El capricho de la heredera Capítulo 25
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Capítulo 25

El clic del cerrojo rompió la tensión del pasillo. Sandra abrió la puerta de golpe, con el rostro inflamado por el llanto, al reconocer la voz de Estela. No estaba dispuesta a dejar que Mauricio suavizara la situación.

—¡Mamá! —exclamó Mauricio con voz rota, dando un paso hacia Estela con las manos extendidas—. Por favor, perdóname... déjame explicarte cómo pasaron las cosas, no es lo que parece...

—¡¿Qué le vas a explicar, Mauricio?! ¡No le mientas más! —interrumpió Sandra, con una rabia incontenible que le transformaba las facciones—. Si no tienes el valor de decírselo tú, se lo digo yo.

Sandra miró fijamente a Estela y, sin ningún rastro de piedad, soltó toda la verdad con los mismos detalles desgarradores que Mauricio le había confesado minutos antes.

Le contó sobre los encuentros clandestinos en el vivero, el pacto de silencio, la pasión ciega que mantuvieron a espaldas de todos y, finalmente, soltó la bomba más dolorosa: que Adriana Murat había quedado embarazada de él,

perdiendo al bebé en aquel trágico accidente que provocó su exilio a Chicago.

A cada palabra de Sandra, el rostro de Estela se iba volviendo más pálido, como si le estuvieran clavando dagas en el pecho.

Mauricio, por su parte, hundió la cabeza entre los hombros y se quedó completamente callado.

No desmintió nada. El peso de la culpa lo aplastaba y la mirada de absoluta decepción de su madre era un castigo peor que cualquier sentencia judicial.

Había defraudado a la mujer que más lo respetaba.

Estela, con el corazón destrozado y el cuerpo temblando por el impacto de saber que su hijo no solo había cometido un delito, sino que había ocultado una tragedia de tal magnitud con los patrones, guardó el celular en su bolsa con manos temblorosas.

—Esto lo tiene que saber tu padre —sentenció Estela, con una firmeza dolorosa en la voz—. Porque yo no se lo voy a ocultar. Genaro tiene que enterarse de la clase de hijo que criamos.

—¡No, mamá, por favor! ¡A mi papá no! —suplicó Mauricio, saliendo de su letargo con terror genuino—. Si él se entera, me va a matar... va a repudiar todo lo que soy... ¡Por favor, no se lo digas!

Estela no quiso escuchar más. Decepcionada y asqueada por la red de mentiras, se dio la vuelta con brusquedad y caminó a pasos rápidos hacia la salida del departamento.

—¡Mamá, espera! —gritó Mauricio, intentando correr detrás de ella para detenerla en el pasillo.

Pero no pudo dar ni tres pasos. Sandra lo tomó con fuerza del brazo, jalándolo hacia atrás con una furia desatada.

—¡A dónde vas, maldito mentiroso, poco hombre! —le gritó Sandra en la cara, desatando una lluvia de groserías e insultos, completamente fuera de sí—. ¡Eres una basura, Mauricio! ¡Me viste la cara de estúpida todo este tiempo mientras te revolcabas con una niña! ¡Te quedas aquí y me das la cara!

Mauricio se soltó de su agarre, pero ya era tarde; el sonido de la puerta principal cerrándose con fuerza le indicó que su madre se había ido.

Se dejó caer de rodillas en el suelo de la sala, tapándose el rostro con las manos mientras lloraba desconsoladamente, con un llanto amargo y pesado.

Sabía que su vida perfecta se había desmoronado en un segundo y que Genaro y Estela, personas de honor y trabajo, jamás le perdonarían semejante traición.

Sandra no se detuvo; sus reclamos y groserías siguieron lloviendo sobre Mauricio mientras él continuaba de rodillas, pero el pánico de que su padre se enterara fue más fuerte que el dolor de los insultos.

Limpiándose las lágrimas con furia, Mauricio se puso de pie bruscamente.

Ignoró por completo los gritos de Sandra, tomó las llaves de su auto y salió disparado del departamento, decidido a ganarle el paso a su madre.

Sabía perfectamente a dónde tenía que ir: a la imponente mansión de los Murat.

A pesar de los años y de los secretos, Genaro y Estela seguían trabajando allí, viviendo en la casa del servicio dentro de la propiedad de los abuelos de Adriana.

Mauricio manejó a toda velocidad por las calles, con las manos sudando sobre el volante y el corazón en la garganta, consciente de que si no detenía a Estela antes de que hablara con Genaro, su vida entera se terminaría esa misma noche.

Mientras el caos estallaba en México y Mauricio conducía directo hacia la boca del lobo, el destino ya estaba moviendo sus piezas a miles de kilómetros de distancia.

Muy por encima de las nubes, en un vuelo nocturno procedente de Chicago, el motor de un avión rugía de forma constante.

En la sección de primera clase, ajena por completo a la tormenta que su pasado acababa de desatar en la casa de sus empleados, Adriana Murat miraba con aburrimiento a través de la ventanilla.

Habían pasado años desde que la obligaron a exiliarse en Estados Unidos tras la tragedia, pero ahora, más bella, más madura y con el orgullo intacto, regresaba a la tierra donde lo había dejado todo.

El avión comenzó su descenso hacia territorio mexicano, preparando el terreno para un choque inminente que nadie lograría detener.