El capricho de la heredera Capítulo 12
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Capítulo 12

El domingo por la tarde, el automóvil familiar emprendió el viaje de regreso desde Puerto Vallarta rumbo a la mansión.

Sin embargo, la atmósfera dentro del vehículo era completamente opuesta a la del viernes.

La barrera de hielo se había roto y la complicidad llenaba el espacio.

Aprovechando que la carretera les regalaba largas horas a solas, el trayecto se convirtió en una aventura clandestina.

Cada vez que Mauricio tenía que detenerse en una caseta de cobro vacía, en un semáforo largo o en alguna parada para cargar gasolina, Adriana se inclinaba hacia el asiento delantero y ambos se fundían en besos apasionados y robados, disfrutando de la adrenalina de su amor secreto.

Al caer la noche, las luces de la imponente mansión familiar los recibieron de vuelta. Mauricio estacionó el auto y se encargó de bajar las maletas, recuperando de inmediato su postura seria y profesional para no levantar ninguna sospecha entre los empleados.

Adriana cruzó la puerta principal con una sonrisa radiante que no podía ocultar y un brillo en los ojos que jamás había tenido desde que llegó a México.

Al entrar al comedor para saludar, su madre, que se encontraba revisando unos documentos en la mesa, levantó la mirada y la observó con detenimiento, extrañada por su actitud.

—Vaya, Adriana... ¿Por qué tan feliz? —le preguntó su madre, enarcando una ceja—. Pensé que regresarías quejándote del calor de la costa.

Adriana se acomodó el cabello con coquetería y le dedicó una sonrisa falsamente inocente.

—Es que descansé muchísimo, mamá. La verdad es que la casa de la playa es hermosa y me siento muy relajada —mintió con total naturalidad, saboreando el secreto en su mente antes de subir a su habitación.

Mientras tanto, en la parte trasera de la propiedad, Mauricio caminaba hacia el área de servicio.

Al entrar a su habitación, dejó las llaves sobre la mesa y se dejó caer en la cama con un largo suspiro.

Por un lado, se sentía sumamente feliz; los besos de Adriana seguían quemándole los labios y la sensación de tenerla entre sus brazos lo llenaba por completo.

Pero por el otro, la realidad de la mansión volvió a caer sobre él como un balde de agua fría.

Miró al techo en la penumbra, asustado y pensativo por lo que acababa de hacer.

Había cruzado la línea prohibida con la nieta de los patrones, y sabía que mantener ese secreto a salvo iba a ser la tarea más difícil de toda su vida.

Los días transcurrieron con una tensa pero emocionante normalidad en la mansión, sin que absolutamente nadie de la familia o los empleados sospechara lo que verdaderamente estaba ocurriendo.

Cumpliendo su pacto al pie de la letra, Adriana y Mauricio mantenían las distancias dentro de la propiedad, pero en cuanto se subían al automóvil para ir al colegio, el espacio se transformaba.

Aprovechaban cada semáforo largo, cada callejón solitario y cada instante a solas para fundirse en besos apasionados, alimentando la adrenalina de su peligroso romance clandestino.

Una mañana, sin embargo, la burbuja estuvo a punto de romperse.

Mauricio se encontraba sentado en la pequeña sala de descanso destinada al área de servicio.

Tenía la mirada fija en la pantalla de su celular y una bofetada de felicidad en el rostro, completamente entretenido mandándose mensajes de texto con Adriana, quien le escribía desde su habitación.

De pronto, la puerta se abrió y Sandra entró al lugar con un par de uniformes limpios entre las manos. Al ver a Mauricio tan sonriente y absorto en el teléfono, se detuvo en seco y lo observó con curiosidad.

—Hola, Mauricio... —saludó Sandra, acercándose despacio—. ¿Por qué estás aquí? Nunca sueles estar pegado al celular sin hacer nada. Siempre estás estudiando.

Mauricio dio un brinco en su asiento, sintiendo que el corazón se le salía del pecho. Bloqueó la pantalla del teléfono a toda velocidad con notable nerviosismo y tragó saliva en seco para intentar disimular.

—Ah... Hola, Sandra —contestó con voz un poco atropellada—. No, no es nada. Es que justo ahora no tengo nada que hacer y estaba... revisando unas cosas de la universidad.

