Capítulo 16
El resto del día transcurrió bajo un calor sofocante.
Al ser fin de semana, Adriana no tenía que preocuparse por las clases vespertinas, así que decidió instalarse en el área de la piscina exterior para refrescarse y dejar que las horas pasaran.
Con la mansión aún vacía por el viaje de su familia, la joven se sentía la dueña absoluta de la propiedad.
Después de un rato bajo el sol, Adriana sintió sed.
Levantó su teléfono interno y llamó a la cocina para ordenar que le llevaran un vaso de jugo bien frío.
En ese momento, Sandra se encontraba inmersa en la limpieza profunda de los grandes comedores, por lo que Estela decidió tomar la bandeja de plata con el vaso de cristal y llevar el pedido ella misma.
Con paso pausado y silencioso, la cocinera cruzó los jardines traseros rumbo a la alberca.
Sin embargo, antes de que Adriana notara su presencia, Estela se detuvo en seco bajo la sombra de un arco de piedra.
Su mirada se fijó por completo en la nieta de los patrones.
Adriana estaba recostada en su camastro, pero no estaba dormida ni leyendo.
Tenía los ojos fijos en un punto muy específico al fondo del jardín: en la pequeña banca de madera cerca del vivero.
Ahí se encontraba Mauricio, completamente ajeno a su entorno, concentrado y estudiando con un libro grueso de derecho internacional sobre las piernas.
Adriana lo observaba con una fijeza abrumadora, con una sonrisa ligera y un brillo de adoración en la mirada que iba mucho más allá de una simple distracción.
No dejaba de mirarlo ni por un segundo, devorándolo con los ojos a la distancia.
Cuando Estela dio unos pasos más haciendo crujir la grava a propósito, Adriana reaccionó al instante.
Dio un brinco sutil en el camastro y se volteó con notable nerviosismo hacia su madre, acomodándose las gafas de sol a toda velocidad en un intento desesperado por ocultar hacia dónde estaba apuntando su mirada.
—Aquí tiene su jugo, señorita Adriana —dijo Estela con su habitual tono amable y sumiso, colocando el vaso en la pequeña mesa lateral—. ¿Se le ofrece algo más?
—No, gracias, Estela... Ya te puedes retirar —respondió Adriana con una voz un poco atropellada, fingiendo desinterés mientras tomaba el vaso con manos temblorosas.
Estela asintió con una breve reverencia y dio la media vuelta para regresar a las cocinas.
Mientras caminaba de vuelta, el estómago se le revolvió por completo del puro impacto.
En ese preciso segundo, la intuición de madre ató todos los cabos sueltos: la cama fría e intacta de Mauricio en la madrugada, la playera arrugada con la que supuestamente "salió a caminar temprano" y, ahora, esa mirada secreta y cargada de intimidad por parte de la señorita Adriana.
La verdad la golpeó con fuerza. Su hijo y la nieta de los patrones estaban metidos en un romance clandestino dentro de esa misma casa, justo bajo las narices de todos.
Estela sintió un miedo tremendo; sabía perfectamente que si los señores regresaban de su viaje y descubrían lo que estaba pasando, el futuro brillante de Mauricio en la universidad se destruiría en un segundo y su familia sería expulsada de la mansión con total deshonra.
Los días siguientes transcurrieron envueltos en una tensa pero emocionante normalidad.
Estela, guiada por su infalible instinto de madre, no les quitaba los ojos de encima.
Observaba cada paso de su hijo Mauricio y cada gesto de la señorita Adriana, manteniéndose en una discreta pero constante vigilancia para confirmar al cien por ciento lo que ya sospechaba.
Sin embargo, el amor y el deseo entre la pareja eran más fuertes que el miedo a ser descubiertos.
Desafiando el peligro y la mirada atenta de la cocinera, Adriana y Mauricio continuaron con su romance clandestino.
Se las ingeniaban para escapar de la mansión cada vez que tenían una oportunidad, refugiándose en la casa deshabitada de los abuelos para entregarse por completo el uno al otro, consolidando un lazo que sentían indestructible.
Una mañana, el sol iluminó el imponente comedor principal de la mansión.
