El capricho de la heredera Capítulo 22
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Capítulo 22

Los primeros rayos del sol invernal se filtraron por los grandes ventanales del apartamento, iluminando la sala.

Adriana comenzó a removerse entre las cobijas, quejándose levemente por la intensa jaqueca de la resaca.

Abrió los ojos despacio, parpadeando ante la luz, y comenzó a incorporarse en el sofá.

Sin embargo, en cuanto enfocó la mirada hacia el sillón de enfrente, el aire se le atoró por completo en la garganta.

Allí, perfectamente peinado, vistiendo su camisa de vestir y observándola con una intensidad que derretía el hielo, estaba él. Mauricio.

Adriana se puso de pie de un salto, arrastrando las cobijas con fuerza. El corazón le dio un vuelco violento y el pánico se mezcló con la incredulidad.

—¡¿Tú?! ¡¿Qué haces aquí?! ¡¿Cómo entraste a mi departamento?! —gritó alterada, dando un paso hacia atrás mientras se abrazaba a sí misma.

Mauricio se puso de pie con total parsimonia. Mantuvo su porte varonil y elegante, sin quitarle los ojos oscuros de encima.

—Tranquilízate, Adriana —respondió él con su profunda voz varonil, manteniendo una calma tensa—.

Anoche saliste completamente tomada de un bar en el centro.

Apenas podías mantenerte en pie y ni siquiera me reconociste.

Te ofrecí traerte, tú misma me diste la dirección y decidí quedarme a cuidarte toda la noche para asegurarme de que estuvieras bien.

Pero no estoy aquí por amabilidad... Estoy aquí porque quiero respuestas. Y no me voy a ir de Chicago sin ellas.

Adriana tragó saliva en seco, sintiendo que el piso se le movía. Mauricio comenzó a dar pasos lentos hacia ella, acortando la distancia, acorralándola con la mirada llena de un dolor guardado durante doce meses.

—Quiero que me mires a los ojos y me digas la verdad —le exigió Mauricio, con la voz entrecortada por la emoción—.

¿Por qué te fuiste así? ¿Por qué me dejaste de la noche a la mañana sin una sola palabra, sin despedirte?

Todo este año me la he pasado maldiciéndome, creyendo que solo fui un juguete para ti.

Un capricho más de la niña rica de Chicago para entretenerse en su encierro en México mientras se moría de aburrimiento.

¿Eso fui para ti, Adriana? ¿Un simple juego?

Las lágrimas que Adriana había contenido durante un año entero brotaron sin control, inundando sus mejillas.

Escuchar que él pensaba que solo había sido un juguete le partió el alma.

Toda su altanería, su orgullo y su fachada de chica fiestera se derrumbaron por completo ante el hombre que amaba.

Ya no podía seguir cargando con ese peso sola.

—¡No, Mauricio! ¡Claro que no fuiste un juego! —excló ella entre sollozos, rompiendo en un llanto desesperado—. ¡Yo te amaba! ¡Te amo! Si me fui así no fue por mi gusto... ¡Me obligaron!

Adriana se cubrió el rostro con las manos, temblando por completo, y decidió contarle toda la verdad, desde el principio.

—El día que me desmayé en la mansión... no fue por una intoxicación.

Yo ya lo sospechaba y me había hecho unos análisis.

Mau... yo estaba embarazada. Estaba esperando un hijo tuyo.

¡Era nuestra primera vez y no nos cuidamos!

Cuando mis papás me llevaban al hospital, entré en pánico porque sabía que si el doctor me revisaba, ellos se enterarían de lo nuestro y te destruirían la vida a ti y a tus padres.

Me bajé del auto corriendo para huir... y un coche me atropelló en la avenida.

Mauricio se quedó completamente helado, abriendo los ojos de par en par. La sangre se le bajó a los pies y sintió un golpe invisible en el pecho al escuchar la palabra "embarazada".

—En el hospital... por el impacto del accidente...

yo perdí a nuestro bebé —confesó Adriana con un hilo de voz, rompiéndose de dolor al revivir la tragedia—.

Me practicaron un legrado de emergencia y mis papás se enteraron de todo por el médico.

Me gritaron, me exigieron que les dijera quién era el padre, pero yo me mantuve firme.

Jamás les di tu nombre porque sabía que te meterían a la cárcel.

Por eso, para salvar el honor de la familia, me quitaron el celular, me incomunicaron por completo y me subieron a un avión directo al exilio en Chicago en cuanto pude levantarme de la camilla.

No tuve cómo avisarte... No tuve cómo despedirme.

Todo lo que hice, lo hice para protegerte a ti, Mauricio.

Mauricio la escuchó en un silencio sepulcral, sintiendo que las lágrimas también comenzaban a nublarle la vista. Toda la verdad acababa de salir a la luz, destruyendo por completo la mentira del "juguete" y dejando al descubierto el inmenso y trágico sacrificio que Adriana había hecho por amor.

Adriana dio un paso hacia él, sosteniéndole la mirada con los ojos empapados en lágrimas, decidida a vaciar su alma por completo.

