Capítulo 9
El viaje comenzó bajo el cobijo de la noche de sábado. Mientras avanzaban por la carretera, Adriana miró a Mauricio de reojo, sintiendo que la idea de una fiesta escolar era demasiado aburrida para el conjunto que llevaba puesto. Se inclinó hacia el frente, reduciendo la distancia entre ambos.
—Oye, Mauricio... ¿Y si mejor cambiamos de planes? Vamos a un antro los dos solos, a divertirnos un rato —le propuso con una voz suave y sugerente, lanzándole una mirada cargada de intenciones.
Mauricio ni siquiera parpadeó. Siguió con los ojos fijos en el camino y apretó el volante con más firmeza.
—No —respondió él de forma tajante y fría—. A mí me ordenaron llevarla a una fiesta y vigilarla, y eso es exactamente lo que voy a hacer. No estoy aquí para salir de fiesta con usted.
Adriana bufó con frustración. El rechazo le pegó directo en el orgullo, así que se cruzó de brazos, se arrellanó en el asiento trasero y guardó un silencio molesto durante el resto del trayecto.
Al llegar a la enorme casa donde se celebraba el evento, la música retumbaba desde el jardín.
Adriana bajó del auto decidida a sacudirse el mal humor.
En cuanto cruzó la entrada, Paulina la vio llegar.
Al notar lo espectacular que lucía Adriana con su conjunto negro y sus botas altas, el rostro de su rival se desfiguró de la envidia y el coraje.
Antes de perderse entre la multitud, Adriana se detuvo en seco y encaró a Mauricio, quien caminaba un par de pasos detrás de ella cumpliendo su labor.
—A ver, escúchame bien —le ordenó Adriana, apuntándolo con el dedo—. Tú solo me traes y me llevas. Así que te vas a quedar lejos de mí toda la noche, ¿de acuerdo? No quiero que me estés estorbando.
Mauricio frunció el ceño, cruzándose de brazos.
—Mis órdenes son cuidarla, señorita. No puedo dejarla sola.
—¡No me va a pasar nada! —exclamó ella con fastidio, rodando los ojos—. Estoy en la casa de mis amigos del colegio, es un lugar seguro y nada malo va a pasar. Así que mantente al margen.
Mauricio la evaluó por un segundo. Al ver la insistencia de la joven y saber que forzar la situación solo provocaría un escándalo innecesario con los invitados, terminó por asentir de mala gana.
Decidió retirarse hacia una esquina del jardín, manteniéndose lo suficientemente lejos para darle su espacio, pero con la mirada fija en ella para no perderla de vista.
La noche avanzó rápidamente. La fiesta se puso cada vez más intensa; Adriana bailó, se divirtió y comenzó a tomar varias copas, dejando que el alcohol le subiera los ánimos. Sin embargo, la tensión con Paulina seguía flotando en el aire como una bomba de tiempo.
Ya muy entrada la madrugada, con los ánimos encendidos por la música y los tragos, Paulina decidió que ya no podía soportar más la presencia de la recién llegada.
Se acercó a Adriana en medio de la pista y comenzó a insultarla a gritos frente a todos, burlándose de su actitud de niña rica de Chicago y lanzándole comentarios ofensivos.
Pero Adriana no era una chica que se dejara intimidar por nadie.
Con el orgullo herido y los efectos del alcohol encima, Adriana no se quedó callada y le respondió con la misma fuerza.
Las palabras pasaron rápidamente a los empujones, y en cuestión de segundos, ambas se engancharon en una acalorada pelea física en medio del jardín.
Los gritos de los demás invitados no se hicieron esperar.
Varios chicos intervinieron de inmediato para separarlas, logrando apartar a Paulina, quien seguía gritando enfurecida.
En ese mismo instante, Mauricio apareció entre la multitud como una sombra protectora.
Con su imponente fuerza, apartó a los que rodeaban a Adriana, la tomó firmemente de la cintura para levantarla y, sin pedir explicaciones a nadie, la guió a paso rápido hacia la salida.
Subió a una Adriana temblorosa y furiosa al auto, y arrancó a toda velocidad de regreso a la mansión.
El motor del auto rugía en medio del silencio de la madrugada mientras Mauricio conducía a paso firme por las calles semivacías. La tensión dentro del vehículo se podía cortar con un cuchillo. Mauricio mantenía las manos rígidas sobre el volante, con la mandíbula apretada por el coraje.
