Capítulo 13
En cuanto cruzó las rejas de la mansión, Mauricio respiró aliviado de estar de vuelta, aunque los nervios le seguían carcomiendo el pecho.
Se despidió de Sandra con una disculpa forzada y se dirigió directo a su recámara en el área de servicio.
Sacó su celular a toda prisa y le mandó un mensaje corto a Adriana: “Ya llegué”.
Al otro lado de la propiedad, en la planta alta de la casa principal, Adriana vio la notificación y sonrió con malicia. El plan avanzaba tal como ella quería.
Las horas pasaron y la medianoche envolvió a la imponente mansión en un silencio sepulcral.
Todos los patrones y los empleados se encontraban profundamente dormidos.
En su habitación, Mauricio intentaba concentrarse en sus libros de derecho, pero la mente no dejaba de jugarle malas pasadas, recordándole las fotografías de Adriana.
De pronto, un sutil crujido en la madera de la puerta exterior lo puso en alerta.
Mauricio aguzó el oído, conteniendo la respiración.
La perilla giró lentamente y la puerta se abrió en un susurro.
Entre las sombras de la madrugada, la silueta de Adriana apareció, vistiendo una bata ligera de seda que resaltaba su figura.
Mauricio se puso de pie de un salto, con el corazón golpeándole con fuerza las costillas. Cerró la puerta detrás de ella con prisa y la tomó de las muñecas, mirándola con desesperación.
—¿Qué haces aquí, Adriana? —le reclamó en un susurro tenso—. Te dije claramente por mensaje que no vinieras. No voy a arriesgarme a que nos cachen en la mansión.
Adriana soltó una risita suave y coqueta, deshaciéndose de su agarre con total parsimonia. Dio un paso hacia él, obligándolo a retroceder hasta chocar con el borde de su cama.
—Pues te dije que volverías y que nos divertiríamos un poco —respondió ella con una mirada felina, acariciándole el pecho sobre la playera—. Y aquí estoy. Yo siempre cumplo mis caprichos.
—¡Estás loca! —masculló Mauricio, mirando de reojo hacia la ventana—. ¿Qué tal si alguien te vio cruzar los jardines para entrar aquí? Si mi mamá o tu abuela se despiertan, estamos acabados.
—El único loco aquí eres tú, Mau —susurró Adriana, acortando la distancia por completo—. Es la madrugada. A esta hora todos están en el quinto sueño. Nadie nos vio.
Antes de que Mauricio pudiera lanzar otra advertencia o poner una nueva barrera, Adriana se puso de puntillas, le rodeó el cuello con los brazos y lo atrapó en un beso profundo, urgente y cargada de una pasión posesiva.
El contacto de sus labios eliminó de golpe toda la resistencia que el joven había intentado construir durante el día.
Contagiado por la adrenalina del peligro y el deseo incontrolable que sentía por ella, Mauricio no se opuso.
La tomó firmemente de la cintura, pegando su cuerpo contra el de ella, y le correspondió el beso con la misma intensidad desbordante, rindiéndose por completo a la tentación de su amor secreto en medio de la penumbra.
Las cosas no terminaron con un simple beso.
La adrenalina de la madrugada y el deseo contenido durante semanas los arrastraron por completo, elevando la pasión a un nivel que no habían experimentado antes.
Las caricias se volvieron urgentes, la respiración de ambos se tornó pesada y, en medio de la penumbra de la habitación, comenzaron a despojarse de las prendas hasta quedarse casi sin ropa sobre la cama.
Estuvieron a punto de entregarse por completo el uno al otro.
Sin embargo, justo en el momento más intenso, cuando estaban a un paso de tener relaciones, la cordura de Mauricio se encendió como una alarma ensordecedora.
Pensar en el riesgo de que alguien tocara la puerta en ese preciso instante lo hizo reaccionar.
Con un enorme esfuerzo físico, se apartó lentamente, sentándose en el borde del colchón mientras intentaba recuperar el aire.
—No... Espera —dijo Mauricio con la voz ronca por la agitación, pasándose las manos por el rostro—. Aquí no, Adriana. No quiero que nos cachen. Sería el fin de todo.
Adriana, respirando con dificultad y con el corazón latiéndole a mil por hora, se incorporó sobre las sábanas. Aunque la frustración la invadió por un segundo, la firmeza en los ojos de Mauricio la hizo comprender que no era un rechazo hacia ella, sino miedo a perderlo todo.
