Capítulo 21
Pablo entró a la habitación del hotel con el semblante serio. Mauricio, que lo esperaba de pie junto a la ventana devorándose las uñas por la ansiedad, se giró de inmediato en cuanto escuchó la puerta. No hizo falta que su amigo hablara; la expresión en el rostro de Pablo lo decía todo.
—Es ella, Mau —soltó Pablo con voz pausada, cerrando la puerta detrás de sí—. Se llama
Adriana Murat. Victoria me lo confirmó en la comida.
Está viviendo aquí en Chicago. A Mauricio se le cortó la respiración por un segundo y sintió que las rodillas le temblaban.
La confirmación le cayó como un impacto directo al pecho.
Toda la furia, el amor y el dolor que había intentado enterrar durante un año regresaron con una fuerza descomunal.
En ese preciso instante, el abogado centrado y profesional desapareció. Tomó una decisión impulsiva y radical.
—No voy a regresar a México todavía, Pablo —sentenció Mauricio con una voz varonil cargada de determinación—.
Habla al bufete, inventa que el papeleo del litigio internacional se complicó o lo que tengas que hacer.
Pero yo no me subo a ese avión sin antes hablar con ella cara a cara.
Necesito que me mire a los ojos y me explique por qué me dejó como si fuera un maldito juguete.
Pablo suspiró, sabiendo que no ganaba nada intentando detenerlo, y decidió apoyarlo hasta el final.
—Está bien, te voy a ayudar —aceptó Pablo, cruzándose de brazos—.
Pero no tenemos su dirección ni su teléfono, y si la buscamos de frente, lo más seguro es que huya de ti.
Hay que ser inteligentes. Victoria me contó en la comida que Adriana anda muy fiestera últimamente; se la pasa metida en los antros para ahogar sus penas.
Mauricio enarcó una ceja, escuchando con total atención a su compañero.
—¿Y qué sugieres? —preguntó Mauricio, acomodándose el traje.
—Hagamos una trampa —propuso Pablo con una sonrisa astuta—.
Le voy a escribir a Victoria para invitarla a salir de nuevo este próximo fin de semana, y le sugeriré que vayamos exactamente al mismo antro de la otra noche.
Como Victoria va a ir de seguro, es un hecho que va a arrastrar a Adriana con ella.
Ahí es donde tú vas a aparecerte para acorralarla en la pista. No tendrá a dónde escapar.
A Mauricio se le encendieron los ojos ante el brillante plan de su amigo. El tablero estaba listo para la jugada final en Chicago. Mientras Adriana seguía descuidando su vida entre copas para olvidar el pasado, Mauricio ya estaba preparando la red para atraparla en medio de la penumbra del antro.
Antes de dar el siguiente paso, Mauricio tenía que asegurar su estancia en los Estados Unidos.
Tomó su celular con manos temblorosas y marcó el número de México.
En cuanto Sandra respondió con su habitual tono cariñoso, a Mauricio le dio una punzada de culpa en el estómago, pero el deseo de ver a Adriana fue mucho más fuerte.
Le mintió descaradamente, argumentando que el juez federal había retrasado las audiencias del litigio internacional y que el papeleo de aduanas se había complicado tanto que no regresaría pronto a México.
Sandra, sin imaginarse jamás el verdadero y peligroso motivo de la demora, confió plenamente en él y aceptó la situación, pidiéndole que se cuidara del frío.
Con el tiempo a su favor, Mauricio y Pablo se prepararon para ejecutar la estrategia del antro el fin de semana. Sin embargo, el destino tenía planes completamente diferentes y mucho más inmediatos.
Esa misma tarde, Mauricio salió a caminar solo por el centro de Chicago para despejar la mente.
La noche comenzó a caer con rapidez, tiñendo las avenidas de un tono gris y helado.
De pronto, mientras pasaba frente a un concurrido bar de la zona financiera, las puertas se abrieron y una silueta familiar salió trastabillando hacia la banqueta.
Era Adriana. Llevaba un abrigo ligero y caminaba a paso errático, sosteniéndose de las paredes de los edificios.
Estaba completamente tomada, arrastrando los pies y con la mirada perdida por los efectos del alcohol; apenas podía mantenerse en pie por sí misma.
El plan del antro ya no era necesario; el destino se la había puesto de frente en plena calle.
Mauricio sintió que el corazón se le salía del pecho. Olvidando todo su orgullo y el coraje del pasado, caminó a paso rápido hacia ella y la tomó suavemente de los hombros justo antes de que perdiera el equilibrio y cayera contra el pavimento.
