Capítulo 8
El primer día de clases resultó ser todo un éxito para el ego de Adriana.
Gracias a su arrolladora personalidad de Chicago y su estilizado uniforme, le tomó muy poco tiempo convertirse en el tema de conversación de todo el instituto.
Para la hora del descanso, ya se había rodeado de un grupo de amigos y amigas que se derretían por escuchar sus historias sobre la vida en Estados Unidos.
Adriana se sentía en su elemento, manejando la atención a su antojo.
Sin embargo, no a todos les cayó bien su llegada.
Desde una de las mesas del patio, una chica llamada Paulina la observaba con los ojos entrecerrados y una furia evidente.
Paulina había sido, hasta esa misma mañana, la alumna más popular, rica y envidiada del colegio.
Ver cómo una recién llegada le arrebataba el trono y se quedaba con todas las miradas en cuestión de horas encendió en ella un odio inmediato hacia Adriana.
Una guerra silenciosa por la popularidad acababa de declararse.
Las horas de clase pasaron volando entre miradas de envidia de Paulina y risas con sus nuevos amigos.
Al caer la noche, el timbre de salida resonó por los pasillos y los alumnos comenzaron a abandonar el edificio.
Adriana caminó hacia la rampa principal, despidiéndose de su nuevo grupo con un gesto ensayado de la mano.
Al final de la calle, estacionado exactamente en el mismo lugar, el auto de sus abuelos la esperaba.
Mauricio estaba recargado contra la puerta del conductor, con los brazos cruzados sobre el pecho.
La luz de las farolas públicas iluminaba sus facciones marcadas, haciéndolo lucir imponente en la oscuridad de la noche.
Adriana caminó hacia el vehículo balanceándose con ligereza y se subió en la parte trasera sin esperar a que él le abriera la puerta. Mauricio subió de inmediato al asiento del conductor, encendió el motor y el auto se incorporó a las avenidas nocturnas rumbo a la mansión.
El trayecto comenzó en un silencio absoluto, pero Adriana no pensaba dejar las cosas así. Se acomodó en el asiento de piel, estiró las piernas y fijó sus ojos en el espejo retrovisor central.
—¿Me extrañaste? —soltó de golpe, rompiendo el hielo con una voz suave y sugerente.
Mauricio no respondió con palabras. Simplemente levantó la mirada y la observó fijamente a través del espejo retrovisor.
Sus ojos oscuros y profundos chocaron con los de ella en un duelo silencioso.
Al notar su atención, Adriana le sostuvo la mirada sin pestañear y le dedicó una sonrisa sumamente coqueta, disfrutando al máximo del poder que sentía al provocarlo bajo las luces de la ciudad.
Mauricio sostuvo la mirada de Adriana por el espejo un par de segundos más antes de regresar los ojos al frente. Su mandíbula se tensó ligeramente.
—Estuve demasiado ocupado en mis clases de derecho como para pensar en caprichos, señorita —respondió con una voz varonil, fría y directa, dándole un sutil golpe a su ego.
A Adriana le dio un vuelco el corazón. Odiaba que él siempre encontrara la manera de sonar tan maduro y centrado, pero esa misma resistencia era lo que volvía el juego tan adictivo.
En lugar de enojarse, se recostó en el asiento con una sonrisa de satisfacción, sabiendo que al menos lo había obligado a contestar.
El resto del viaje transcurrió entre el murmullo del tráfico nocturno.
Mauricio condujo con destreza por las avenidas iluminadas de la ciudad y, gracias a su conocimiento de las calles, el tiempo pasó sumamente rápido.
En menos de lo que Adriana esperaba, el auto ya estaba cruzando las imponentes rejas de hierro de la mansión familiar.
Mauricio estacionó el auto con suavidad en la entrada principal, apagó el motor y bajó de inmediato para abrirle la puerta trasera.
Al salir del coche, el aire fresco de la noche las recibió a ambos.
Adriana se detuvo a su lado por un instante, rozando intencionalmente su hombro con el de él mientras le dedicaba una última mirada cargada de misterio antes de caminar hacia la entrada de la casa.
El primer día del juego del gato y el ratón había terminado, y la tensión entre los dos ya era una bomba de tiempo.
El esperado fin de semana llegó, y con él, la oportunidad perfecta para que Adriana escapara por fin de la monotonía de la mansión.
Sus nuevos amigos del colegio habían organizado una fiesta masiva para esa misma noche de sábado, el único día en que no tenían que preocuparse por las clases vespertinas.
Sin embargo, al plantearle la idea a sus padres durante el desayuno, la respuesta fue un rotundo y predecible "no".
Sus papás argumentaron que aún era muy pronto, que no conocían la ciudad de noche y que no pensaban dejarla andar sola por ahí.
Adriana, lejos de armar un berrinche que no funcionaría, activó su mente calculadora. Miró a sus abuelos, quienes siempre terminaban cediendo a sus deseos, y lanzó su propuesta estrella.
—Está bien, entiendo que les preocupe la seguridad —dijo Adriana con una falsa mueca de resignación—. ¿Pero y si va Mauricio conmigo? Él conoce perfectamente la ciudad. Propongo que él me lleve, me espere y me traiga de regreso. Así estaré bien cuidada.
Al escuchar la propuesta, la abuela Angélica intercambió una mirada con su esposo y asintió de inmediato, convencida.
—Saben... me parece una excelente idea —intervino la abuela con una sonrisa—. Mauricio es un muchacho sumamente responsable y centrado. Si él va con ella para cuidarla, nosotros nos quedamos completamente tranquilos.
Sin más remedio que ceder ante el respaldo de los abuelos, el padre de Adriana mandó llamar a Mauricio a la sala principal.
El joven entró minutos después y escuchó la nueva orden de sus patrones con total atención.
Se le encomendó la tarea de llevar a Adriana a la fiesta, permanecer alerta en el lugar para asegurarse de que nadie la molestara y regresarla sana y salva a la mansión.
Mauricio, viendo esto estrictamente como parte de su trabajo y una muestra de lealtad a los abuelos, aceptó la responsabilidad sin oponerse ni una sola vez.
—Entendido, señores. Yo la llevo y me encargo de cuidarla toda la noche —respondió él con su impecable tono varonil y profesional.
Al escuchar su respuesta, Adriana sintió un vuelco de triunfo en el pecho. Le dedicó una mirada rápida y cargada de picardía a Mauricio, dio la media vuelta y subió corriendo las escaleras hacia su habitación, rebosante de felicidad.
Las horas pasaron volando y la noche del sábado finalmente cayó.
Encerrada en su cuarto, Adriana se esmeró al máximo para lucir espectacular.
Escogió un conjunto sumamente atrevido y moderno de dos piezas en color negro: un short corto que estilizaba sus piernas y una blusa a juego que resaltaba su silueta.
Complementó el vestuario con unas botas altas de diseñador, se maquilló de forma seductora y se aplicó una dosis generosa de su dulce perfume.
Estaba lista para brillar en la fiesta y, sobre todo, para poner a prueba el autocontrol de su chofer personal.
Al bajar a la planta principal, el eco de sus tacones anunció su llegada.
Mauricio ya la esperaba junto a la puerta principal de la casa, vistiendo una chamarra oscura y unos jeans que lo hacían lucir imponente.
Cuando levantó la mirada y la vio descender con ese conjunto negro tan corto, sus ojos oscuros se abrieron sutilmente por la sorpresa.
La recorrió de arriba abajo, tragando saliva en seco antes de forzarse a recuperar su habitual máscara de seriedad absoluta.
El juego de esa noche prometía ser el más intenso de todos.