Capítulo 24
El sonido de las llaves girando en la cerradura de la puerta principal anunció el regreso de Mauricio.
Entró al departamento aflojándose la corbata, con el rostro cansado tras una larga jornada en los tribunales, pero con la mente fija en el mismo dilema de siempre.
Sin embargo, en cuanto dio dos pasos hacia la sala, la atmósfera pesada y el silencio sepulcral lo hicieron detenerse en seco.
Ahí estaba Sandra, de pie en medio de la habitación, con el rostro desfigurado por el llanto, los ojos inyectados en sangre y sosteniendo el antiguo teléfono celular en su mano derecha como si fuera un arma cargada.
—¿Sandra? ¿Qué pasa? ¿Por qué estás así? —preguntó Mauricio, dando un paso al frente con genuina confusión.
Sandra no respondió con palabras. Simplemente alzó el brazo y le mostró la pantalla del teléfono, donde parpadeaba una de las fotografías más explícitas de Adriana.
A Mauricio se le borró el color de la cara al instante; sintió un golpe invisible en el estómago y la garganta se le cerró por completo.
La mentira que había sostenido durante un año acababa de estallarle en las manos.
—Sandra, por favor... déjame explicarte —alcanzó a balbucear Mauricio, extendiendo las manos en un intento desesperado por calmarla.
—¡¿Qué me vas a explicar, Mauricio?! —estalló Sandra en un grito desgarrador que retumbó en las paredes del departamento, mientras las lágrimas corrían sin control por sus mejillas—.
¡¿Qué me vas a explicar?! ¡¿Cómo te acostabas con ella?
! ¡¿Lo que sentías al recibir sus fotos desnuda?
! ¡No lo puedo creer! ¡Yo pensaba que eras un hombre íntegro, un hombre de principios que se respetaba, que no se fijaba en nadie más y que era incapaz de jugar con la confianza de los demás! ¡Pensé que eras real, Mauricio!
Mauricio bajó la mirada, abrumado por la culpa y el dolor de ver el daño que había causado. Intentó acercarse con cautela, buscando tomarla de los hombros.
—Sandra, lo siento... de verdad, perdóname —suplicó en un susurro varonil, con la voz quebrada—. Fui un cobarde. Déjame decirte cómo fueron las cosas...
—¡No me toques! —le gritó ella, dándole un manotazo para apartarlo—. ¡No te atrevas a tocarme!
Rendido ante la evidencia y sabiendo que ya no tenía caso seguir fingiendo, Mauricio respiró hondo y decidió confesarle la verdad absoluta, desde el primer día.
Con total honestidad y sin omitir ningún detalle, le narró cómo lo que empezó como un juego de provocaciones por parte de Adriana en el vivero terminó convirtiéndose en un sentimiento incontrolable.
Le explicó el pacto de silencio, los encuentros en la casa secreta y la dolorosa tragedia del accidente en el hospital que provocó la pérdida del bebé y el exilio de la joven a Chicago.
Sandra lo escuchó con absoluto desconcierto, tapándose la boca con una mano mientras procesaba la magnitud de lo que su novio le estaba revelando.
Pero lejos de ablandarse por la tragedia, su mente recta encontró el punto más crítico y peligroso de toda la confesión.
Levantó el teléfono de nuevo y lo apuntó con el dedo, con una mirada llena de desprecio y horror.
—Adriana era menor de edad, Mauricio... Tenía diecisiete años —le reclamó Sandra, con la voz temblando por la indignación—.
¡No puedo creer que te hayas metido con ella!
Tú... ¡tú, que eres tan apegado a la ley!
¡Tú, que te la pasas hablando de justicia y que acabas de graduarte como abogado!
¿Acaso no te das cuenta de lo que hiciste?
¡Cometiste un delito, Mauricio! Pusiste en riesgo tu libertad, tu carrera y la estabilidad de tu propia familia por el capricho de una niña rica.
Engañaste a todos, me engañaste a mí, pero lo peor de todo es que pisoteaste las mismas leyes que juraste defender.
Las palabras de Sandra cayeron como una sentencia definitiva en la sala.
Mauricio se quedó estático, con la cabeza gacha y la mandíbula tensa, destrozado por dentro.
Sabía que ella tenía toda la razón del mundo: su pasión prohibida con la nieta de los patrones no solo había sido una traición al amor, sino un desafío imperdonable a las reglas que ahora regían su vida profesional.
