El capricho de la heredera Capítulo 23
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Capítulo 23

Los días posteriores al regreso de Mauricio se convirtieron en un verdadero juego de ajedrez emocional.

Tal como había ocurrido un año atrás en la mansión, el celular del joven abogado volvió a encenderse de manera constante.

Los mensajes de texto y las llamadas discretas desde Chicago no daban tregua.

Mauricio se la pasaba pegado a la pantalla, respondiéndole a Adriana con oraciones cortas en susurros y devorando cada palabra que ella le enviaba.

Sandra, quien pasaba las tardes con él en el departamento, no pudo evitar notar que su novio apenas despegaba los ojos del teléfono.

Sin embargo, a diferencia de Estela, la mente de Sandra estaba libre de sospechas y confirmaba plenamente en él, incapaz de imaginar que detrás de esas pantallas se escondía la nieta de los patrones.

—Mi amor, de verdad que en ese bufete internacional no te dejan descansar ni un segundo —comentó Sandra con tono dulce, sirviéndole una taza de café mientras lo veía teclear a toda velocidad—. Desde que regresaste de Estados Unidos no han parado de llamarte.

Mauricio tragó saliva en seco, sintiendo una punzada de culpa en el estómago, pero la frialdad de su profesión lo ayudó a mantener el rostro inexpresivo.

—Sí, Sandra, lo siento mucho —mintió Mauricio con voz firme, bloqueando la pantalla con disimulo—.

Es que el litigio de las aduanas dejó muchos cabos sueltos con los clientes norteamericanos y tengo que estar revisando las notificaciones del juzgado a cada rato.

Ya sabes que en esta carrera el trabajo nunca se detiene.

Sandra sonrió con orgullo y le acarició el hombro, confiando ciegamente en la palabra del hombre que amaba.

Para ella, los constantes timbres del celular no eran más que la prueba del brillante futuro que su novio tenía por delante como abogado.

Mauricio suspiró aliviado al ver que su excusa funcionaba, aunque por dentro sabía que el engaño no podría sostenerse por siempre.

Mientras tanto, a miles de kilómetros de distancia, la atmósfera en Chicago era completamente diferente.

El invierno ya no se sentía tan frío para Adriana.

Instalada en su lujoso apartamento, la joven había dejado atrás las noches de borracheras y descontrol en los antros; ahora se dedicaba a sus estudios universitarios con una energía renovada y una felicidad que no le cabía en el pecho.

Haberse reencontrado con Mauricio, sentir la urgencia de sus besos en la sala y haber compartido esa última noche mágica antes de su vuelo le habían devuelto la vida.

Sabía, con una certeza absoluta y hermosa, que su "jardinerito" la seguía amando con la misma intensidad que el primer día.

No le importaba la distancia, ni el control de sus padres, ni el hecho de que él estuviera en México; Adriana estaba dispuesta a esperar lo que fuera necesario, saboreando el secreto de que el amor de su vida estaba planeando el camino para regresar a sus brazos.

Los días continuaron su curso en un doloroso espiral de secretos, donde el tiempo parecía transcurrir a paso lento pero implacable.

A miles de kilómetros de distancia, las mentes de Mauricio y Adriana se encontraban conectadas por una constante e inevitable obsesión; ninguno de los dos podía dejar de pensar en el otro ni un solo segundo.

Sin embargo, mientras el amor flotaba en el aire, la realidad se encargaba de asfixiar a Mauricio con una culpa cada vez más pesada y destructiva, al ser plenamente consciente de la monumental red de mentiras en la que estaba atrapado, engañando al mismo tiempo tanto a Sandra como a Adriana.

La ilusión crecía con cada llamada secreta desde la Ciudad de los Vientos.

Adriana, radiante y llena de una inmensa felicidad tras comprobar en su reencuentro que Mauricio la seguía amando con la misma locura de siempre, comenzó a planear su regreso definitivo a México.

Al haber alcanzado la mayoría de edad, ya no tenía por qué rendirle cuentas a sus padres ni someterse al castigo del exilio.

Tenía los recursos y la libertad legal para valerse por sí misma en su propio país y gritarle su amor al mundo.

—Mau, ya no tengo por qué estar escondida aquí —le dijo Adriana una noche por teléfono, con una sonrisa que se contagiaba a través de la bocina—. Voy a preparar mis cosas para volver a México. Quiero estar contigo, cerca de ti. Ya podemos ser libres.

Al escuchar sus intenciones, a Mauricio se le congeló la sangre en las venas y el pánico lo invadió por completo.

Sabía perfectamente que si Adriana ponía un pie en México, el frágil castillo de naipes que había construido se vendría abajo en un segundo.

En México estaba la mansión, estaban los patrones, y sobre todo, estaba Sandra viviendo con él y entregándole su vida.

El riesgo de que ambas se cruzaran era una sentencia de muerte para su futuro.

—No, Adriana, por favor, no vengas todavía —la frenó Mauricio de golpe, forzando una voz firme pero cargada de un falso temor—.

Las cosas con tu familia aquí siguen sumamente peligrosas y tu papá podría descubrirte.

Es mejor que te quedes en Chicago por ahora.

