El capricho de la heredera Capítulo 17
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Capítulo 17

Aprovechando que la atención de su familia se había desviado hacia otros asuntos de la empresa de aduanas, Adriana esperó el momento perfecto para actuar.

Sabiendo que una prueba de farmacia no sería suficiente para calmar su pánico, se vistió con ropa discreta, se colocó unas gafas oscuras y salió de la mansión a escondidas, saltándose la seguridad de las rejas.

Tomó un taxi de la calle y le dictó la dirección de un laboratorio clínico privado al otro lado de la ciudad, un lugar donde nadie la conocía.

Al llegar, con el corazón golpeándole con fuerza el pecho, solicitó una prueba de embarazo mediante análisis de sangre.

El pinchazo de la aguja en el brazo apenas la hizo pestañear; su mente estaba demasiado ocupada procesando el terror a lo que vendría.

Una vez que la enfermera terminó de etiquetar el tubo con su muestra, le dio las opciones para recibir los resultados.

—Se los podemos entregar impresos aquí mismo en veinticuatro horas, señorita, o si lo prefiere, se los podemos enviar directamente a su correo electrónico en cuanto estén listos —le informó la recepcionista.

—Por correo, por favor. Envíenlos a mi correo —respondió Adriana de inmediato con voz firme pero apresurada.

Tener un papel físico rondando por la mansión era un boleto directo a ser descubierta. Tras pagar el servicio, Adriana abordó otro taxi y regresó a la propiedad familiar con sigilo, logrando escabullirse de vuelta hasta su habitación sin que absolutamente nadie en la casa notara su ausencia.

Mientras tanto, en el área de servicio, la rutina de la mañana continuaba.

Sandra entró a las cocinas a paso rápido tras haber terminado de limpiar el pasillo del baño de la planta baja.

Llevaba el rostro lleno de asombro y curiosidad, ansiosa por soltar la noticia de lo que había presenciado temprano.

—No saben lo que pasó en el desayuno —soltó Sandra en un susurro pesado, acercándose a Estela mientras dejaba una bandeja—.

La señorita Adriana apenas vio los chilaquiles y salió corriendo directo al baño.

Estuvo vomitando horrible. Sus papás dicen que seguro se intoxicó con algo de la calle, pero se puso blanquísima.

Sentado en la mesa de la cocina con sus apuntes de la universidad, Mauricio escuchó las palabras de Sandra y detuvo su bolígrafo en seco.

Una punzada de profunda preocupación le atravesó el pecho.

Su mente viajó de inmediato a Adriana, recordando lo delicada que era y lo mucho que odiaba sentirse mal.

Le dio una rabia tremenda no poder subir a la casa principal para abrazarla, cuidarla o preguntarle cómo se sentía frente a todos.

Sin embargo, a pesar de su angustia, la mente de Mauricio seguía completamente en blanco respecto a la verdadera razón del malestar.

Él pensaba, al igual que los patrones, que se trataba de una simple infección estomacal o de una mala digestión.

Jamás, ni en sus pensamientos más remotos, se le cruzaba por la cabeza la idea de que Adriana acababa de salir a escondidas a hacerse unos análisis clínicos, aterrorizada ante la inminente sospecha de que iban a convertirse en padres.

Las veinticuatro horas de espera para el correo electrónico ya habían comenzado a correr.

El encierro en su habitación se convirtió en una tortura psicológica para Adriana.

Desesperada por el peso del secreto, tomó su celular y llamó a Victoria por videollamada.

Con la voz entrecortada y las lágrimas contenidas, le confesó todo: las náuseas del desayuno, la ausencia de su período, la falta de protección en sus encuentros y, finalmente, la prueba de sangre que se había hecho a escondidas.

Su amiga se quedó sin palabras al otro lado de la pantalla, asombrada de que el juego del gato y el ratón hubiera escalado a un nivel tan irreversible.

Justo cuando colgaba la llamada, el sonido de la perilla la hizo reaccionar.

Su madre entró a la recámara con el semblante lleno de preocupación, buscando saber si su salud había mejorado tras el desmayo estomacal de la mañana anterior.

Sin embargo, al observar a Adriana, la mujer la notó aún peor: tenía los ojos desorbitados, las manos le temblaban visiblemente y se movía de un lado a otro con un nerviosismo eléctrico que no podía disimular.

La espera del resultado clínico la estaba consumiendo viva.

—Adriana, mi amor, te veo muy mal —dijo su madre, acercándose para tocarle la frente—. Sigues pálida y estás sumamente alterada. ¿Segura que no quieres que vayamos al hospital? Esto ya no parece una simple infección.

Adriana tragó saliva con dificultad, forzando una sonrisa ensayada para no levantar más sospechas. Se abrazó a sus propias piernas y respiró hondo, intentando que su voz sonara firme.

—Estoy bien, mamá, de verdad... Es solo que no he podido dormir bien por la presión de los proyectos del colegio. El estómago ya se me calmó, solo necesito descansar un poco más a solas, por favor.

Tras insistir unos minutos más, su madre terminó por creerle y abandonó la habitación, pidiéndole que bajara a cenar algo ligero más tarde.

En cuanto la puerta se cerró, el silencio volvió a caer sobre Adriana.

Las horas siguientes pasaron con una lentitud insoportable, casi cruel.

La joven no dejaba de dar vueltas en la cama, mirando el techo y preguntándose en qué iba a parar toda esta locura, cómo reaccionarían sus padres y qué pasaría con Mauricio si la verdad salía a la luz.

