El capricho de la heredera Capítulo 7
18%

Capítulo 7

El lunes por la tarde llegó finalmente, y con él, el temido primer día de clases.

Adriana se miró en el espejo de cuerpo entero de su habitación, analizando el uniforme del prestigioso colegio internacional.

Era elegante, pero para los estándares de una chica acostumbrada a la moda de Chicago, resultaba plano y aburrido.

Por supuesto, ella no pensaba lucir como el resto de las alumnas.

Con una sonrisa astuta, se puso a trabajar en su propio diseño.

La blusa blanca era de botones, así que decidió dejar los tres primeros completamente desabrochados, creando un escote sugerente pero lo suficientemente sutil como para camuflarlo como un "descuido".

Luego, tomó la falda tableada y la enrolló varias veces desde la cintura, logrando que quedara bastantes centímetros por encima de las rodillas, lo justo para presumir sus piernas.

Se colocó un perfume importado sumamente dulce, tomó su mochila de diseñador y bajó las escaleras con paso seguro, balanceando las caderas.

Afuera, en la entrada principal de la mansión, el sol de la tarde pegaba de lleno sobre el auto familiar que sus abuelos habían destinado para sus traslados. Mauricio ya estaba de pie junto a la puerta del copiloto, esperándola de manera impecable con las llaves en la mano.

Cuando Adriana cruzó la puerta principal y caminó hacia el vehículo, Mauricio levantó la mirada para recibirla.

Sus ojos oscuros recorrieron el uniforme modificado de la joven.

Se detuvieron un segundo en la blusa desabrochada y luego bajaron por la falda notablemente corta.

Una chispa de sorpresa cruzó por sus facciones, pero con una velocidad impresionante, recuperó su máscara de absoluta seriedad profesional.

—Buenas tardes, señorita Adriana —saludó Mauricio con su voz varonil y cortante, abriéndole la puerta del auto por completo—. El trayecto al colegio es algo largo a esta hora, así que es mejor que nos vayamos ya para que no llegue tarde en su primer día.

Adriana se detuvo frente a él, ignorando la puerta abierta por un instante. Se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja de forma coqueta y le dedicó una sonrisa llena de picardía, disfrutando del hecho de saber que lo estaba poniendo a prueba.

—Buenas tardes, jardinerito... perdón, chofer —corrigió con tono burlón, examinándolo de arriba abajo—. Veo que te tomas muy en serio tu nuevo trabajito de cuidarme. ¿Qué tal se ve mi uniforme? ¿Te gusta?

Mauricio la miró con total indiferencia, sin que la falda corta o el escote parecieran moverle un solo cabello.

—Pues es como cualquier uniforme —respondió él de forma tajante, restándole toda la importancia que ella buscaba.

La sonrisa de Adriana se borró al instante.

La respuesta le cayó de una patada a su ego.

Molesta por el desaire, bufó con fastidio, esquivó su mano y, en lugar de subirse adelante, abrió la puerta trasera para sentarse atrás, como si fuera una reina marcando distancia con su chofer.

Mauricio cerró la puerta con calma, dio la vuelta al auto y se colocó frente al volante para dar marcha al motor.

Durante todo el camino, el silencio no duró mucho. Adriana, aburrida y decidida a no dejarse vencer por la frialdad de Mauricio, comenzó a atacarlo a preguntas desde el asiento trasero.

—¿Y por qué calles vas a avanzar? ¿De verdad estudias derecho? ¿A poco sí te da el cerebro para eso? —lanzaba una pregunta tras otra, estirando el cuerpo hacia el frente para acortar la distancia entre los dos.

Mauricio conducía con la mirada fija en el pavimento, manteniendo las manos firmes sobre el volante.

Contestaba a cada uno de sus cuestionamientos de manera precisa, educada pero sumamente cortante, sin darle pie a que la plática se volviera íntima.

Sin embargo, Adriana no se daba por vencida.

Aprovechando el tráfico de la tarde, se desabrochó el cinturón de seguridad y se deslizó hacia el centro del asiento trasero, inclinándose tanto hacia adelante que su rostro quedaba peligrosamente cerca del hombro de Mauricio.

Su dulce perfume inundó por completo el espacio del auto.

Desde ahí, cada que el auto frenaba por el tráfico, ella aprovechaba para rozar sutilmente el asiento de él o para lanzar comentarios picantes, buscando desesperadamente que él la mirara por el espejo retrovisor con algo más que simple fastidio profesional.

Mauricio sentía la presión de tenerla tan cerca, y aunque su mandíbula se tensaba con cada provocación de la joven, se obligaba a mantener los ojos en el camino. Sabía que si cedía un solo centímetro, Adriana ganaría el juego.

El auto finalmente se detuvo frente a la imponente entrada del exclusivo colegio internacional.

Al ser el horario de la tarde, el movimiento de alumnos y automóviles lujosos era constante.

Mauricio estacionó el vehículo con suavidad frente a la rampa principal, apagó el motor y bajó de inmediato para abrirle la puerta trasera a la nieta de los patrones.

Cuando Adriana descendió del vehículo, el tiempo pareció detenerse en la entrada de la escuela.

Las miradas de decenas de alumnos se clavaron en ella de golpe.

Nadie, absolutamente nadie en ese colegio tan conservador, se había atrevido jamás a modificar el uniforme de esa manera: con la blusa desabrochada en un escote sugerente y la falda tableada enrollada para lucir tan corta.

Los murmullos y los codazos entre los estudiantes comenzaron de inmediato, fascinados y escandalizados por la audacia de la nueva chica de Chicago.

Adriana, lejos de sentirse intimidada, se alimentó de toda esa atención. Enderezó la espalda, acomodó su costosa mochila sobre el hombro y miró a su alrededor con su típica sonrisa de superioridad. Sabía que ya era el centro de atención.

Antes de caminar hacia el edificio, se dio la vuelta despacio y quedó frente a Mauricio, quedando a solo unos centímetros de su pecho. Lo miró directo a los ojos con una mezcla de picardía y misterio.

—Te veo a la salida, mi chofer favorito —le susurró Adriana con una voz suave, pero lo suficientemente clara como para que algunos alumnos que pasaban cerca la escucharan—. Trata de no extrañarme demasiado toda la tarde... y no pienses tanto en mí mientras estudias.

Le dedicó una última mirada cargada de coquetería, dio la media vuelta balanceando las caderas y caminó hacia la entrada principal, dejando atrás un rastro de su dulce perfume.

Mauricio se quedó firme junto a la puerta abierta del auto.

Su rostro se mantuvo serio e inexpresivo ante los alumnos que lo miraban con curiosidad, pero por dentro, la sangre le hervía.

La provocación de Adriana había sido directa y frente a todos.

Cerró la puerta del auto con un golpe seco, subió al asiento del conductor y arrancó a toda velocidad rumbo a su propia universidad, con la mente dividida entre el coraje que le daba su arrogancia y la innegable e intensa atracción que esa chica caprichosa estaba empezando a despertar en él.