Yo prefiero ir para allá a visitarte cada vez que tenga una oportunidad o un viaje del bufete, te lo prometo, pero aquí no vuelvas.

Adriana, aunque extrañada por su rechazo, terminó por ceder de mala gana ante sus argumentos, colgando la llamada sumida en la dulce espera de su próximo encuentro, completamente ajena a la verdadera y dolorosa razón por la que su "jardinerito" la quería mantener a miles de kilómetros de distancia.

Al bajar el celular, Mauricio sintió que el techo del departamento se le caía encima.

Se sentía el peor hombre del mundo, un cobarde que mantenía una doble vida por mero miedo a afrontar las consecuencias.

El remordimiento lo carcomía por dentro al ver la felicidad limpia de Adriana basada en una mentira, y al mismo tiempo, la devoción de Sandra, quien dormía a su lado sin sospechar nada.

Sin embargo, sostener una falsedad de ese tamaño comenzó a pasarle factura a su comportamiento.

Mauricio pasaba las tardes ido, con la mirada fija en el vacío y respondiendo a los comentarios en automático, completamente distraído por la tormenta que cargaba en el pecho.

Sandra, por su parte, comenzó a sentirse profundamente confundida ante la actitud de su novio; lo notaba distante, como si su cuerpo estuviera presente en la sala pero su mente habitara en un lugar muy lejano.

La venda en los ojos de Sandra seguía intacta, pero el comportamiento errático de Mauricio ya había comenzado a sembrar las primeras dudas en el aire de la casa.

La oportunidad que el destino estaba buscando para desenterrar el pasado llegó una tarde en la que el bufete de abogados solicitó la presencia urgente de Mauricio en el juzgado para atender un caso complejo.

Con el departamento completamente solo, Sandra decidió que era el momento perfecto para realizar una limpieza profunda en toda la vivienda.

Se colocó ropa cómoda, encendió un poco de música para aminorar la jornada y comenzó a ordenar cada habitación, decidida a separar la ropa que ya no utilizaran y organizar el caos que se acumulaba en los rincones más profundos del clóset de la recámara principal.

Sandra arrastró una gran caja de cartón al centro del cuarto y comenzó a vaciar los entrepaños más altos.

Al remover varias prendas de invierno de Mauricio, sus manos se toparon con una pequeña caja de recuerdos oculta al fondo.

Con total naturalidad, la abrió y comenzó a revisar su contenido: viejas fotografías impresas, cartas de su época universitaria y objetos personales que él guardaba con recelo.

Sin embargo, lo que verdaderamente llamó su atención fue un aparato electrónico que descansaba justo debajo de los papeles.

Se trataba del antiguo teléfono celular de Mauricio, el mismo que utilizaba un año atrás cuando aún vivían en la mansión de los patrones.

Movida por una punzada de curiosidad inocente, Sandra presionó el botón de encendido.

Para su sorpresa, la pantalla se iluminó de golpe, revelando que la batería y el sistema seguían funcionando a la perfección.

Al deslizar el dedo por el cristal, descubrió que el dispositivo no tenía ninguna contraseña de bloqueo; la privacidad de Mauricio en ese entonces era total debido a que nadie tocaba sus pertenencias.

La curiosidad inicial de Sandra se transformó rápidamente en un impulso incontrolable por hurgar en el pasado del hombre con el que ahora compartía su vida.

Abrió la aplicación de la galería y comenzó a deslizar el dedo por la pantalla, observando imágenes de Mauricio de hace un año: fotos en la universidad, retratos en el jardín de la mansión y momentos cotidianos que la hicieron sonreír.

Sin embargo, al descender un poco más en el archivo del almacenamiento, el mundo pareció detenerse por completo.

Frente a sus ojos apareció una fotografía de Adriana Murat.

Sandra frunció el ceño, sintiendo un vuelco extraño en el estómago, pero continuó bajando en la cronología de las imágenes.

El asombro se transformó en un frío glacial que le recorrió el cuerpo.

Las fotografías de la nieta de los patrones comenzaron a multiplicarse una tras otra, volviéndose cada vez más personales y reveladoras.

Eran imágenes que mostraban una cercanía y una complicidad que Sandra jamás habría imaginado, capturando momentos que claramente no estaban destinados a ojos ajenos.

Con las manos temblando de forma descontrolada y la respiración entrecortada, Sandra salió de la galería y abrió la bandeja de los mensajes de texto de ese mismo período.

Lo que leyó a continuación terminó por romper su tranquilidad en mil pedazos.

El historial de mensajes revelaba una relación clandestina y profunda.

Recorrió con los ojos desorbitados las promesas románticas, los planes de encuentros a solas y el intercambio de mensajes de carácter íntimo que confirmaban un vínculo sentimental que ella desconocía por completo.

Sandra se quedó completamente helada, estática en medio de la recámara con el teléfono celular aferrado entre sus dedos.

No había espacio para las dudas ni para las interpretaciones erróneas.

El velo de la mentira acababa de caer de la forma más contundente posible.

En ese preciso segundo, sentada en la alfombra rodeada de recuerdos, Sandra descubrió la verdad: el hombre con el que compartía su vida y la joven Adriana habían mantenido un romance secreto a sus espaldas, y todas las sospechas recientes cobraron un sentido doloroso.