Capítulo 11
Mauricio no soportó un segundo más tenerla tan cerca.
Sintiendo que si se quedaba allí terminaría por ceder a la tentación, se impulsó con los brazos y salió de la alberca de un solo movimiento.
Tomó su toalla con manos temblorosas y comenzó a caminar a paso rápido hacia la casa, huyendo de lo que sentía.
En su mente solo daban vueltas las palabras del abuelo de Adriana y la promesa de un futuro brillante que no pensaba echar a perder por un romance de fin de semana.
—¡De acuerdo, huye! —le gritó Adriana desde el agua, con la voz cargada de frustración y el orgullo herido—. ¡Pero que te quede bien claro que el que no quiso fuiste tú!
Mauricio entró a la residencia sin mirar atrás, cerrando la puerta de cristal detrás de él.
Una vez en su habitación, se pasó las manos por el cabello mojado y se dejó caer en la cama, frustrado.
No podía sacarse de la cabeza la imagen de Adriana bajo el sol, su perfume dulce y la intensidad de sus labios a milímetros de los suyos.
El deseo lo estaba consumiendo, pero el miedo a defraudar a sus padres y perder su carrera de leyes lo mantenía atado a la realidad. Estaba jugando con fuego.
Mientras tanto, en la alberca, Adriana se quedó flotando a la deriva, mirando al cielo con el ceño fruncido.
La rabia y la confusión la dominaban. En Chicago bastaba con que ella sonriera para tener a cualquier chico a sus pies.
¿Por qué con Mauricio todo era tan difícil?
¿Por qué se empeñaba en rechazarla si era evidente que él también se estaba muriendo de ganas de besarla?
Por primera vez en su vida, su belleza y su dinero no eran suficientes para conseguir lo que quería, y esa indiferencia de Mauricio, lejos de alejarla, la estaba obsesionando cada vez más.
La noche del sábado cayó sobre la propiedad de Puerto Vallarta, envolviendo la casa en un ambiente pesado y electrizante.
Adriana no pensaba quedarse encerrada digiriendo el rechazo de la alberca.
Decidida a provocar una reacción en Mauricio y a demostrar que nadie controlaba su vida, se vistió con un vestido corto, ajustado y sumamente sexy.
Se arregló como si fuera a conquistar el mundo y bajó las escaleras dispuesta a salir.
Mauricio estaba sentado en la sala principal, leyendo una de sus libretas de estudio bajo la luz tenue de una lámpara.
En cuanto escuchó los tacones y levantó la mirada, sus ojos oscuros se clavaron en el atrevido atuendo de la joven.
Se puso de pie de inmediato, interceptándola antes de que tocara la puerta principal.
—¿A dónde vas? —preguntó Mauricio con su voz varonil, firme y cargada de autoridad.
Adriana lo miró de arriba abajo con desdén, acomodándose el cabello con altanería.
—A un antro —respondió ella con una sonrisa desafiante—. No me voy a quedar aquí encerrada sin hacer nada mientras tú juegas a ser el guardián perfecto.
—¿A un antro? —Mauricio frunció el ceño, dando un paso al frente para bloquearle el paso—. Tú eres menor de edad, Adriana. No puedes entrar a esos lugares aquí en México. Es peligroso y es ilegal.
—Pues ya sabes que uno nunca sabe qué pueda hacer —retó ella, clavándole la mirada con picardía—. Yo voy a entrar a un antro y yo sabré perfectamente cómo entro. Quítate de mi camino.
Adriana intentó esquivarlo, pero Mauricio fue más rápido. La tomó firmemente del brazo, deteniéndola en seco sin lastimarla, impidiendo que abriera la puerta.
—No vas a ir a ningún lado —sentenció él, inflexible—. Mis órdenes son cuidarte. Si te pasa algo allá afuera, la responsabilidad es mía. Así que te quedas aquí.
—¡Suéltame! ¡Eres un imbécil! —exclamó Adriana, zafándose de su agarre con rabia.
Los ánimos estallaron y la sala se llenó de gritos y reclamos.
Adriana, con los ojos cristalizados por la mezcla de alcohol, coraje y frustración acumulada, dio un paso hacia él, quedando a centímetros de su pecho.
Ya no pudo más con el peso de su orgullo herido y soltó la pregunta que la estaba carcomiendo desde la tarde.
—¡¿Por qué eres así conmigo?! —le gritó con la voz entrecortada—. ¡¿Por qué siempre me detienes?! ¡¿Por qué me desprecias de esa manera, Mauricio?! ¡Dime qué tengo de malo!
Mauricio se quedó estático, respirando de prisa. Verla al borde de las lágrimas y escuchar su desesperación quebró la última pared de hielo que le quedaba. La miró con una intensidad tan profunda que congeló el ambiente.
—¡¿Que por qué te desprecio?! —respondió Mauricio, subiendo la voz por primera vez, con los ojos inyectados de una pasión contenida—.
¡Yo no te desprecio, Adriana! Lo que pasa es que me muero de ganas de estar contigo, pero no puedo.
No puedo porque tú eres la nieta de los patrones y yo solo soy el hijo de los empleados.
Si te toco, si te beso, destruyo la vida de mis padres en esa casa y echo a perder mi futuro en la universidad.
¡Tú solo estás jugando a divertirte en tu encierro, pero para mí esto significa perderlo todo! ¡Por eso no te hago caso!
