El capricho de la heredera Capítulo 19
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Capítulo 19

Los días en el hospital pasaron entre curaciones físicas y un frío aislamiento emocional.

La decisión de la familia se cumplió al pie de la letra, con una crueldad disfrazada de "protección al honor".

En la mansión, el secreto se guardó bajo siete llaves; los patrones se encargaron de informar a los empleados únicamente que la señorita Adriana había sufrido un accidente de tránsito y que se encontraba recuperándose en una clínica privada.

Nadie en el área de servicio, ni Estela ni Sandra, conocían la terrible verdad del embarazo y del legrado.

Mauricio pasaba los días sumido en una ansiedad insoportable.

Trabajaba en el vivero en automático, limpiando las hojas de las orquídeas mientras miraba constantemente hacia la entrada principal, contando las horas y los minutos para el regreso de Adriana.

En su mente de veinticuatro años, él creía firmemente que en cuanto ella fuera dada de alta, volvería a la mansión, se subirían de nuevo al auto rumbo al colegio y continuarían con su hermoso y peligroso secreto.

No tenía idea de que el destino ya le había cerrado la puerta.

El día de la salida del hospital llegó. Adriana fue dada de alta por los médicos, pero no la llevaron de vuelta a la mansión.

Una camioneta enviada por su padre la esperaba directamente en la rampa de salida para trasladarla al aeropuerto internacional.

Su madre se encargó de preparar una pequeña maleta con ropa básica; no le permitieron llevar recuerdos, ni sus pertenencias de la habitación y, lo más doloroso de todo, le retiraron su teléfono celular.

La dejaron completamente incomunicada, sin dinero propio y sin una sola herramienta para poder enviarle un mensaje a Mauricio, avisarle de la tragedia o despedirse de él.

Adriana caminó por los pasillos del aeropuerto con el cuerpo adolorido por las secuelas del atropellamiento, pero con el alma completamente rota.

Custodiada de cerca por sus padres como si fuera una prisionera, avanzó hacia la puerta de embarque.

Sabía que no había marcha atrás: la obligaban a subir a ese avión rumbo al frío olvido de Chicago.

Al sentarse en el asiento junto a la ventanilla, el rugido de los motores anunció el despegue.

Mientras el avión tomaba altura y las luces de las calles de México comenzaban a verse diminutas a la distancia, las lágrimas corrieron libremente por el rostro de Adriana.

Apoyó la frente contra el cristal y cerró los ojos, despidiéndose de Mauricio únicamente en su mente.

Pensó en sus besos en el coche, en la entrega mágica de su primera vez en la casa secreta y en el dolor de haber perdido al hijo de ambos.

Se marchaba destrozada, pero con el consuelo de haber salvado el futuro del hombre que amaba a costa de su propia libertad.

Mientras tanto, en el jardín de la mansión, Mauricio vio la tarde caer, sintiendo una opresión extraña en el pecho, sin sospechar que el avión que cruzaba el cielo en ese instante se estaba llevando para siempre a la única mujer que le había puesto el mundo de cabeza.

El tiempo pasó con la misma frialdad con la que el invierno azotaba las calles de Chicago.

Había transcurrido exactamente un año desde aquella trágica tarde en que Adriana fue obligada a subir a un avión con el cuerpo adolorido y el alma rota.

En esos doce meses, su vida se había transformado por completo.

Tras cumplir los dieciocho años, Adriana ya era legalmente mayor de edad, dueña de sus propias decisiones, y se encontraba estudiando la universidad en su ciudad natal.

Su relación con su familia en México se había enfriado hasta volverse casi inexistente.

Sus padres y sus abuelos, ciegos por el orgullo y el "honor" familiar, cumplieron su castigo al pie de la letra: nunca fueron a visitarla a Chicago ni una sola vez.

Se limitaban a transferirle mensualmente fuertes sumas de dinero para pagar sus estudios, su lujoso departamento y sus gastos personales, creyendo que los billetes podían llenar el vacío del exilio.

Adriana aceptaba el dinero, pero vivía sumida en una profunda soledad, cargando en silencio con el dolor de haber perdido a su bebé y con el recuerdo imborrable de un amor que jamás pudo olvidar.

Nunca volvió a pisar México, temerosa de enfrentar los fantasmas del pasado.

Mientras tanto, al otro lado de la frontera, la vida de Mauricio también había dado el gran vuelco por el que tanto había luchado.

A sus veinticinco años, con un esfuerzo sobrehumano y noches enteras sin dormir en su pequeña habitación de la mansión, finalmente se había graduado con honores de la carrera de derecho.