Sandra lo miró con sospecha, pero su enamoramiento fue más fuerte que su intuición. Dejó la ropa sobre una mesa, se acomodó el delantal y lo miró fijamente con timidez, jugando con sus manos.

—Oye, Mau... Estaba pensando que este sábado por la tarde salgo temprano de mis labores. ¿Te gustaría que fuéramos a dar un paseo juntos por el centro? No sé, a caminar o a tomar un helado.

A Mauricio se le congeló la sangre. En su mente apareció de inmediato el rostro de Adriana y el enorme problema que esto causaría si ella llegaba a enterarse.

Sin embargo, Mauricio era un hombre de gran corazón y sumamente educado; Sandra siempre había sido buena con su madre y con él, por lo que se le hizo muy feo rechazarla con un "no" rotundo que pudiera romperle el corazón.

—Eh... Claro, Sandra. Me parece bien —aceptó Mauricio con una sonrisa forzada, sintiendo una punzada de culpa en el estómago—. Vamos a dar un paseo el sábado por la tarde.

Sandra sonrió de oreja a oreja, iluminada por la felicidad, y salió de la cocina a paso rápido para continuar con su trabajo.

Mauricio se quedó solo en la sala, llevándose las manos a la cabeza con frustración.

Sabía que se acababa de meter en la boca del lobo y que el secreto con Adriana pendía de un hilo.

Por la tarde, justo después de haber regresado del colegio, el ambiente en la mansión parecía estar en calma.

Mauricio se dirigió de inmediato al vivero para continuar con el cuidado de las orquídeas de la abuela Angélica.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que las puertas de cristal se abrieran sigilosamente.

Adriana entró al lugar y, antes de que él pudiera reaccionar, lo tomó del cuello y lo sorprendió con un beso apasionado en los labios.

Mauricio, con el corazón acelerado por el susto, se apartó con firmeza y la tomó de los hombros para tomar distancia.

—Espera... ¿Qué estás haciendo, Adriana? —le reclamó en un susurro apresurado, mirando nervioso hacia las ventanas—. Ya habíamos quedado en que dentro de la casa no. Es muy peligroso.

—Ay, por favor, Mau. Es de noche y nadie nos va a ver —respondió ella con una sonrisa coqueta, intentando acortar la distancia de nuevo.

—No, espera. Mejor aquí no —insistió él, apartándola con suavidad pero con determinación—. No quiero que nos descubran.

Adriana soltó un bufido de frustración y se cruzó de brazos, dando un paso atrás.

—Está bien, como quieras —cedió de mala gana.

Mauricio la observó por un momento. Sabiendo que la honestidad era lo mejor y sintiendo el peso de la culpa por lo ocurrido en la mañana, decidió soltar la bomba antes de que fuera peor.

—Oye... tengo que contarte algo. Sandra me invitó a dar un paseo el sábado por la tarde al centro... y acepté. Se me hizo muy feo decirle que no.

La sonrisa de Adriana se borró al instante. Los ojos se le encendieron de pura rabia y el orgullo de niña rica de Chicago le dio una bofetada en el pecho. ¿Un paseo con la sirvienta? ¿Con la chica que se la pasaba suspirando por él en la cocina?

—¿Qué? ¿Vas a salir con ella? —soltó Adriana con la voz temblorosa del coraje—. ¡Eres un imbécil!

Sin dejar que él se explicara, Adriana dio la media vuelta furiosa y salió pisando fuerte del vivero, dirigiéndose directo a su habitación para encerrarse a piedra y lodo.

Mauricio se quedó preocupado en el invernadero.

Sacó su celular a toda prisa y le escribió un mensaje de texto desesperado: “Por favor, no te enojes. Es solo un paseo por compromiso. Tú sabes perfectamente que a mí me gustas tú, no ella. No significa nada”.

Adriana vio la notificación en la pantalla de su teléfono desde su cama, pero con el orgullo herido, decidió dejarlo en visto y no contestar durante horas, dejándolo sufrir por el nerviosismo.

Ya muy entrada la noche, cuando el silencio reinaba en la mansión, el celular de Mauricio vibró en su buró.

Al abrir el mensaje, se quedó completamente sin aliento.