—¡Y además de todo eso, eres menor de edad!
—añadió Mauricio, con la voz temblorosa por la frustración, dando un paso hacia ella—.
Meterme contigo no solo es una traición a tus abuelos, ¡es un delito aquí en México!
No puedo poner en riesgo mi libertad y mi carrera por un capricho tuyo. ¡Entiéndelo de una vez!
Las palabras de Mauricio resonaron con fuerza en las paredes de la sala.
Adriana se quedó completamente sin aire, con el corazón golpeándole con fuerza el pecho.
Escuchar de su propia boca que él sí la deseaba, que se estaba muriendo de ganas por ella y que solo el miedo a la ley y a las diferencias sociales lo frenaba, eliminó cualquier rastro de orgullo que le quedaba en el cuerpo.
Adriana dio un paso lento hacia él, reduciendo la distancia al mínimo.
Levantó sus manos y, por primera vez, con una delicadeza absoluta y sin rastro de prepotencia, le acarició el rostro con suavidad.
Lo miró fijamente a los ojos, con una mirada cargada de una ternura y una pasión que jamás había mostrado.
—Eso no me importa, Mau... —susurró ella con una voz suave que erizó la piel del joven—.
Nadie tiene por qué saberlo. Será nuestro secreto, te lo prometo.
Nadie en la mansión, ni mis papás, ni tus papás se van a enterar jamás de lo que pasa entre nosotros dos.
Déjate llevar, por favor... Solo somos tú y yo en este lugar.
Mauricio clavó su mirada en los labios carnosos de Adriana.
El calor de sus manos en sus mejillas, el aroma de su dulce perfume que lo envolvía por completo y la promesa de un pacto silencioso terminaron por quebrar el último gramo de su fuerza de voluntad.
Al diablo el futuro, al diablo las leyes y las clases sociales; en esa medianoche, la tentación fue más fuerte que la razón.
Con un gemido de frustración contenida, Mauricio la tomó firmemente de la cintura, la pegó por completo a su cuerpo y la besó.
Fue un beso apasionado, urgente y lleno de un deseo que ambos llevaban semanas intentando reprimir.
Adriana le rodeó el cuello con los brazos, correspondiéndole con la misma intensidad, sintiendo los labios firmes y varoniles de Mauricio adueñándose de ella en medio de la sala a oscuras.
La línea prohibida se había cruzado por completo y, a partir de esa noche en Puerto Vallarta, el juego del gato y el ratón se había convertido en un peligroso romance clandestino.
Los besos no se detuvieron allí. La pasión acumulada los arrastró por completo y, dejándose llevar por la intensidad del momento, terminaron acostados en el gran sillón de la sala, devorándose los labios en medio de la penumbra.
Mauricio la sostenía con firmeza por la cintura, sintiendo el calor de su cuerpo, mientras Adriana le acariciaba la espalda con desesperación, disfrutando al máximo de tener al rudo e inalcanzable chofer completamente rendido ante ella.
Sin embargo, cuando las caricias comenzaron a volverse más audaces y la respiración de ambos se tornó pesada, la cordura de Mauricio volvió a encender una alerta en su cabeza. Con un enorme esfuerzo físico y mental, se apartó lentamente de ella, respirando agitado y deteniendo las manos de la joven.
—Espera... Tenemos que parar —dijo Mauricio con la voz entrecortada por el deseo, sentándose en el borde del sillón.
Adriana, con los labios rojos y el cabello un poco alborotado, lo miró con frustración desde el respaldo.
—¿Por qué te detienes? —le reclamó en un susurro, estirando la mano para tocar su hombro.
—Es que ya esto no puede llegar más lejos, Adriana —respondió él, negando con la cabeza y tratando de calmar los latidos de su corazón—. Ya cruzamos una línea muy peligrosa.
—¿Por qué no? —insistió ella, acercándose de nuevo—. Ya te dije que esto será nuestro secreto y que nadie se va a enterar. Tú solo sigue... déjate llevar.
Adriana intentó rodearle el cuello otra vez para besarlo, y aunque Mauricio le correspondió por unos breves segundos más, volvió a distanciarse con firmeza. La miró fijamente a los ojos, imponiendo su madurez.
—No, Adriana. Escúchame bien. Ya acepté el secreto, pero por ahora... solo besos, ¿de acuerdo? No vamos a ir más allá. Necesitamos ir despacio.
Adriana lo observó por un instante, analizando la seriedad en su rostro. Aunque se quedó con ganas de más, una inmensa ola de felicidad y triunfo la invadió por dentro. Sonrió de forma coqueta y asintió con la cabeza.
—De acuerdo... Solo besos por ahora —aceptó ella de buena gana.
Al final del día, Adriana había logrado exactamente lo que quería. Había derretido la armadura de hielo de Mauricio, obligándolo a confesar sus sentimientos y logrando que, por fin, la viera y la deseara como a una mujer, no como a una niña consentida o a la nieta de sus patrones.
Conscientes de que la noche había sido demasiado intensa, se pusieron de pie, se acomodaron la ropa y se despidieron con una última mirada cómplice en la oscuridad antes de que cada uno se fuera a dormir a su respectiva habitación.
Separados por la pared, ambos se durmieron con una sonrisa, sabiendo que sus vidas en la mansión jamás volverían a ser las mismas.