El capricho de la heredera Capítulo 20
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Capítulo 20

Las luces neón y los bajos de la música electrónica retumbaban en las paredes del exclusivo antro en el centro de Chicago.

En medio de la pista de baile, Adriana se movía al ritmo de la música junto a Victoria y las demás chicas de la universidad, sosteniendo una copa en la mano.

Llevaba puesto un espectacular vestido negro ajustado que resaltaba su figura.

Como ya era costumbre, el alcohol comenzaba a hacerle efecto, adormeciendo los dolorosos recuerdos del pasado que tanto la atormentaban.

A unos cuantos metros de distancia, cerca de la barra VIP, Mauricio y su amigo del bufete de abogados observaban el ambiente mientras tomaban un trago. Su compañero, con la mirada fija en la pista, le dio un ligero codazo a Mauricio.

—Mira allá, Mau... —le dijo su amigo con una sonrisa, señalando hacia el grupo de chicas—. Allá hay unas mujeres muy guapas.

Mauricio volteó la mirada de forma distraída hacia donde le indicaban. Sus ojos oscuros recorrieron al grupo por un segundo.

—Sí, son guapas —admitió él con su habitual tono varonil y serio.

—La de negro es la más hermosa de todas —insistió el amigo, completamente cautivado por la silueta de la joven—. Lástima que esté de espaldas. Vamos a acercarnos, ¿no?

—Pues no la veo, está de espaldas —respondió Mauricio, restándole importancia—. Y no, claro que no vamos a ir. Yo tengo novia, recuerda que Sandra me está esperando en México.

—Ay, por favor, Mau, ¿eso qué tiene que ver? Solo vamos a platicar un rato y a distraernos, no vas a casarte con ellas. Anda, vamos —le rogó su amigo, jalándolo del brazo.

Mauricio soltó un suspiro de resignación y, para no sonar aburrido, terminó por aceptar.

Ambos caminaron entre la multitud de la pista de baile con dirección al grupo.

Sin embargo, justo cuando estaban a punto de llegar a ellas, la chica del vestido negro dio la media vuelta y caminó a paso rápido hacia el área de los baños de mujeres, perdiéndose entre la gente antes de que Mauricio pudiera verle el rostro.

El amigo de Mauricio no se desanimó; se acercó a Victoria y a las otras jóvenes y las saludó con total caballerosidad. Ellas correspondieron el saludo de inmediato, encantadas por el porte elegante de los dos hombres vestidos de traje.

—Hola... Oye, ¿por qué se fue tu amiga? —preguntó el compañero de Mauricio a una de las chicas, intrigado por la joven del vestido negro.

—Ah, fue al baño. Ahorita regresa, no tarda —respondió ella entre risas por la música.

Mientras el amigo de Mauricio se quedaba platicando animadamente con el grupo, Mauricio se mantuvo un poco al margen, educado pero distante, ignorando que la chica de la que hablaban era el amor de su vida.

Dentro del baño, Adriana se miró en el gran espejo frente al lavabo.

El mareo por los tragos era evidente y el cansancio físico la golpeó de golpe.

Se sintió sumamente tomada y decidió que ya había sido suficiente por esa noche; necesitaba irse a su departamento a descansar.

Al salir del baño, recorrió el pasillo y vio a la distancia a Victoria y a las demás platicando muy divertidas con los dos hombres de traje.

Adriana se detuvo en seco. Conociendo a sus amigas, sabía perfectamente que si se acercaba a decirles que ya se sentía mal y que quería regresar a casa, ellas iban a cortar su diversión para acompañarla.

No queriendo arruinarles la noche, Adriana tomó una decisión impulsiva: no se arrimó al grupo.

Dio la media vuelta en silencio y caminó directo hacia las grandes puertas de salida del antro, dispuesta a tomar un taxi sola en medio de la fría noche de Chicago.

Justo en ese preciso instante, algo hizo que Mauricio volteara la mirada hacia la salida.

Entre la penumbra del lugar y los destellos de las luces robóticas, captó por un breve segundo la silueta de la joven del vestido negro cruzando la puerta de cristal hacia la calle.

El corazón le dio un vuelco violento en el pecho y una punzada de nostalgia le atravesó el alma de forma inexplicable.

La forma de caminar, el porte altanero y el rastro sutil de un perfume dulce que flotaba en el aire le recordaron con una fuerza brutal a Adriana.

Mauricio cerró los ojos por un instante y apretó la mandíbula con fuerza, sintiendo una inmensa rabia contra sí mismo.

“Basta, Mauricio... Ella no es”, se reprendió en su mente, intentando recuperar el control*. “No pienses más en ella. Adriana te olvidó hace un año y tú ya tienes una vida con Sandra. Deja de buscar su fantasma en cada mujer que ves”*.

Abrió los ojos y regresó la atención a la plática de su amigo, obligándose a enterrar el recuerdo.

Mauricio no tenía la menor idea de que la mujer que acababa de ver huir en medio de la oscuridad era, verdaderamente, la dueña de todos sus pensamientos, y que la fría noche de la ciudad estaba a punto de darles una sorpresa mayor a las afueras del lugar.

La inquietud dentro del antro se volvió insoportable para Mauricio.

Aunque intentaba poner atención a la plática de su amigo y de las chicas, la silueta que había visto cruzar la puerta de salida lo había dejado completamente perturbado.

Sentía que el aire del lugar lo asfixiaba.

Sin poder contenerse más, tocó el hombro de su compañero del bufete de abogados.

—Oye, dame un minuto. Voy afuera a respirar un poco de aire fresco, el calor aquí adentro está insoportable —le mintió en un susurro varonil.