—Se supone que yo iba para cuidarte —soltó Mauricio con una voz varonil cargada de frustración, rompiendo el silencio—. Te dije que no debía dejarte sola, pero como siempre, hiciste lo que quisiste.
Adriana, recostada en el asiento trasero, no tenía fuerzas para responder con su típica altanería. El efecto de los tragos y la adrenalina de la pelea comenzaban a pasarle factura, dejándole el cuerpo adolorido.
—Ay, ya cállate... —se quejó ella con un hilo de voz, encogiéndose en su lugar—. Me duele mucho la pierna, un brazo... y también la cara. Esa estúpida me las va a pagar.
Mauricio la miró por el espejo retrovisor.
Al verla tan vulnerable y adolorida, su enojo disminuyó un poco, cediendo ante su instinto de protección.
Sin pensarlo dos veces, desvió la ruta y condujo hasta detenerse frente a una farmacia de veinticuatro horas.
Apagó el motor y bajó del vehículo sin decir una palabra, regresando minutos después con una bolsa llena de lo necesario: pomadas para los golpes, desinfectante y gasas para curarle los rasguños.
Cuando subió de nuevo al auto, se acomodó en el asiento y se dispuso a arrancar, pero la voz de Adriana lo detuvo.
—Oye... esperemos más tiempo para llegar a la casa, por favor —pidió ella, asomando la cabeza entre los dos asientos delanteros.
Mauricio se giró para mirarla, extrañado por la petición.
—¿Por qué? Tus papás deben estar esperando.
—Es que... creo que se me subieron un poquito las copas —admitió Adriana con una sonrisa tímida, bajando la mirada—. Si llego así, armada un desastre y oliendo a alcohol, va a ser el fin del mundo.
Mauricio soltó un largo suspiro, pasando una mano por su rostro. No quería que, además de llegar golpeada por la pelea, la descubrieran tomada. El panorama para ambos sería terrible si los patrones se despertaban.
—¿Qué voy a hacer contigo? Se supone que te iba a cuidar y mira cómo estás... —se lamentó él, mirando la bolsa de la farmacia con preocupación.
—Ay, Mau, no te preocupes —le dijo ella, usando ese tierno apodo por primera vez sin darse cuenta—. Yo invento algo con mis papás para que no te regañen a ti, va? Diré que fue mi culpa, que me caí o algo así. Te lo prometo.
Mauricio la observó en silencio, sorprendido de que la caprichosa chica de Chicago se estuviera preocupando por el bienestar de un empleado. Asentió levemente con la cabeza, aceptando el trato.
Las horas de la madrugada pasaron lentamente dentro del automóvil estacionado.
Mientras el ambiente se calmaba, Mauricio la ayudó con cuidado a ponerse pomada en los golpes, y la plática entre los dos se volvió mucho más tranquila y sincera, lejos de las máscaras de orgullo que solían usar de día.
Cuando el reloj marcó casi el amanecer y el efecto del alcohol disminuyó, Mauricio encendió el auto y condujo de regreso a la mansión.
Para su buena suerte, al cruzar la puerta principal de la propiedad, todo estaba en absoluto silencio.
Los empleados y los patrones seguían profundamente dormidos.
Adriana subió las escaleras a paso de tortuga y Mauricio caminó hacia su habitación en el jardín, ambos compartiendo ahora un secreto que los unía mucho más de lo que querían admitir.
Al amanecer, el cuerpo de Adriana le pasó una factura dolorosa.
Se despertó sintiéndose fatal; cada músculo le protestaba debido a los golpes y tirones de la noche anterior.
Al mirarse en el espejo, notó que las marcas en sus brazos y el leve raspón en su rostro eran evidentes.
Con el corazón latiéndole de prisa por el nerviosismo, se armó de valor y bajó al comedor principal para el desayuno familiar.
En cuanto entró, las miradas de sus padres y sus abuelos se clavaron en ella de golpe. La sorpresa y la alarma llenaron la habitación.
—¡Adriana! ¿Pero qué te pasó en la cara y en los brazos? —exclamó su madre, poniéndose de pie de inmediato.
Adriana tragó saliva, manteniendo la compostura para que no se le notara la culpa, y soltó la mentira que había ensayado en la madrugada.
—Ay, no se preocupen, no fue nada... Es que anoche la fiesta estaba un poco oscura y, al salir al jardín, no vi un escalón, me tropecé y me caí directo contra unas plantas —explicó, fingiendo molestia por su supuesta torpeza—.
