Capítulo 15
El regreso a la mansión al día siguiente exigió el doble de esfuerzo para mantener las apariencias.
Aunque por dentro desbordaban felicidad tras haber compartido su primera vez, Adriana y Mauricio sabían que un solo paso en falso destruiría el secreto.
Al cruzar la puerta principal, Adriana saludó a sus padres con su habitual tono aburrido, fingiendo estar cansada por el "proyecto escolar", y subió a su recámara.
Mauricio, por su parte, llevó las pocas cosas al área de servicio e intentó sumergirse de inmediato en sus libros de leyes.
Sin embargo, engañar a Estela resultó ser una tarea casi imposible.
Cuando Mauricio entró a la cocina por un vaso de agua, su madre lo observó en silencio desde la estufa.
Notó algo diferente en su postura: ya no se veía tenso o preocupado por la advertencia de la semana anterior.
Al contrario, había una paz profunda en sus ojos y una sonrisa ligera que intentaba ocultar a toda costa.
Estela apretó los labios con creciente preocupación; la intuición de madre le decía que su hijo ya había cruzado la línea, y el miedo a que los patrones descubrieran lo que fuera que estaba ocultando la puso en máxima alerta.
Por si fuera poco, el lunes por la tarde el ambiente en el colegio internacional se tornó igual de hostil.
La tregua tras la pelea del sábado de la semana pasada no había servido de nada; al contrario, Paulina regresó con más veneno que nunca, furiosa al ver que Adriana seguía siendo el centro de atención de todos los alumnos.
Los pasillos se convirtieron en un verdadero campo de minas. Cada vez que se cruzaban camino a los salones, las indirectas y los insultos no se hacían esperar.
—Vaya, miren quién llegó... La gringa consentida que cree que puede venir a mandar aquí —soltó Paulina en voz alta frente al casillero, rodeada de sus amigas.
Adriana se detuvo en seco, cerró la puerta de su casillero con un golpe seco y la miró de arriba abajo con una sonrisa despectiva llena de superioridad.
—Y miren quién sigue obsesionada conmigo —atacó Adriana, acomodándose la mochila con total parsimonia—. Consíguete una vida, Paulina. Se nota que te hace demasiada falta desde que te quité el trono.
Los murmullos de los estudiantes que presenciaban el choque encendían más los ánimos.
Paulina dio un paso al frente, con los puños cerrados del coraje, pero el timbre que anunciaba el inicio de las clases vespertinas las obligó a separarse, dejándose una última mirada de odio puro.
Ambas sabían que la guerra seguía abierta y que cualquiera de las dos usaría el menor descuido de la otra para destruirla por completo.
La oportunidad perfecta que Adriana tanto esperaba llegó de golpe.
Por motivos de negocios de la empresa de aduanas, sus padres y sus abuelos tuvieron que salir de viaje de emergencia por unos días, dejando a la joven completamente sola en la imponente mansión.
En cuanto las camionetas cruzaron las rejas de la propiedad, la mente calculadora de Adriana se puso a trabajar.
No pensaba desperdiciar ni un segundo de esa libertad; era el momento ideal para tener a Mauricio solo para ella, dentro de la misma casa principal.
Al caer la noche, el silencio se apoderó de la residencia.
Adriana bajó las escaleras con paso firme y se dirigió directo a la cocina.
Allí se encontraba Estela terminando de limpiar las barras de granito, mientras Sandra guardaba los últimos utensilios del día.
En ese preciso instante, Mauricio entró al lugar buscando un vaso de agua.
Adriana ignoró olímpicamente a las sirvientas y fijó sus ojos en el joven, fingiendo una total seriedad escolar.
—Mauricio, qué bueno que te encuentro —soltó Adriana con un tono ensayado de urgencia—. Necesito que subas conmigo y me ayudes con algo de mi escuela que de plano no entiendo. Hay un proyecto de derecho internacional y sé que tú sabes de eso.
Mauricio captó la indirecta al segundo, sintiendo un vuelco de adrenalina en el pecho. Miró a su madre de reojo antes de asentir con la cabeza.
—Claro que sí, señorita Adriana. Con gusto la ayudo —respondió con su impecable tono profesional.
Antes de dar la vuelta, Adriana miró a las dos empleadas con aire de superioridad, dándoles la salida perfecta para quedarse a solas.
—Por cierto, Estela... ya te puedes ir a descansar a tu habitación en el jardín. Igual tú, Sandra. Ya terminaron sus labores de hoy, no las necesito más aquí adentro.
—Muchas gracias, señorita. Que pase buena noche —contestó Estela con una reverencia sumamente sumisa y amable, mientras Sandra asentía en silencio.
Ambas mujeres tomaron sus pertenencias y salieron de la cocina con rumbo al área de servicio exterior para descansar.
En cuanto escucharon la puerta trasera cerrarse, Adriana y Mauricio intercambiaron una mirada cómplice llena de fuego.
Subieron las escaleras a paso rápido, cuidando de no hacer ruido, y entraron a la enorme y lujosa habitación de la joven, cerrando la puerta con seguro.
Mauricio se dio la vuelta, cruzándose de brazos con una sonrisa divertida pero nerviosa.