Su amigo simplemente asintió, demasiado entretenido en su conversación.

Mauricio dio la media vuelta, avanzó entre la multitud con paso apresurado y cruzó el pasillo directo hacia la salida principal.

Al abrir las pesadas puertas de cristal, el viento gélido de la noche de Chicago le golpeó el rostro de golpe, obligándolo a acomodarse el cuello de su elegante abrigo negro.

La calle estaba húmeda y el reflejo de las luces de los rascacielos se distorsionaba en el pavimento.

Mauricio aguzó la mirada, recorriendo la acera con desesperación.

Fue entonces cuando la vio. A unos metros de distancia, bajo la luz parpadeante de una farola, la chica del vestido negro estiraba la mano para detener un vehículo.

Un clásico taxi amarillo de la ciudad se detuvo frente a ella de inmediato.

Debido al efecto de los tragos, la joven trastabilló levemente al abrir la puerta del coche, perdiendo por un instante el equilibrio.

Al sostenerse del marco del auto, la luz interior del taxi iluminó su rostro por completo por una fracción de segundo antes de subir al asiento trasero y cerrar la puerta de golpe.

A Mauricio se le detuvo el corazón en el pecho y sintió que las piernas se le congelaban. El mundo se quedó en un silencio absoluto mientras el taxi avanzaba, incorporándose al tráfico de las avenidas y perdiéndose entre los rascacielos de la metrópoli.

Ya no había sombras ni luces neón que lo confundieran. Había visto sus facciones perfectas, la curva de sus labios y ese porte inconfundible. Era ella. Era Adriana.

Un torbellino de emociones encontradas estalló en el pecho del joven abogado, desatando una brutal batalla en su mente. El miedo y el instinto de autoprotección se activaron de inmediato.

“No... No puede ser ella”, intentó convencerse Mauricio a sí mismo, apretando los puños con fuerza dentro de los bolsillos de su abrigo mientras respiraba con dificultad*.

“Estás loco, Mauricio. Chicago es una ciudad gigantesca con millones de personas. Estás tan obsesionado con su recuerdo que ya estás alucinando. Ella está viviendo su vida de lujos en algún otro lugar y tú tienes una vida armada en México con Sandra. Fue solo una coincidencia,

una chica que se parecía a ella, nada más”*.

Mauricio caminó un par de pasos por la banqueta helada, intentando racionalizar la situación y obligándose a creer sus propias mentiras para proteger su cordura.

Se repitió una y otra vez que era imposible que el destino fuera tan caprichoso.

Sin embargo, por más que su cerebro intentaba compensar la situación y convencerse de que todo era una alucinación provocada por el cansancio del juzgado y el trago, en lo más profundo de su corazón la verdad era innegable: él sabía, con una certeza absoluta y aterradora,

que la mujer que acababa de subir a ese taxi era, verdaderamente, la nieta de los patrones.

Adriana estaba en Chicago, y el pasado que tanto intentó enterrar acababa de regresar para reclamar su espacio.

Mauricio y Pablo regresaron al hotel en medio del silencio de la madrugada.

En cuanto entraron a la habitación, Mauricio se quitó el abrigo negro de golpe y comenzó a caminar de un lado a otro, completamente alterado.

Pablo lo observaba con preocupación, pues conocía a fondo toda la historia de lo ocurrido en México: el romance secreto, el accidente y la repentina desaparición de Adriana.

—Pablo, la vi —soltó Mauricio con voz ronca, deteniéndose en seco—. La chica del vestido negro, la que se fue en el taxi... Estoy seguro de que era Adriana.

—Mau, estás cansado por el juicio, Chicago es enorme —intentó calmarlo Pablo.

—¡No es el cansancio, Pablo! —lo interrumpió Mauricio, con los ojos inyectados de una mezcla de dolor y certeza—.

Sé perfectamente lo que vi. Te lo pido como amigo: mañana tienes esa comida con Victoria, la chica del antro.

Hazme el favor de preguntarle cómo se llama su amiga, la de negro. Necesito saberlo.

Pablo, al ver la desesperación y el sufrimiento de su compañero de bufete, asintió con la cabeza seriamente.

—Está bien, Mau. Quedé de comer con Victoria mañana por la tarde. Yo le saco la información discretamente, te lo prometo.

Al día siguiente, el sol de la tarde iluminaba un elegante restaurante del centro de Chicago.

Pablo y Victoria se encontraban disfrutando de una comida relajada, platicando y riendo sobre lo bien que la habían pasado en el antro.

Pablo, usando su astucia de abogado, esperó el momento perfecto para soltar la pregunta como si fuera un comentario casual de la noche anterior.

—Oye, Victoria, por cierto... —comentó Pablo, tomando un sorbo de su bebida—. Tu amiga, la que llevaba el vestido negro y se fue temprano en el taxi, se veía muy linda. Mi amigo se quedó con la duda, ¿cómo me dijiste que se llama?

Victoria dejó su copa sobre la mesa, sonrió con total naturalidad y soltó la respuesta que cambiaría el destino de todos.

—Ah, ella se llama Adriana. Adriana Murat. Es mi mejor amiga de toda la vida, pero últimamente anda muy fiestera porque ha tenido un año muy difícil, ¿sabes? —explicó Victoria sin sospechar absolutamente nada de la conexión.

A Pablo se le congeló la sonrisa en el rostro y sintió un vuelco en el estómago. La confirmación era total y absoluta. No había dudas, ni alucinaciones, ni parecidos casuales. La chica del vestido negro era verdaderamente la nieta de los patrones. Adriana Murat estaba viviendo en Chicago.