas sus fuerzas que Adriana no volviera a despertar.
Con la mente retorcida por el deseo de verla morir, Sandra se agachó y tomó uno de los fragmentos más grandes y afilados de la cerámica rota.
Levantó el brazo con fuerza, lista para volver a golpearla en la cabeza y terminar el trabajo.
Pero justo antes de que el brazo de Sandra descendiera, la puerta principal se abrió de golpe con un estruendo. Mauricio entró corriendo a la sala, pálido y con la respiración entrecortada.
Mauricio interrumpe a Sandra justo cuando va a atacar a Adriana, deteniéndola y llevándose a la herida al hospital en un acto de urgencia.
Poco después, los padres de Mauricio llegan, encuentran la puerta abierta y a Sandra confesando el crimen mientras Estela llama a su hijo, quien confirma estar en camino al centro médico.
—Vamos para allá, hijo. Quédate ahí —le indicó Estela antes de colgar.
Genaro y Estela salieron disparados del departamento hacia el hospital, dejando a Sandra completamente sola en medio de la sala.
El sonido del portazo hizo que Sandra reaccionara y saliera de su trance.
Al mirar a su alrededor, ver la sangre en sus manos y darse cuenta de la magnitud del crimen que casi comete, el pánico la invadió.
Sabiendo que la policía la buscaría, Sandra tomó su bolso y huyó del departamento con rumbo desconocido.
Minutos después, la llamada de Mauricio a la mansión desató un verdadero terremoto.
La alta sociedad de la familia Murat se rompió en pedazos ante la noticia.
Los abuelos y padres de Adriana subieron a sus camionetas blindadas y se dirigieron al hospital a toda velocidad.
El ambiente dentro de los vehículos era de total desconcierto y furia; nadie entendía qué hacía Adriana en México si tenía estrictamente prohibido regresar tras el exilio en Chicago.
Pero lo que menos lograban explicarse, y lo que más sospechas levantaba en la familia, era cómo y por qué había sido precisamente Mauricio, el hijo de sus empleados, quien la había llevado al hospital ensangrentada.