—A ver, ahora sí... ¿En qué se supone que quieres que te ayude con tu escuela? —preguntó en un susurro varonil.
Adriana soltó una carcajada suave y escandalosa, burlándose descaradamente de su pregunta mientras caminaba hacia él con paso felino.
—Ay, Mau... ¿Eres tonto o qué? —rio ella, rodeándole el cuello con los brazos—. No necesito ayuda con absolutamente nada. Pero no supe qué otra mentira inventar para traerte aquí arriba. Tengo la casa sola para nosotros dos.
Mauricio no pudo contener una sonrisa ladina ante la audacia de su patrona.
El deseo acumulado venció cualquier pizca de cordura.
La tomó firmemente de la cintura, pegándola a su cuerpo, y comenzó a besarla con una pasión desbordante.
Adriana le correspondió con la misma urgencia, desabrochándole la playera en medio de la penumbra de la recámara.
Sin miedos, sin barreras y con toda la mansión a su disposición, se entregaron el uno al otro una vez más, pasando una noche inolvidable y llena de complicidad bajo las sábanas de seda.
Cuando la tormenta de pasión finalmente se calmó en medio de la noche, Mauricio comenzó a buscar sus prendas esparcidas por la alfombra. El peso de la responsabilidad regresó a su mente.
—Me tengo que ir, Adriana —le susurró en la penumbra, intentando ponerse la playera—. Es demasiado peligroso que me quede aquí hasta el amanecer.
Adriana estiró la mano de golpe, lo tomó firmemente del brazo y lo jaló de vuelta hacia las sábanas de seda, abrazándose a su torso con posesión.
—No... No te vayas —le pidió mirándolo fijamente a los ojos con un mohín caprichoso—. Quédate a dormir conmigo esta noche. Tenemos la casa sola, no va a pasar nada.
Mauricio observó su rostro y, contagiado por el deseo de no separarse de ella, cometió el peor error de todos: cedió a su capricho y se acomodó a su lado, quedándose profundamente dormido hasta la mañana siguiente.
Los primeros rayos del sol tropical despertaron a Estela muy temprano en el área de servicio exterior.
Con la sospecha de los días anteriores dándole vueltas en la cabeza, decidió ir directamente a la habitación de su hijo antes de comenzar a preparar el desayuno en la cocina principal.
Al abrir la puerta de la recámara de Mauricio, la sangre se le congeló.
El cuarto estaba completamente vacío. Se acercó al colchón y comprobó que la cama estaba perfectamente tendida, fría y sin el menor rastro de que alguien hubiera dormido allí.
Mientras tanto, en la casa principal, un sobresaltado Mauricio vio la hora en su celular y sintió un vuelco en el estómago.
¡Ya había amanecido! Se vistió a toda velocidad con la misma ropa del día anterior, se despidió de Adriana con un beso apresurado en los labios y bajó las escaleras a paso de tortuga.
Salió de la mansión con sigilo y caminó rápido por los jardines traseros hasta llegar a su recámara en el área de servicio.
Sin embargo, apenas cruzó el umbral y cerró la puerta intentando regular su respiración, escuchó tres golpes firmes en la madera. La puerta se abrió de inmediato y Estela entró con el rostro endurecido por la sospecha.
—¿Dónde estabas, Mauricio? —le soltó su madre sin rodeos, mirándolo fijamente de arriba abajo.
—Pues aquí, mamá... ¿dónde más? —contestó él, forzando un tono de voz calmado y rascándose la nuca con notable nerviosismo.
—Claro que no —le reclamó Estela con severidad, dando un paso al frente—. Acabo de venir a buscarte hace unos minutos y no estabas. Y tu cama estaba intacta, igual que ayer en la tarde. No dormiste aquí.
Mauricio sintió que el mundo se le venía encima, pero la adrenalina lo obligó a improvisar una respuesta rápida para salvar el pellejo.
—Mamá... si no estaba aquí adentro es porque estaba afuera caminando. Me desperté sumamente temprano por la presión de mis exámenes de derecho y, como no podía conciliar el sueño, me levanté a dar una vuelta por los terrenos de la mansión.
Estela entornó los ojos, clavándole una mirada fulminante.
—¿Y andas caminando con la misma ropa de ayer? —lo acorraló, señalando su playera arrugada.
Mauricio tragó saliva en seco, manteniendo el tipo como el estudiante de leyes que era.
—Mira, mamá... ¿por qué te mentiría? Traigo esta ropa porque al levantarme me dio flojera buscar otra limpia en el clóset. Pensé que no importaba porque solo saldría a caminar aquí adentro. Pero te lo juro, yo aquí dormí.
Estela se le quedó mirando en silencio por unos segundos eternos, analizando cada milímetro de su rostro nervioso.
Soltó un suspiro pesado y, sin decir una sola palabra más, dio la vuelta y salió de la habitación.
Sin embargo, al cruzar el pasillo hacia las cocinas, el corazón de madre le dictó la sentencia definitiva: sabía perfectamente que su hijo le estaba mintiendo descaradamente.
Y estaba decidida a averiguar con quién había pasado la noche.