Ya era, de manera oficial, un brillante y prometedor abogado penalista.

Gracias a su talento y al apoyo inicial que los abuelos de Adriana le dieron por sus años de servicio, Mauricio fue contratado por un prestigioso bufete internacional que manejaba asuntos aduaneros y corporativos de gran escala.

Fue así como, por azares del destino y debido a un importante litigio mercantil que requería su presencia física en los tribunales estadounidenses, su jefe le entregó un boleto de avión con destino a la espectacular "Ciudad de los Vientos".

Mauricio abordó el vuelo y aterrizó en el aeropuerto de Chicago una tarde gris de otoño.

Al caminar por las calles rodeadas de rascacielos imponentes y sentir el viento gélido golpear su rostro, el joven abogado acomodó el cuello de su elegante abrigo negro y miró a su alrededor con asombro.

Llegaba al centro financiero con la mente enfocada al cien por ciento en su trabajo y en consolidar su brillante futuro profesional.

Lo que Mauricio ni siquiera alcanzaba a imaginar, mientras caminaba entre la multitud de la gran metrópoli, era que en esa misma ciudad se encontraba la mujer que le había robado el corazón y que el destino estaba a solo unos pasos de volver a cruzarlos.

La soledad y el dolor transformaron a Adriana en una persona completamente diferente.

Aunque se dedicaba a estudiar su carrera universitaria durante el día, al caer la noche se convertía en una fiestera empedernida.

Utilizaba las fuertes sumas de dinero que su familia le enviaba desde México para financiar una vida descontrolada de antros, excesos y diversión nocturna.

Ya no le importaba nada; no buscaba felicidad, sino anestesiar los fantasmas del pasado, el dolor del legrado y la desgarradora ausencia de Mauricio.

Se repetía a sí misma que el alcohol y la música a todo volumen eran la única forma de olvidar.

Ese fin de semana no fue la excepción. Adriana se vistió con un atuendo espectacular y atrevido, y salió acompañada de su inseparable amiga Victoria —quien había viajado a visitarla— junto a un grupo de chicas de la universidad rumbo a uno de los antros más exclusivos y concurridos del centro de

Chicago.

Mientras tanto, en un hotel ejecutivo no muy lejos de ahí, Mauricio terminaba de revisar los últimos expedientes de su caso aduanero. Su compañero y amigo del bufete de abogados entró a la habitación, acomodándose la corbata con una sonrisa.

—Oye, Mau, ya terminamos la jornada y tenemos la noche completamente libre —le propuso su amigo—. Deberíamos ir a un antro del centro a tomar un trago y distraernos un poco antes de regresar a México. Te hace falta soltar el estrés del juzgado.

Mauricio lo pensó por un momento. Miró la ciudad iluminada a través del ventanal y, sintiéndose inusualmente inquieto por los recuerdos que Chicago le traía, terminó por aceptar la invitación.

Antes de salir del hotel, tomó su celular y marcó un número de México para hacer una llamada internacional. Era Sandra.

Al marcharse Adriana de la noche a la mañana sin dejar rastro ni despedirse, el orgullo y el corazón de Mauricio habían quedado completamente destruidos.

Pasó meses sumido en una profunda depresión, convenciéndose a sí mismo de que Adriana solo lo había usado como un juguete, un capricho pasajero para entretenerse durante su encierro en México, y que en cuanto se aburrió, regresó a su vida de lujos en Chicago sin importarle sus sentimientos.

En medio de ese dolor, Sandra se había convertido en su paño de lágrimas; estuvo a su lado, lo consoló y lo apoyó en sus momentos más oscuros.

Mauricio, aterrado de quedarse solo con el fantasma de Adriana, decidió hacerla su novia por despecho y agradecimiento, intentando forzar un amor que en el fondo sabía que no existía.

—Hola, Sandra. Sí, ya salí del tribunal... Todo salió excelente con los abogados norteamericanos —le platicó Mauricio por teléfono, manteniendo su tono varonil pero distante—. Voy a salir a tomar un trago con mi compañero de bufete. Te llamo en cuanto regrese al hotel. Te mando un beso.

Colgó la llamada, guardó el celular en su elegante abrigo y salió junto a su amigo hacia la fría noche de la ciudad.

El destino, con una precisión milimétrica, estaba guiando a Mauricio y a Adriana exactamente hacia las puertas del mismo antro, listos para un reencuentro que amenazaba con derrumbar todas las mentiras y el despecho del último año.