—¿Entonces dónde? —le preguntó en un susurro suave, mirándolo fijamente—. Yo quiero estar contigo, Mau.
—Y yo contigo... Te lo juro —respondió él, dándose la vuelta para sostenerle la mirada con una intensidad que la hizo temblar—. Pero aquí no. Buscaremos otro lugar, lejos de esta casa.
Adriana asintió lentamente, aceptando sus razones.
Se puso de pie con total parsimonia y comenzó a vestirse en silencio, colocándose la bata de seda fina.
Antes de cruzar el umbral, se acercó a él para darle un último beso, tierno pero cargada de una promesa silenciosa.
Salió de la habitación como una sombra y cruzó los jardines a paso rápido, logrando regresar a su recámara en la casa principal sin levantar la más mínima sospecha.
Mientras tanto, en el área de servicio, Mauricio se quedó sentado en la cama, completamente abrumado.
Sentía que el cuerpo le quemaba y la imagen de Adriana sin ropa seguía fija en su mente, impidiéndole conciliar el sueño.
Sabiendo que no se dormiría de esa manera, se puso de pie y se metió directo a la ducha.
Tuvo que darse un baño con agua fría para calmar los latidos de su corazón y bajar la temperatura de su cuerpo.
Solo así, horas más tarde, logró cerrar los ojos en medio de la madrugada, sabiendo que el secreto se estaba volviendo demasiado grande para contenerlo.
La nueva semana comenzó con una calma aparente, pero para Mauricio, la presión interna se estaba volviendo insoportable.
Los trayectos al colegio seguían repletos de besos clandestinos y promesas en susurros, pero el verdadero desafío comenzaba al cruzar de vuelta las rejas de la mansión.
Mauricio se la pasaba pegado al teléfono, respondiendo los constantes mensajes de Adriana y esperando con ansias cualquier señal de ella.
Ese cambio tan drástico no pasó desapercibido para Estela.
Como madre, conocía a su hijo mejor que nadie.
Mauricio siempre había sido un joven centrado, enfocado al cien por ciento en sus libros de derecho y en ayudar en la casa; el celular para él era solo una herramienta de estudio.
Verlo ahora sonreír frente a la pantalla a altas horas de la noche, esconder el aparato con nerviosismo cada vez que alguien entraba a la cocina y revisar las notificaciones cada cinco minutos encendió todas sus alarmas.
Una mañana, mientras Estela preparaba el almuerzo de los patrones y Mauricio tomaba un vaso de agua en la barra, el celular del joven vibró sobre el granito. Mauricio estiró la mano de inmediato para tomarlo, pero la mirada severa de su madre lo detuvo en seco.
Estela dejó el cuchillo sobre la tabla de picar, se limpió las manos en el delantal y lo miró fijamente, con los ojos entrecerrados llenos de sospecha.
—Mauricio... ¿Se puede saber qué tanto ves en ese aparato? —le preguntó con voz pausada pero firme—. Últimamente te noto muy raro. Nunca habías sido así con el celular. Te la pasas ido, sonriendo como tonto al aire y escondiendo la pantalla.
Mauricio tragó saliva, sintiendo que el vaso de agua se le congelaba en la mano. Intentó forzar su mejor cara de inocencia para no levantar más sospechas.
—No es nada, mamá —mintió, bloqueando el teléfono con disimulo—. Son solo cosas de la universidad. Ya sabes que los profesores mandan correos a cada rato y los grupos de la escuela no dejan de sonar por los proyectos finales.
Estela no se tragó el cuento tan fácil. Dio un paso hacia él, cruzándose de brazos con esa sabiduría que solo tienen las madres.
—A mí no me hagas tonta, hijo. Yo sé perfectamente cuándo estudias y cuándo estás distraído.
Ese brillo en los ojos no es por ninguna materia de derecho.
Pareces un muchacho enamorado... o metido en un problema muy grande.
Y espero, por el bien de esta familia, que no sea lo segundo.
Recuerda dónde estamos parados y quiénes somos en esta casa.
Las palabras de Estela cayeron como un balde de agua fría sobre Mauricio. Sabía que su madre tenía un instinto infalible y que, si seguía descuidándose de esa manera, el secreto con Adriana saldría a la luz mucho antes de lo planeado.