Los padres y los abuelos de Adriana ya habían regresado de su viaje y se encontraban en la mesa conversando sobre los negocios de aduanas.
Adriana bajó las escaleras luciendo un poco pálida y cansada, pero se sentó en su lugar habitual intentando sonreír para no levantar sospechas.
Sandra entró al comedor sosteniendo una bandeja de plata y colocó frente a Adriana un plato humeante de chilaquiles con crema y queso, su desayuno favorito.
Sin embargo, en cuanto el intenso aroma del chile y las especias llegó a la nariz de Adriana, algo extraño sucedió en su cuerpo.
Un frío repentino le recorrió la espalda y su estómago se revolvió por completo con una violencia que jamás había sentido.
El asco fue tan inmediato y abrumador que Adriana ni siquiera pudo articular una palabra de disculpa.
Se llevó una mano a la boca, se puso de pie tirando la silla hacia atrás y corrió a toda velocidad por el pasillo directo al baño de la planta baja.
Al cruzar la puerta, se arrodilló frente al retrete y comenzó a vomitar con desesperación, temblando por completo.
En el comedor, la familia se quedó estática por la sorpresa, mirando hacia el pasillo con preocupación.
Mientras tanto, detrás de las puertas de la cocina, Estela, que lo había estado observando todo a través de la rendija, sintió que el corazón se le detenía.
El rompecabezas en su mente se completó con una pieza nueva y aterradora.
Aquello no era un simple malestar estomacal; era el primer síntoma de algo que pondría el mundo de todos por completo de cabeza.
El eco de las náuseas de Adriana en el baño de la planta baja alertó a toda la familia. Su madre y su abuela Angélica se pusieron de pie de inmediato y corrieron hacia el pasillo, encontrando a la joven pálida, temblorosa y apoyada contra la pared del tocador.
—¡Adriana, por Dios! Estás blanca como un papel —exclamó su madre con evidente preocupación, tomándola de los hombros—. Esto no es normal. Seguro fue una intoxicación por algo que comiste ayer en la calle.
—Sí, hija, tu madre tiene razón —intervino el padre desde la puerta, cruzándose de brazos con semblante serio—. Vamos a llamar al médico de la familia ahora mismo o te llevamos al hospital para que te revisen. No podemos dejarte así.
Al escuchar la palabra "doctor", el mundo de Adriana se detuvo por completo. Una punzada de pánico real, mucho más fría que el asco físico, le recorrió la espina dorsal.
—¡No! —respondió Adriana de golpe, alzando la voz con un toque de desesperación que intentó camuflar como un berrinche—. No quiero ir a ningún doctor, papá. Detesto los hospitales. No tengo nada, en serio. Solo fue un asco pasajero, seguro el queso de los chilaquiles me cayó pesado. Déjenme en paz.
A pesar de las insistencias y los reclamos de sus padres, Adriana se opuso con garras y dientes a recibir atención médica, logrando convencerlos de mala gana de que solo necesitaba subir a su habitación a descansar unas horas.
Una vez que logró cerrar la puerta de su recámara con seguro, Adriana se desplomó de espaldas contra la madera, respirando de prisa.
El corazón le latía a un ritmo desbocado.
Con las manos temblorosas, caminó hacia su clóset y tomó su calendario personal en el celular.
Al revisar las fechas, la realidad la golpeó como un balde de agua helada: su período tenía muchísimo tiempo de retraso.
Habían pasado semanas desde la última vez.
Se llevó las manos a la cabeza, sintiendo que el techo se le venía encima.
Su mente viajó a toda velocidad a las tardes en el auto, a la madrugada en la mansión y, sobre todo, a las noches apasionadas en la casa secreta de los abuelos.
Recordó la urgencia y la entrega de cada encuentro.
En medio de toda esa adrenalina y el calor de su primera vez, jamás se habían detenido a pensar en las consecuencias. No se habían cuidado ni una sola vez.
Adriana se sentó en la orilla de la cama, mirando al vacío con los ojos abiertos por el terror.
La chica arrogante y consentida de Chicago acababa de desaparecer; ahora solo quedaba una joven de diecisiete años atrapada en un callejón sin salida, dándose cuenta de que llevaba en su vientre el fruto de su amor prohibido con el hijo de los empleados.