Capítulo 10
Los días siguientes transcurrieron con una tensa pero dulce normalidad en la mansión.
Entre Adriana y Mauricio las cosas habían cambiado drásticamente; ya no se miraban con el desprecio del primer día.
Los trayectos al colegio se habían convertido en un espacio de pláticas más relajadas, risas compartidas y miradas cómplices a través del espejo retrovisor, aunque él seguía manteniendo su postura de chofer respetuoso.
El viernes por la tarde, Adriana se encontraba encerrada en su habitación sosteniendo una videollamada con Victoria. Le había resumido con lujo de detalle todo lo ocurrido durante la semana, incluyendo el momento en el que Mauricio le había curado los golpes en el vivero.
—¿Y las cosas con Mauricio cómo van? ¿Ya avanzaste con él? —preguntó Victoria desde la pantalla, acomodándose el cabello.
—No... Mauricio sigue sin caer —suspiró Adriana, tirándose de espaldas en la cama—. Por más que le coqueteo en el auto, el tipo no se rinde. Es como una roca.
—Oye, Adriana... ¿Y si es gay? —soltó Victoria con tono de burla.
—¡Ay, no! ¿Cómo crees, Victoria? —rio Adriana, aunque luego arrugó la frente—. Bueno... aunque tal vez por eso no me hace caso. Es que no es normal que no me mire.
—Tienes que hacer algo para que se fije en ti por fin, Adri. No te puedes quedar con los brazos cruzados.
Adriana se sentó de golpe en la cama, con los ojos brillándole por una repentina chispa de astucia.
—¡Ya sé! Victoria, me acabas de dar una idea brillante. Me voy a ir a la casa que mis abuelos tienen en la playa, solo por mañana sábado y regresamos el domingo. Y como sé perfectamente que mis papás no me dejarán ir sola, pediré que me lleve Mauricio.
—¡Eres una genia, Adriana! —exclamó Victoria, aplaudiendo—. Así van a estar completamente solos, sin nadie que los vigile.
Ambas amigas siguieron platicando y planeando los detalles del plan durante varios minutos entre risas malévolas.
En cuanto colgó la llamada, Adriana bajó las escaleras a paso rápido hacia la sala principal para plantearles la idea a sus padres y abuelos.
Argumentó que se sentía muy estresada por el inicio de clases y que necesitaba un respiro de fin de semana en la propiedad familiar de Puerto Vallarta.
Como era de esperarse, al escuchar que Mauricio iría al volante para cuidarla y llevarla, sus padres aceptaron sin dudarlo.
Mauricio recibió la indicación poco después.
Fiel a sus principios, aceptó la orden de inmediato.
Aunque pasar un fin de semana a solas con Adriana en la playa ponía a temblar su autocontrol, se obligó a sí mismo a ver la situación estrictamente como parte de su trabajo y una muestra de lealtad hacia los señores.
Adriana subió corriendo a su habitación y comenzó a empacar a toda velocidad. Seleccionó a propósito sus bikinis más sexis, vestidos cortos y ropa transparente de playa. Estaba decidida a derretir la armadura de hielo de su chofer.
Al ser viernes, Adriana no había tenido clases en el colegio especializado, pero Mauricio sí tuvo que asistir a la universidad por la mañana.
En cuanto el joven regresó de sus clases, dejó su mochila, preparó el automóvil y se colocó en la entrada principal.
Adriana bajó luciendo unas gafas de sol y una sonrisa radiante.
Subieron el equipaje y, justo antes de que el sol comenzara a ocultarse, el auto avanzó cruzando las rejas de la mansión, tomando la carretera rumbo a las cálidas y misteriosas playas del Pacífico mexicano.
El juego del gato y el ratón estaba por entrar a su terreno más peligroso.
El cansancio del viaje terminó por vencer el entusiasmo de Adriana.
Tras un par de horas de avanzar por las oscuras carreteras que serpenteaban hacia la costa de Puerto Vallarta, la música del auto se volvió un murmullo y ella se quedó profundamente dormida en el asiento del copiloto.
Mauricio conducía en silencio, con la mirada fija en el asfalto iluminado por los faros, escuchando la respiración pausada de la joven.