Las palabras de Sandra continuaron resonando como un eco maldito en las paredes del departamento.
Sin darle tiempo a responder, se dio la vuelta con brusquedad, caminó a zancadas hacia la recámara principal y cerró la puerta de un portazo que sacudió los marcos de madera.
El sonido del cerrojo cayendo fue como el veredicto final de un juez.
—¡Sandra, por favor! ¡Abre la puerta! —suplicó Mauricio, corriendo detrás de ella.
Se pegó a la madera, golpeando con la palma de la mano, desesperado.
Por primera vez en su vida, el futuro abogado carismático y seguro de sí mismo no encontraba las palabras para defenderse.
Su propio pasado y las leyes que tanto defendía lo habían acorralado.
Mientras el drama se consumaba en el pasillo, el sonido de unos nudillos golpeando la puerta principal se perdió por completo entre los ruegos de Mauricio y los sollozos ahogados de Sandra desde el interior del cuarto.
Al no obtener respuesta y notar que la puerta estaba mal cerrada tras la caótica llegada de su hijo, Estela empujó la hoja de madera y entró.
Traía consigo un contenedor con comida que le había preparado a su hijo, pero en cuanto dio dos pasos hacia la sala, el ambiente denso y los gritos la hicieron detenerse en seco.
—¿Mauricio? ¿Sandra? Hijo, ¿qué está pasando? —llamó Estela con el corazón en un hilo, pero Mauricio estaba demasiado absorto golpeando la puerta de la recámara como para escucharla.
Estela avanzó con el ceño fruncido hacia el centro de la sala, buscando entender el motivo de semejante pleito. Fue entonces cuando su mirada bajó al suelo. Cerca de la alfombra, un objeto brillaba con insistencia. Era un teléfono celular antiguo, arrojado en el piso durante el arrebato de Sandra.
Movida por el orden, Estela se agachó y lo levantó. El aparato seguía encendido, con el brillo de la pantalla al máximo. Al enfocar la vista en el cristal, a Estela se le congeló la sangre y sintió que el piso se le movía.
Ahí, parpadeando con una nitidez dolorosa, estaba el rostro de Adriana Murat, la nieta de sus patrones.
No era una foto cualquiera; era una imagen explícita e íntima que delataba un vínculo secreto y prohibido.
Una verdad que Estela, conociendo el estricto mundo de la mansión y las diferencias sociales, asimiló con un terror inmediato.
El contenedor de comida casi se le resbala de las manos.
Con los ojos desorbitados por el impacto, Estela miró la pantalla llena de evidencias y luego levantó la vista hacia el pasillo, donde su propio hijo seguía implorando el perdón de Sandra, sin imaginar que su madre acababa de descubrir su mayor pecado.
Estela se quedó de piedra en medio de la sala.
La decepción comenzó a calarle en los huesos de una forma insoportable.
Su hijo, su orgullo, el hombre que siempre había sido recto, intachable y apegado a las normas, se había metido con la nieta de los patrones.
Peor aún: con una menor de edad. La sola idea de que Mauricio hubiera arriesgado su libertad y su carrera por un romance secreto con Adriana Murat la llenó de un pavor absoluto.
Con el cuerpo temblando por la indignación, Estela apretó el teléfono entre sus manos y caminó con paso lento pero firme hacia el pasillo.
Mientras tanto, ajeno a la presencia de su madre, Mauricio seguía pegado a la madera de la recámara, implorando el perdón de Sandra. Las lágrimas también comenzaban a asomarse en sus ojos, impulsadas por la desesperación.
—¡Sandra, por favor! —suplicó Mauricio con la voz rota—. Nunca quise lastimarte, te lo juro... Lo que sentía por Adriana era más fuerte que yo, me rebasó por completo... Pero no quería que esto pasara...
—¿Más fuerte que tú, Mauricio?
La voz de Estela, fría como el hielo y cargada de una profunda tristeza, cortó el aire del pasillo.
Mauricio se congeló al instante. El eco de sus propias palabras se quedó flotando en el espacio.
Con el corazón latiéndole a mil por hora, giró lentamente la cabeza y miró a su madre.
Al verla de pie, con el rostro desencajado y el antiguo teléfono celular en la mano derecha mostrando la prueba de su delito, a Mauricio se le vino el mundo encima.
La última persona que quería que se enterara de su secreto lo sabía todo.