—Si quieres que te sea completamente sincera...

sí, Mauricio —confesó con la voz entrecortada—.

Al principio, cuando te busqué en el vivero, todo comenzó como un juego para mí.

Era una niña caprichosa, consentida y aburrida que solo quería divertirse con el hijo de los empleados para pasar el rato en su encierro.

Pero no medí las consecuencias... No sabía el hombre tan increíble que eras.

Con tus modos, tu dignidad y tu forma de cuidarme, me rompiste todas las barreras.

Me enamoré perdidamente de ti, Mauricio.

Te amé como nunca pensé que podría amar a nadie.

Mauricio la escuchó en un silencio sepulcral, sintiendo que el corazón le daba un vuelco violento.

Verla ahí, desarmada, llorando por la pérdida del hijo que pudieron tener y confesándole que se había sacrificado por protegerlo, barrió de golpe con los doce meses de rencor, amargura y despecho.

En ese preciso segundo, la promesa rota, el orgullo herido y el compromiso con Sandra en México desaparecieron por completo de su mente.

Sandra ya no existía en su mundo; solo importaba la mujer que tenía enfrente.

Dando un paso firme hacia adelante, Mauricio acortó la distancia, estiró sus brazos varoniles y la jaló hacia su pecho, envolviéndola en un abrazo desesperado y protector.

Adriana se aferró a sus hombros, hundiendo el rostro en su cuello mientras soltaba un llanto liberador, sintiendo que por fin, después de un año de exilio y soledad, estaba de regreso en el único lugar seguro de la tierra.

Mauricio le acarició el cabello con ternura, dejando que sus propias lágrimas rodaran libremente.

—Peróname... Perdóname por haber dudado de ti, mi amor —le susurró en el oído con la voz ronca por la emoción—. Fui un estúpido por pensar que te habías burlado de mí. No sabía todo lo que tuviste que pasar tú sola.

Mauricio la distanció apenas unos centímetros, tomándole el rostro con ambas manos con una delicadeza infinita.

Le limpió las lágrimas con los pulgares y la miró fijamente a los ojos, con una mirada cargada de una pasión que jamás había muerto.

Sin pensarlo un segundo más, se inclinó y la atrapó en un beso profundo, urgente y lleno de un amor puro que el tiempo y la distancia no habían logrado apagar.

Adriana le correspondió con la misma intensidad, saboreando sus labios y sellando en medio de la sala de Chicago la tregua definitiva de su romance prohibido.

Estaban juntos de nuevo, y esta vez, no planeaban dejarse ir tan fácil

Durante los días siguientes en Chicago, Mauricio se convirtió en el ancla que Adriana tanto necesitaba.

Con total paciencia y amor, la apoyó para que dejara las noches de excesos y el alcohol, recordándole la mujer brillante que realmente era.

El departamento de la joven dejó de ser un refugio de soledad para llenarse una vez más de risas y promesas en susurros.

Sin embargo, el tiempo no se detuvo y el día de regresar a México llegó.

La noche anterior al vuelo, la nostalgia y la pasión los envolvieron por completo.

Sabiendo que el regreso implicaba separarse físicamente otra vez, se entregaron el uno al otro en una noche intensa, mágica y dolorosa, amándose con la misma urgencia de su primera vez en la casa secreta.

A la mañana siguiente, tras una desgarradora despedida en la que se sellaron con un último beso la promesa de buscar la forma de estar juntos, Mauricio y Pablo abordaron el avión.

El vuelo de regreso a la Ciudad de México transcurrió en un silencio sepulcral; Mauricio miraba por la ventanilla con el rostro serio, cargando en su mente el peso de la doble vida que estaba a punto de enfrentar.

Al aterrizar en México, Mauricio se dirigió de inmediato a su departamento, el pequeño lugar que había logrado rentar gracias a sus primeros ingresos como abogado. Al abrir la puerta principal con sus llaves, se quedó estático en el umbral.

—¡Sorpresa! ¡Bienvenido, mi vida! —exclamó Sandra con una sonrisa radiante, saliendo de la cocina.

Sandra se había encargado de decorar el lugar, limpiarlo y prepararle una deliciosa comida casera para celebrar su regreso del litigio internacional. Se acercó a él desbordando felicidad, le rodeó el cuello con los brazos y le plantó un tierno beso en los labios.

Mauricio la miró con una profunda mezcla de culpa y desconcierto.

Sandra lucía tan inocente, tan entregada y feliz de tenerlo de vuelta, que el joven abogado sintió que una soga le apretaba el cuello.

Se sentaron a la mesa y comenzaron a comer mientras ella le platicaba entusiasmada todo lo que había pasado en la mansión durante su ausencia.

Mauricio asentía con la cabeza y forzaba sonrisas por mera educación, pero su mente estaba a miles de kilómetros de distancia.

Por más que intentaba concentrarse en las palabras de su novia, no podía dejar de pensar en los ojos de Adriana, en su perfume dulce y en la promesa que le había hecho en Chicago.

Estaba físicamente en México con Sandra, pero su alma se había quedado atrapada para siempre en la Ciudad de los Vientos.