De reojo, la observó descansar; sin esa mirada altiva y caprichosa de siempre, Adriana lucía extrañamente pacífica y dulce.
Después de varias horas de camino, el característico olor a mar y la brisa cálida anunciaron su llegada.
El auto se detuvo frente a la imponente casa de playa de los abuelos, una propiedad de lujo con vista directa al océano.
Adriana se despertó un poco desorientada en cuanto el motor se apagó.
Sin muchas fuerzas para armar juego, bajó del vehículo arrastrando los pies debido al sueño.
Mauricio se encargó de bajar el equipaje en silencio.
Al entrar a la residencia, Adriana se dirigió directo a la habitación principal para desplomarse en la cama, mientras que a Mauricio le fue asignada la recámara contigua, justo al lado de la de ella.
Separados únicamente por una pared, ambos se entregaron al descanso con el arrullo de las olas rompiendo a lo lejos.
A la mañana siguiente, el resplandor del sol tropical y el calor de la costa inundaron las habitaciones.
Adriana se despertó de mucho mejor humor, sintiendo la adrenalina de saber que su plan estaba en marcha.
Se colocó un vestido corto y ligero sobre el pijama y salió al pasillo exterior que conectaba los cuartos.
Mauricio ya estaba despierto, de pie en la terraza común, contemplando la espectacular vista del mar con una playera sencilla y unos shorts. Adriana se acercó despacio, estirando los brazos perezosamente.
—Buenos días, Mau —saludó con una sonrisa radiante, usando el apodo que ya se estaba volviendo costumbre.
—Buenos días, señorita Adriana —respondió él, dándose la vuelta y recuperando su postura educada—. Espero que haya descansado. ¿Qué planes tiene para hoy?
Adriana se recostó contra el barandal de la terraza, mirándolo fijamente a los ojos. El hambre del desayuno comenzaba a hacerse notar.
—Tengo muchísima hambre, pero la verdad es que no quiero salir a buscar un restaurante todavía. ¿Qué te parece si pedimos comida a domicilio y desayunamos aquí en la terraza? Así estamos más tranquilos.
Mauricio la observó por un segundo. Aunque sabía que su rol era servirla, la idea de un desayuno relajado frente al mar antes de comenzar las actividades del día no le pareció nada mal. Además, la actitud de Adriana era inusualmente amable.
—Me parece bien —aceptó Mauricio con una leve sonrisa ladina—. Elija lo que quiera del menú local y yo me encargo de recibir el pedido cuando llegue.
Adriana asintió entusiasmada y tomó su celular para ordenar el desayuno. El fin de semana apenas comenzaba, y el ambiente playero ya estaba ablandando las defensas que Mauricio tanto se esmeraba en proteger.
El desayuno en la terraza transcurrió entre risas ligeras y pláticas mucho más sinceras.
Lejos de la imponente mansión y de la presión de sus padres, Adriana se mostraba mucho más accesible, y Mauricio se permitía sonreír con mayor libertad.
Sin embargo, en cuanto terminaron de comer, ella se puso de pie con una mirada chispeante que anunciaba el verdadero inicio de su plan.
—Voy a cambiarme. Te veo abajo en la alberca —le avisó con un guiño antes de desaparecer en su habitación.
Minutos después, Adriana salió al área de la alberca de la casa.
El sol de Puerto Vallarta estaba en su punto máximo, haciendo brillar el agua cristalina.
Pero lo que de verdad acaparó toda la luz fue ella.
Adriana llevaba puesto un bikini de dos piezas en un color rojo intenso y sumamente provocativo que acentuaba cada curva de su figura.
Caminaba con total seguridad, balanceando las caderas con lentitud, consciente del impacto que causaría.
Mauricio ya se encontraba abajo, sentado en una de las camastros bajo la sombra de una palmera, vistiendo una bermuda y una playera ligera.
Cuando escuchó los pasos de Adriana y levantó la mirada, el aire se le atoró por completo en los pulmones.
Sus ojos oscuros fijos en ella la recorrieron de arriba abajo, atrapados por la intensa silueta de la joven bajo el sol tropical.
La sangre le hirvió en un segundo y sintió cómo su autocontrol flaqueaba de una manera peligrosa.
