El capricho de la heredera Capítulo 18
47%

Capítulo 18

El automóvil detuvo su marcha finalmente frente a la rampa de urgencias del hospital.

Presa del pánico ciego y con el único objetivo de evitar que un médico descubriera su embarazo, Adriana abrió la puerta trasera antes de que el vehículo frenara por completo.

Bajó del auto y comenzó a correr con desesperación hacia la calle, sin mirar para ningún lado, completamente sorda a los gritos desesperados de sus padres que le exigían que se detuviera.

Fue cuestión de segundos. El chirrido estridente de unos neumáticos rompió el silencio de la avenida principal.

Un vehículo que avanzaba a exceso de velocidad no logró frenar a tiempo y embistió el cuerpo de Adriana con fuerza, proyectándola contra el asfalto.

El grito de horror de su madre resonó en toda la zona mientras el caos se apoderaba de las afueras del hospital.

El personal de enfermería reaccionó de inmediato; camilleros salieron a toda prisa y la joven fue ingresada de urgencia a las salas de trauma en estado crítico.

Las horas siguientes se convirtieron en una pesadilla eterna para la familia Murat en la sala de espera.

Tras lo que pareció una eternidad llenándose de angustia, las puertas batientes del área quirúrgica se abrieron y el médico a cargo salió con el semblante cansado, sosteniendo un expediente médico entre las manos.

Los padres de Adriana se pusieron de pie de un salto, acercándose a él con el corazón en un hilo.

El doctor comenzó a darles el parte médico detallado de todo el procedimiento, explicando las fracturas, las suturas y los medicamentos que le habían administrado para estabilizarla tras el fuerte impacto del vehículo.

Sin embargo, en medio de la explicación técnica, el médico pronunció una palabra que congeló el aire de la habitación.

—...y debido a las complicaciones internas por el trauma, tuvimos que practicarle un legrado de emergencia para limpiar la cavidad uterina y evitar una infección mayor —mencionó el médico de forma profesional.

La madre de Adriana parpadeó un par de veces, completamente confundida. Una sonrisa nerviosa y forzada apareció en su rostro mientras negaba con la cabeza.

—Perdone, doctor... Creo que se equivocó de expediente o de paciente —dijo la mujer, con la voz temblorosa—. Mencionó algo de un legrado... Mi hija es una estudiante de diecisiete años, ella solo venía por una supuesta infección estomacal.

El médico cerró el expediente despacio y los miró fijamente a los ojos con una mezcla de seriedad y compasión.

—¿Que acaso no son ustedes los padres de la joven Adriana Murat Fuentes? —Sí, doctor, ella es nuestra única hija —respondió el padre de Adriana, sintiendo cómo un frío horrible comenzaba a recorrerle la espina dorsal.

—Entonces no hay ninguna equivocación —sentenció el médico con voz firme—.

A la joven se le tuvo que practicar un legrado obligatorio debido al impacto del vehículo que la atropelló.

A causa del golpe, ella perdió al bebé que llevaba en su vientre, el cual tenía apenas unas semanas de gestación.

Por el desprendimiento y el sangrado interno, el legrado era la única opción para salvarle la vida a su hija. Lo lamento mucho.

Las palabras del médico cayeron como un misil en medio de la sala de espera.

El padre de Adriana dio un paso hacia atrás, completamente pálido, mientras su madre se llevaba las manos a la boca, soltando un llanto ahogado de puro shock.

No podían creer, ni entender, que su hija perfecta, la niña consentida que trajeron desde Chicago, hubiera estado embarazada en secreto todo este tiempo.

La verdad acababa de salir a la luz de la forma más dolorosa y trágica posible.

El pitido constante de los monitores médicos fue lo primero que devolvió a Adriana a la realidad.

Abrió los ojos despacio, parpadeando con dificultad bajo la intensa luz blanca de la habitación del hospital.

El cuerpo le dolía de una forma insoportable a causa de las heridas del atropellamiento, pero el verdadero dolor apareció cuando la anestesia terminó de desvanecerse y la memoria le trajo de golpe los últimos segundos antes del impacto en la avenida.

Al mirar a los lados de la camilla, se topó con los rostros endurecidos y desencajados de sus padres. No había lágrimas de alivio por verla despertar; solo había una furia contenida y una exigencia fría que helaba la habitación.

—Qué bueno que despiertas, Adriana —soltó su padre con una voz rígida que no admitía réplicas—. Porque nos vas a dar explicaciones ahora mismo de toda esta porquería.