Me duele un poco el cuerpo, pero Mauricio me ayudó de inmediato y me trajo a casa.
Sus padres suspiraron aliviados, creyendo por completo la historia y agradeciendo internamente que Mauricio hubiera estado ahí para reaccionar a tiempo.
En una esquina del comedor, Sandra se encontraba retirando algunos platos sucios. Escuchó con absoluta atención cada palabra de Adriana, analizando sus golpes con desconfianza. En cuanto terminó su labor, cruzó a paso rápido las puertas batientes y llegó a la cocina, ansiosa por suelta el chisme.
—No saben lo que pasó —soltó Sandra en un susurro pesado, dirigiéndose a Estela—. La señorita Adriana bajó al comedor toda golpeada. Tiene marcas en los brazos y la cara raspada. Dice que se cayó anoche en la fiesta.
Sentado a la mesa de la cocina, Mauricio se encontraba terminando de desayunar un café ligero antes de empezar su jornada. Al escuchar las palabras de Sandra, detuvo la taza a mitad de camino. Una pequeña y oculta sonrisa apareció en sus labios mientras sentía un vuelco de alivio en el pecho.
Adriana no había mentido sobre su promesa.
Había preferido quedar como una torpe ante toda su familia antes de romper el pacto que hicieron en el auto y arriesgarlo a que lo corrieran o lo reprendieran.
Mauricio miró hacia la ventana del jardín, dándose cuenta de que la caprichosa niña rica de Chicago tenía una palabra de honor mucho más fuerte de lo que cualquiera hubiera imaginado.
Más tarde ese mismo domingo, aprovechando que la casa había vuelto a quedar en calma, Adriana salió al jardín.
Caminaba despacio, pues el cuerpo le seguía doliendo, pero tenía un objetivo claro.
Cruzó las puertas de cristal y entró al vivero.
Allí, entre el aroma a tierra y hojas verdes, encontró a Mauricio acomodando unas herramientas.
Al escuchar sus pasos, él se dio la vuelta. Sus ojos oscuros la recorrieron con una mezcla de respeto y una calidez que no había mostrado antes.
—Gracias, señorita —le dijo Mauricio con su voz varonil y un tono sincero—. Cumplió lo que dijimos en el auto. Gracias por no dejar que me metiera en problemas con sus papás.
Adriana se recostó contra una de las mesas de madera, cruzándose de brazos con una sonrisa de satisfacción que le devolvió su brillo habitual.
—Te dije que yo tengo palabra, Mau —respondió ella, usando el apodo con naturalidad—. Yo no rompo mis promesas.
Sin embargo, queriendo aprovechar el momento para que él la consintiera y estar más cerca de él, Adriana cambió el tono a uno más suave y quejumbroso, mirándolo con ojos de súplica.
—Pero en serio me siento súper mal... Me duele muchísimo todo el cuerpo por los golpes de esa estúpida. Siento los músculos súper tensos.
Mauricio la observó por un segundo, debatiéndose entre mantener la distancia profesional o ceder a lo que su corazón le pedía.
Al ver las marcas moradas que comenzaban a formarse en la piel clara de la joven, dejó las herramientas de lado y se acercó a ella a paso lento.
Sacó del bolsillo de su chamarra la pomada que había comprado la noche anterior.
—A ver, siéntese aquí —le indicó, señalando una banca cercana.
Adriana obedeció de inmediato. Mauricio se colocó frente a ella, tomó un poco de crema en sus manos y, con total delicadeza pero con la firmeza de sus manos trabajadoras, tomó el brazo de Adriana.
Comenzó a sobarle la zona afectada con movimientos circulares y pausados.
Un escalofrío recorrió la espalda de Adriana al sentir el calor de la piel de Mauricio contra la suya.
El silencio del vivero se volvió denso, lleno de una tensión completamente nueva.
Después, con mucho cuidado, Mauricio se agachó un poco para alcanzar su pierna, subiendo ligeramente el borde de su vestido para aplicar la pomada sobre el golpe del muslo.
Sus manos se movían con suavidad, aliviando el dolor físico de Adriana, pero encendiendo al mismo tiempo una corriente eléctrica entre los dos.
Adriana lo miraba desde arriba, completamente hipnotizada por la concentración de Mauricio y la delicadeza con la que el chico rudo la estaba cuidando.