Adriana era, sin duda alguna, una mujer espectacular.
Al notar el impacto en el rostro de Mauricio, Adriana sonrió con total satisfacción interna. Su plan estaba funcionando a la perfección. Caminó hasta el borde de la alberca, se quitó las gafas de sol de diseñador y lo miró de reojo con picardía.
—¿Qué pasa, Mau? ¿Está muy fría el agua o por qué no te metes? —lo provocó con voz suave, dejándose caer con elegancia al agua.
Mauricio tragó saliva con dificultad y obligó a sus ojos a apartarse de ella, fijando la mirada en el horizonte del mar.
Cerró los puños con fuerza, sintiendo cómo el corazón le latía a mil por hora.
En su mente, una alerta roja comenzó a encenderse con fuerza: "Es tu patrona, Mauricio. Es la nieta de los señores que te dan de comer y pagan tus estudios. No lo olvides".
Él sabía perfectamente que cruzar esa línea significaría destruir su futuro brillante y traicionar a sus padres.
Adriana era un fruto prohibido, una niña rica jugando a caprichos temporales, y él no podía permitirse ser el juguete que ella desechara cuando se aburriera de México.
Con un enorme esfuerzo de voluntad, Mauricio tensó la mandíbula, respiró hondo y se obligó a recuperar su máscara de fría e inquebrantable seriedad profesional.
El fin de semana en la playa se estaba convirtiendo en su prueba más difícil.
El calor sofocante de la tarde y las risas de Adriana terminaron por derretir la resistencia de Mauricio.
Harto de luchar contra sus propios deseos, se quitó la playera, revelando un torso bien formado por el trabajo diario, y se lanzó al agua cristalina.
Al verlo ceder, la mirada de Adriana se encendió de triunfo.
Durante las siguientes dos horas, las etiquetas de "patrona" y "empleado" desaparecieron por completo bajo el sol de Puerto Vallarta.
Se salpicaron agua, jugaron a carreras nadando de un extremo a otro y se divirtieron como nunca antes lo habían hecho.
Mauricio se permitió reír a carcajadas, olvidándose por un momento de las responsabilidades que cargaba sobre los hombros, mientras que Adriana descubrió lo increíblemente bien que se sentía estar con él cuando dejaba de lado su actitud arrogante.
Sin embargo, el juego de la seducción volvió a reclamar su espacio.
Adriana aprovechó un momento de calma para nadar despacio hacia donde Mauricio descansaba, recargado contra el borde de la alberca.
Se acercó tanto que sus cuerpos quedaron a escasos centímetros bajo el agua.
Ella levantó la mirada, sosteniéndole los ojos con una intensidad que cortaba la respiración, y comenzó a acortar la distancia con lentitud, buscando sus labios en lo que prometía ser un beso inevitable.
El corazón de Mauricio latía con fuerza contra su pecho, pero justo cuando sus respiraciones se mezclaron, la razón regresó a él como un balde de agua fría. Con un movimiento firme pero suave, le tomó las muñecas a Adriana y la detuvo, distanciándola un poco.
—No... Basta, Adriana —le dijo Mauricio, con la voz varonil entrecortada pero cargada de seriedad—. Por favor, para. No podemos hacer esto. Tú eres la nieta de mis patrones.
Adriana soltó un suspiro de frustración, soltándose de su agarre con un movimiento brusco. Lo miró fija y fijamente a los ojos, molesta porque él siempre ponía ese muro entre los dos.
—¡Ay, Mauricio, ya olvida eso! —le reclamó, subiendo un poco el tono de voz—. Aquí no hay nada de que yo soy la nieta de tus patrones, ni que tú eres el chofer. En este lugar solo somos dos personas que se están divirtiendo juntas y que quieren pasarla bien. ¿Por qué te empeñas en arruinarlo todo?
Mauricio la observó en silencio, manteniendo la compostura mientras el agua de la alberca se mecía entre ambos.
El recordatorio de Adriana de "pasar la vida bien" solo le confirmó lo que ya temía: para ella esto era un juego de fin de semana, un capricho para entretenerse en su encierro, mientras que para él significaba poner en riesgo absolutamente todo su futuro.
Su orgullo y su dignidad volvieron a ponerse en guardia.