Era una foto de Adriana frente al espejo de su cuarto, modelando un conjunto de ropa interior sumamente sexy y provocativo que dejaba muy poco a la imaginación.

Debajo de la imagen, venía un texto corto: “Espero que sí prefieras esto que a aquella”.

A Mauricio se le encendió el cuerpo y una sonrisa inevitable apareció en sus labios ante la audaz y posesiva estrategia de Adriana. Le respondió de inmediato: “Claro que sí. Eres muy linda, Adriana”.

A los pocos segundos, la pantalla se iluminó con la respuesta de la joven, quien ya había cambiado su enojo por pura coquetería: “Tu turno. Mándame una foto”.

Mauricio miró hacia la puerta de su habitación, dudando por un segundo, pero la tentación y el deseo hacia ella pudieron más.

Se acomodó frente a la cámara de su celular, se tomó una foto atractiva donde se notaba su porte varonil y se la envió.

Al otro lado de la propiedad, Adriana recibió la imagen y sonrió con total triunfo en la oscuridad de su recámara.

El sábado de la cita con Sandra se acercaba, pero Adriana ya se había asegurado de dejar su marca en la mente de Mauricio.

Llegó el esperado fin de semana. Mauricio intentaba concentrarse en Sandra mientras caminaban por la plaza, pero el recuerdo de los mensajes nocturnos no dejaba de rondar por su cabeza.

A mitad del paseo, Sandra sonrió con dulzura y se detuvo frente a un puesto.

—Se me antoja muchísimo un helado —dijo ella de buen humor—.

Espérame aquí sentada en esta banca, voy rápido por ellos.

—Claro, aquí te espero —respondió Mauricio, tomando asiento.

Apenas Sandra se alejó unos metros, el celular de Mauricio vibró en su bolsillo.

Era un mensaje de Adriana: “Espero que estés pensando en mí”.

Mauricio, sintiendo un vuelco en el estómago, miró de reojo a Sandra en la fila del helado y rápidamente tecleó su respuesta: “Sí”.

Casi al instante, la pantalla parpadeó. Adriana le envió una nueva foto, modelando de espaldas con el mismo conjunto atrevido de la otra noche.

Mauricio se quedó hipnotizado mirando la imagen, devorando cada detalle con la mirada, pero el sonido de unos pasos lo obligó a guardar el teléfono a toda prisa en su pantalón.

Sandra venía de regreso con los dos helados en la mano.

Él trató de actuar con normalidad y comenzó a platicar con ella, pero su mente estaba completamente dispersa.

Del otro lado de la ciudad, al notar que Mauricio no volvía a contestar, Adriana decidió subir la apuesta.

El celular volvió a vibrar. Mauricio lo sacó discretamente mientras Sandra hablaba.

Esta vez, la foto era infinitamente más atrevida; Adriana aparecía casi sin nada de ropa, retándolo con la mirada a través de la lente.

El impacto visual fue tal que a Mauricio se le secó la boca.

Su respiración se aceleró y un color rojizo subió por su cuello.

Empezó a acomodarse la camisa, a sudar frío y a mover la pierna con evidente desesperación.

Sandra, que estaba a mitad de una frase, se interrumpió al notar su agitación.

—Mauricio... ¿estás bien? Te pusiste muy pálido de repente —le preguntó con genuina preocupación, intentando mirar la pantalla de su teléfono.

Preso del pánico y sin saber cómo justificar el estado en el que se encontraba, Mauricio bloqueó el aparato de golpe y se puso de pie, fingiendo una urgencia académica de vida o muerte:—¡Tengo que irme ya!

Se me va a cerrar la plataforma del sistema, o voy a reprobar la materia.

Tenemos que regresarnos ya a la mansión.

Sandra soltó un suspiro de resignación. Aunque sospechaba que el celular escondía algo más, no tuvo más remedio que aceptar por el bien de los estudios de Mauricio.

Ambos dieron la media vuelta y abordaron el transporte de regreso a la propiedad familiar, dejando el paseo por la mitad.

En la mansión, Adriana guardó su celular en la bolsa con una sonrisa de absoluta victoria al escuchar las rejas abrirse antes de tiempo.

Sabía que su boicot a la distancia había sido un éxito rotundo.