—Oye... tranquila. Cuidado —le dijo Mauricio con su profunda y varonil voz.
Adriana levantó la mirada despacio, parpadeando con dificultad.
Debido a la fuerte borrachera que cargaba y a la penumbra de la calle, sus ojos nublados recorrieron el rostro de Mauricio sin reconocerlo en absoluto.
Para ella, el hombre guapo y elegante vestido con un abrigo de diseñador que la sostenía no tenía nada que ver con el humilde y rudo "jardinerito" que había dejado en la mansión de México.
—Me siento mal... —masculló Adriana con un hilo de voz, apoyando su peso contra el pecho de él de forma indefensa—. Solo quiero irme a mi casa...
Mauricio la miró fijamente, sintiendo una mezcla de dolor al verla en ese estado y una inmensa ternura que creía muerta. No era el momento de reclamarle nada; estaba completamente desprotegida en una ciudad peligrosa.
—Ven conmigo. Te ofrezco llevarte a tu casa sana y salva —le propuso Mauricio en un susurro, sosteniéndola firmemente de la cintura.
Adriana, demasiado ebria para desconfiar o protestar, simplemente asintió con la cabeza de mala gana y se dejó guiar por él hacia un auto de alquiler que pasaba por la avenida.
Subieron al asiento trasero y, tras dictar la dirección del lujoso departamento de la joven, el vehículo avanzó en medio de la noche de Chicago.
Mauricio la mantenía sujeta contra su costado, saboreando la adrenalina de tenerla de vuelta entre sus brazos después de un año entero de agonía, listo para el momento en que el alcohol se le pasara y ella descubriera quién la había rescatado.
El auto se detuvo finalmente frente a un imponente y moderno edificio de departamentos en una de las zonas más exclusivas de Chicago.
Mauricio pagó el servicio y, sosteniendo a Adriana firmemente de la cintura, la ayudó a cruzar el elegante vestíbulo.
Subieron por el ascensor en un silencio roto solo por la respiración agitada de la joven.
Tras abrir la puerta con las llaves que ella misma llevaba en el bolso, entraron a un lujoso y solitario apartamento con una vista espectacular a los rascacielos de la ciudad.
Mauricio la guió con total cuidado hacia la sala principal y la sentó despacio en el gran sofá de piel.
Adriana se recostó contra los cojines, parpadeando con dificultad por el mareo, mientras se desabrochaba el abrigo ligero.
Mauricio se arrodilló frente a ella para quitarle los zapatos, manteniendo la mirada baja para ocultar la tormenta de emociones que cargaba en el pecho.
De pronto, Adriana estiró una mano temblorosa y le tocó la mejilla con suavidad. Mauricio se congeló en su lugar, sintiendo el calor de sus dedos después de un año entero de separación. Ella lo miró con los ojos empañados por el alcohol y las lágrimas, sonriendo de una forma melancólica.
—Oye... —susurró Adriana con un hilo de voz arrastrada—. Me recuerdas mucho al amor de mi vida...
A Mauricio se le cortó la respiración por completo. La clavó de frente con sus ojos oscuros, fijos en su rostro pálido.
—¿Ah, sí? ¿Quién era él? —preguntó Mauricio en un susurro varonil, con el corazón golpeándole con fuerza las costillas.
—Un chico de México... Mi jardinerito... —masculló Adriana, cerrando los ojos con pesadez mientras dejaba caer la mano—. Lo extraño tanto... pero él me odia... todos me odian...
Antes de que pudiera articular otra palabra, el cansancio y el alcohol vencieron por completo a Adriana, dejándola profundamente dormida en el sofá.
Mauricio se le quedó mirando en silencio durante varios minutos eternos.
Las palabras de la joven cayeron como un bálsamo sobre sus heridas del pasado.
No lo había olvidado; no había sido un juguete para ella.
Había un dolor real detrás de sus noches de fiesta en Chicago.
Con total caballerosidad y delicadeza, Mauricio tomó una manta abrigadora de la recámara y la cubrió con suavidad para protegerla del frío de la noche.
Decidió que no podía dejarla sola en ese estado; su instinto de protección fue más fuerte que cualquier orgullo.
Se aflojó la corbata, se quitó el abrigo negro y tomó asiento en un sillón individual justo frente a ella.
Mauricio se dispuso a cuidarla toda la noche, manteniendo la guardia en la penumbra de la sala, esperando pacientemente el amanecer para que el alcohol se desvaneciera de su cuerpo y poder, finalmente, exigir las respuestas que tanto le habían costado.