—Adriana... por Dios —intervino su madre, con los ojos inyectados en sangre y la voz temblorosa por el shock—. El doctor nos lo dijo todo. Tuvieron que hacerte un legrado. Estabas embarazada. ¡Estabas esperando un hijo! ¿Cómo pudiste ocultarnos algo así? ¡¿Quién te hizo esto?!

La noticia cayó sobre Adriana como un mazo directo al corazón.

Se quedó completamente sin aire, mirando al vacío mientras las lágrimas comenzaban a brotar con desesperación y a correr por sus mejillas.

Todo su cuerpo se tensó ante una realidad que no quería aceptar: había perdido a su bebé.

El fruto de su amor prohibido con Mauricio, ese pequeño secreto que tanto pánico y a la vez tanta ilusión le causaba en su correo electrónico, ya no existía. La tragedia era absoluta.

—¡Contesta, Adriana! —le exigió su padre, dando un paso hacia la camilla y golpeando el barandal de metal—. ¡¿Quién es el maldito infeliz que se metió contigo?! ¿Fue uno de los vagos de tu nuevo colegio? ¡Exijo el nombre del padre de ese niño ahora mismo!

Adriana se tragó el llanto con fuerza. El dolor por la pérdida de su hijo se transformó en un instinto de protección feroz.

Miró a Mauricio en su mente: su sonrisa en el vivero, sus manos cuidándole las heridas y las noches de entrega en la casa secreta.

Sabía perfectamente que si pronunciaba su nombre, sus padres destruirían a Mauricio, lo meterían a la cárcel por su edad, correrían a Estela y a Genaro a la calle y dejarían a su familia en la absoluta miseria.

Su orgullo caprichoso se convirtió en un escudo de acero.

Se limpió las lágrimas de la cara con el dorso de la mano, clavó la mirada en sus padres con una firmeza inquebrantable y sentenció las palabras que cerrarían el caso.

—No les voy a decir nada —respondió Adriana con una voz ronca pero firme que dejó fría la habitación—.

Escúchenme bien: jamás en la vida les voy a decir quién era el padre de mi hijo.

Pueden gritarme, castigarme o hacer lo que quieran, pero de mi boca no va a salir un solo nombre. Ese secreto muere conmigo.

Sus padres la miraron con absoluto desconcierto y una rabia impotente. El silencio de Adriana era un muro que no podían derribar. Ella prefería cargar con la culpa, el castigo y la deshonra total antes que traicionar al hombre que verdaderamente amaba.

Mientras Adriana permanecía internada en el hospital bajo estricta observación médica, sus padres regresaron a la mansión con los rostros desencajados y el ambiente cargado de una pesadez asfixiante.

En cuanto cruzaron la puerta principal, mandaron llamar a los abuelos a la biblioteca privada, cerrando las grandes puertas de madera con doble seguro.

El padre de Adriana no anduvo con rodeos y soltó la bomba sin anestesia, explicándoles el atropellamiento, el legrado de emergencia y la trágica pérdida del bebé.

Los abuelos se quedaron pálidos, helados en sus asientos. No podían creer que su nieta consentida, la joven que trajeron desde Chicago para protegerla en su burbuja de cristal, hubiera estado embarazada en secreto y, mucho menos, que ahora se negara rotundamente a confesar la identidad del padre.

—Esto es una deshonra terrible para nuestro apellido —sentenció el padre de Adriana, caminando de un lado a otro con los puños cerrados—.

Si la alta sociedad de aquí se entera de que Adriana estuvo embarazada a los diecisiete años y perdió un hijo de un desconocido, nuestro prestigio en los negocios de aduanas se va a ir a la basura.

Y como ella no piensa hablar, tomé una decisión definitiva.

En cuanto los médicos la den de alta y su cuerpo se recupere por completo, Adriana se regresa a Chicago de inmediato.

Los abuelos intercambiaron una mirada de profundo dolor, pero el peso del estatus social y el orgullo familiar fueron más fuertes que su rol de protectores.

Tras un silencio sepulcral, asintieron con la cabeza de manera lenta.

Toda la familia, cegada por salvar las apariencias y el honor, estuvo de acuerdo en el castigo. Adriana sería expulsada del país.

Detrás de las puertas de la biblioteca, el eco de la drástica decisión comenzó a esparcirse por los rincones de la mansión.

Mauricio, quien se encontraba en el vivero limpiando las herramientas con el alma en un hilo, aún no sabía nada del legrado ni del embarazo, pero la angustia de saber que su amada estaba en un hospital lo estaba consumiendo vivo.

No imaginaba que el destino ya estaba firmando los papeles para separarlos a la fuerza, y que los días de su romance clandestino en México estaban contados.