El capricho de la heredera Capítulo 14
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Capítulo 14

Llegó el tan esperado sábado. Al ser fin de semana, Adriana no tenía que preocuparse por las clases y, tras varias llamadas secretas con Victoria, terminaron de pulir la estrategia perfecta.

Adriana bajó al comedor principal con su mejor rostro de alumna dedicada y encaró a sus padres.

Les mintió descaradamente diciendo que esa noche se reuniría en casa de unas compañeras para avanzar en un importante proyecto final del colegio.

Como era de esperarse, sus padres le creyeron por completo y, repitiendo la rutina de seguridad de siempre, le ordenaron a Mauricio que la llevara y la trajera de vuelta sana y salva.

Cuando Adriana subió al automóvil, la adrenalina le hacía latir el corazón con fuerza.

Le dictó una dirección exacta a Mauricio, quien condujo por las calles de la ciudad pensando que realmente la dejaba en un trabajo escolar.

Sin embargo, al detener el vehículo frente a una elegante y solitaria residencia, se dio cuenta de que el lugar estaba completamente a oscuras.

No había rastro de ninguna reunión de estudiantes.

Adriana se desabrochó el cinturón, lo miró con una sonrisa llena de picardía y bajó del auto.

—Bájate, Mau —le ordenó en voz baja, abriendo la puerta del copiloto—. Ven conmigo.

Mauricio bajó del vehículo, confundido. Vio con asombro cómo Adriana sacaba un juego de llaves de su costosa bolsa y abría la puerta principal de la propiedad con total familiaridad.

Aquella casa también pertenecía a sus abuelos, pero estaba deshabitada por temporadas.

Adriana se las había ingeniado para robarse las llaves de la oficina de la mansión con tal de asegurar su propio nido de amor clandestino.

Al cruzar el umbral y encender las luces de la estancia, Mauricio se quedó estático, mirando a su alrededor con los ojos abiertos de par en par. No podía creer la audacia de la joven.

—¿Estás loca, Adriana? —masculló Mauricio con la voz ronca, cerrando la puerta detrás de él—. Te robaste las llaves de tus abuelos... Inventaste todo esto solo para que estuviéramos solos. Si se enteran, esto sí que no nos lo van a perdonar.

—Te dije que buscaría un lugar, Mau, y yo siempre cumplo lo que prometo —respondió ella con paso lento y sugerente, deshaciéndose de su chamarra—. Deja de preocuparte por mis abuelos. Aquí no hay nadie que nos vigile, ni tu mamá, ni la sirvienta, ni mis papás. Solo somos tú y yo.

Adriana caminó con paso firme hacia el mueble bar de la propiedad.

Con total parsimonia, sacó dos copas de cristal relucientes y una botella de vino tinto que sus abuelos guardaban para las ocasiones especiales.

Destapó la botella, sirvió el líquido oscuro en ambas copas y le extendió una a Mauricio, sosteniéndole la mirada con una intensidad que derretía cualquier rastro de cordura.

Ambos tomaron asiento en el gran sofá de la sala y comenzaron a beber lentamente, dejando que el calor del vino y la intimidad del lugar encendieran una atmósfera sumamente peligrosa.

La tregua de "solo besos" estaba a punto de caducar en esa casa vacía.

El calor del vino tinto comenzó a hacer su efecto, relajando los cuerpos y borrando los últimos rastros de duda en la mente de Mauricio.

La luz tenue de la sala creaba un ambiente íntimo y privado, un refugio perfecto donde el resto del mundo simplemente dejó de existir.

Dejaron las copas de cristal sobre la mesa de centro y se miraron fijamente a los ojos.

Ya no había prisa, ni el miedo constante a que alguien abriera la puerta, ni las advertencias de Estela resonando en las paredes.

Adriana se acercó despacio y le rodeó el cuello con los brazos, buscando sus labios.

Mauricio la recibió con un beso que empezó siendo suave y tierno, pero que rápidamente se transformó en un derroche de pasión contenida durante semanas.

La tomó firmemente de la cintura y la apegó a su pecho, sintiendo cómo el corazón de ambos latía al mismo ritmo acelerado.

Con total delicadeza, Mauricio comenzó a deshacerse de las prendas de Adriana, recorriendo su piel con las manos trabajadoras que tantas veces ella había intentado esquivar por orgullo.

Esta vez, Adriana no se alejó; al contrario, se entregó por completo a sus caricias, desabrochando la camisa de Mauricio para sentir el calor de su torso.

Se trasladaron lentamente hacia la habitación principal de la residencia.

En la penumbra del cuarto, iluminados únicamente por los destellos de la luna que entraban por la ventana, se despojaron de las últimas barreras y se entregaron el uno al otro por primera vez.

Fue un momento de absoluta pasión, pero también de una profunda ternura.

Mauricio la cuidó en cada instante, demostrándole con cada caricia y cada beso que la deseaba como a nadie en el mundo, mientras que Adriana descubrió un sentimiento real y limpio, dándose cuenta de que Mauricio ya no era un simple capricho o un juguete para entretenerse en su encierro;

se estaba enamorando de él de verdad.

Horas más tarde, el silencio de la madrugada los envolvió mientras descansaban abrazados entre las sábanas.

Adriana apoyaba la cabeza en el pecho de Mauricio, escuchando sus latidos tranquilos, mientras él le acariciaba el cabello con suavidad.

La línea prohibida no solo se había cruzado, sino que se había borrado para siempre.

Sabían que al regresar a la mansión tendrían que volver a interpretar el papel de jefa y empleado, pero en esa cama deshecha, eran simplemente un hombre y una mujer amándose en secreto.