Finalmente, las veinticuatro horas de agonía se cumplieron.

El sol de la mañana siguiente iluminaba la recámara cuando el celular de Adriana emitió una vibración corta sobre el buró, acompañada del sonido de una nueva notificación.

Un correo electrónico del laboratorio clínico privado acababa de ingresar.

A Adriana se le congeló la sangre en las venas.

Con los dedos completamente entumecidos por el terror, tomó el aparato y desbloqueó la pantalla.

Abrió el mensaje y descargó el archivo adjunto en formato PDF.

Sus ojos recorrieron rápidamente los términos médicos y los rangos de referencia hasta que se detuvieron en la línea definitiva de la conclusión.

La palabra impresa en letras negras parpadeó ante su vista con una claridad aterradora:

RESULTADO: POSITIVO.

El teléfono casi se le cae de las manos.

Adriana se llevó una mano a la boca para ahogar un grito de pánico mientras las lágrimas comenzaban a correr libremente por sus mejillas.

Ya no había dudas, ni suposiciones, ni berrinches que pudieran cambiar la realidad: la rica, caprichosa y soberbia chica de Chicago estaba embarazada del hijo de los empleados de sus abuelos.

La palabra "POSITIVO" impresa en la pantalla del celular parpadeó ante los ojos de Adriana como una sentencia de la que no podía escapar.

El pánico absoluto le oprimió el pecho, el aire se le esfumó de los pulmones y el mundo comenzó a darle vueltas a una velocidad vertiginosa.

Su cuerpo, superado por el impacto emocional y físico, no resistió más; la pantalla de su teléfono se apagó mientras ella se desplomaba de golpe, cayendo inconsciente sobre la alfombra de su habitación.

Minutos más tarde, la abuela Angélica entró a la recámara sin tocar para llevarle un té, y el grito de horror que soltó resonó por los pasillos al encontrar a su nieta tirada e inmóvil en el suelo.

Los padres de Adriana subieron corriendo las escaleras a toda velocidad.

Presos de la desesperación y dándose cuenta de que la supuesta infección estomacal se había convertido en algo mucho más grave, el padre de Adriana la tomó en brazos con firmeza,

bajó los escalones a paso apresurado y la subió a la parte trasera del automóvil familiar para arrancar de emergencia rumbo al hospital.

En la planta baja, Sandra, que siempre se las ingeniaba para estar atenta a cada movimiento de la mansión, presenció la caótica escena desde el ventanal del pasillo. Con el rostro lleno de asombro, corrió directo a las cocinas a soltar el chisme.

—¡No saben lo que acaba de pasar! —exclamó Sandra con la voz entrecortada, dejando unos trapos sobre la barra—. ¿Qué le pasará a la señorita Adriana? El patrón la acaba de sacar cargando de la casa, desmayada por completo. Se la llevaron de urgencia mal al hospital.

Estela, que se encontraba acomodando unas vasijas, se dio la vuelta de inmediato y le clavó una mirada sumamente severa.

—¡Ya basta, Sandra! Deja a la familia en paz de una buena vez y ponte a trabajar —le ordenó en un susurro firme y cortante, intentando aplacar la plática antes de que fuera peor.

Justo en ese preciso instante, Mauricio estaba a punto de cruzar las puertas batientes de la cocina para buscar sus llaves.

Al escuchar las palabras de Sandra, se detuvo en seco en el pasillo, sintiendo que el corazón se le congelaba del puro terror.

Su preocupación por Adriana escaló a niveles insoportables; se moría de ganas de salir corriendo detrás de la camioneta de los patrones, de estar con ella y protegerla, pero sabía que no tenía el derecho ni el poder de hacerlo.

Con la mandíbula tensa y tragándose la angustia, no dijo una sola palabra; dio la media vuelta en silencio y se marchó con el alma en un hilo rumbo al vivero para intentar procesar su dolor a solas.

Mientras tanto, en la carretera, el movimiento brusco del automóvil y el aire acondicionado hicieron que Adriana comenzara a recuperar el conocimiento. Abrió los ojos despacio, parpadeando con dificultad ante el mareo que aún sentía.

—¿Dónde estoy?... —masculló con un hilo de voz, tocándose la cabeza.

—En el auto, mi amor. Te desmayaste en tu cuarto —respondió su madre desde el asiento del copiloto, volteando a verla con los ojos llenos de lágrimas—. Quédate tranquila, ya vamos directo al hospital para que un médico te revise a fondo de una vez por conocer qué tienes.

Al escuchar la palabra "hospital", el recuerdo del correo electrónico y el resultado positivo golpearon la mente de Adriana como un rayo.

El pánico regresó con el doble de fuerza.

Si ponía un pie en esa clínica, el médico le haría estudios de sangre obligatorios, el embarazo saldría a la luz frente a sus padres y la vida de Mauricio y la suya se destruirían esa misma tarde.

Adriana se incorporó de golpe en el asiento trasero, respirando de forma caótica.

—¡No! ¡No quiero ir a ningún hospital! —gritó con una desesperación real que asustó a sus familiares—. ¡Para el coche, papá! ¡Te digo que pares el coche ahora mismo! ¡No me voy a bajar en ese lugar!

Sus padres intercambiaron una mirada de absoluto desconcierto y alarma por el espejo retrovisor.

Vieron a Adriana completamente fuera de sí, alterada al extremo, llorando y golpeando el respaldo del asiento con una fuerza nacida del puro terror de ver su secreto descubierto.

El viaje al hospital se estaba convirtiendo en una zona de guerra.