Capítulo 6
Antes de que llegara el lunes, Adriana decidió que no podía quedarse de brazos cruzados.
Tenía que empezar a preparar el terreno para su nuevo entretenimiento.
Salió al jardín y caminó con paso sugerente hacia el vivero.
Al entrar, encontró a Mauricio concentrado en sus tareas de siempre.
Se acercó despacio, recargándose contra una de las mesas de madera, y lo miró fijamente con una sonrisa falsamente dulce.
—Ya que tendré que pasar todos los días contigo en el auto, ¿por qué no me platicas de ti? —soltó Adriana, suavizando la voz—. No sé, qué te gusta hacer, cuál es tu comida favorita... Lo que me quieras platicar. Por ejemplo, ¿tienes novia?
Mauricio interrumpió lo que hacía. Se enderezó lentamente, la miró de arriba abajo con incredulidad y frunció ligeramente el ceño.
—No creo que a usted le interese mi vida, señorita —respondió él con su tono cortante y seco.
Adriana fingió indignación y cruzó los brazos, haciendo un pequeño puchero.
—Oye, yo estoy tratando de llevarme bien contigo y tú siempre me hablas mal. Hablo en serio, Mauricio, estoy siendo real. Platícame de ti y yo te digo lo que quieras.
Mauricio la observó por unos segundos, intentando descifrar qué carta se estaba jugando la nieta de los patrones. Decidió seguirle la corriente, solo para ver hasta dónde llegaba.
—Entonces, a ver... ¿Usted tiene novio? —preguntó él, enarcando una ceja.
—No, estoy soltera... —respondió Adriana, dando un paso lento hacia él y bajando la voz con picardía—. Y muy sola. Por si tú sabes de alguien que me quiera hacer compañía... Pero no me contestaste, ¿tú tienes novia?
—No. No tengo —contestó él tajante.
—Qué bueno... —susurró Adriana con una sonrisa coqueta, sosteniéndole la mirada de una forma que a cualquiera habría puesto nervioso.
Mauricio volteó a verla fijamente, tensando la mandíbula. Sus ojos oscuros se clavaron en los de ella, analizando esa repentina y peligrosa atención que Adriana le estaba prestando. El juego del gato y el ratón acababa de comenzar de manera oficial.
Mauricio no respondió al sutil coqueteo de la joven; prefirió dar la vuelta y continuar con su labor, aunque la cercanía de Adriana ya lo estaba poniendo bajo alerta.
Ella, lejos de rendirse por su silencio, dio unos pasos más por el vivero.
Comenzó a pasar la punta de sus dedos delicados por las hojas de las plantas exóticas, fingiendo un repentino y desbordante interés por la botánica.
—¿Y esta de aquí cómo se llama? —preguntó Adriana, ladeando la cabeza y mirándolo de reojo con una sonrisa sugerente.
—Es una orquídea exótica —respondió Mauricio en tono profesional, sin mirarla directamente—. Requiere mucha sombra y cuidado constante. No cualquiera sabe tratarla.
—Vaya... A mí se me da muy bien cuidar lo que me interesa —coqueteó ella de inmediato, bajando la voz y buscando que sus ojos se cruzaran de nuevo.
Mauricio la siguió guiando por el pasillo del vivero, contestando de manera cortante y precisa a cada una de las preguntas que ella lanzaba sobre la colección de su abuela.
Sin embargo, Adriana no perdía oportunidad: cada vez que él le explicaba algo, ella se le acercaba un poco de más, rozaba su brazo "accidentalmente" o le dedicaba miradas cargadas de picardía.
Por fuera, Mauricio se mantenía como una roca, tratando de ignorar por completo las insinuaciones y concentrándose en su trabajo.
Pero por dentro, su mente trabajaba a mil por hora.
No podía creer el descaro de la nieta de los patrones.
Apenas el primer día lo había tratado con absoluto desprecio, llamándolo "sirviente" y recordándole que no eran iguales, ¿y ahora resultaba que quería ser su amiga y le coqueteaba abiertamente?
Mauricio sabía perfectamente que las mujeres caprichosas como Adriana no hacían nada sin una doble intención. Ella no buscaba amor; buscaba un juguete para pasar el rato, y él no pensaba ponérsela nada fácil.
Adriana seguía merodeando por el vivero, moviéndose de un lado a otro con paso coqueto. Aprovechaba cada rincón para presumir su figura y jugaba con su cabello cada vez que Mauricio la miraba. Estaba decidida a tenerlo a sus pies, dispuesta a usarlo para lo que necesitara en ese encierro.
Sin embargo, por estar completamente concentrada en su actuación y en lanzarle miradas sugerentes, Adriana no prestó atención a dónde ponía las manos.
Estiró los dedos para acariciar una planta exótica justo donde Mauricio acababa de usar unas tijeras de podar, rozando el borde filoso de una de las herramientas.
—¡Ay! —exclamó Adriana de golpe, soltando un grito agudo que resonó en todo el invernadero de cristal.
Mauricio soltó las herramientas de inmediato y volteó a verla con preocupación.
Adriana se sostenía la mano derecha, con los ojos abiertos de par en par, mirando una pequeña línea roja que comenzaba a formarse en la yema de su dedo índice.
No era nada grave ni profundo, pero fiel a su naturaleza caprichosa y consentida, comenzó a hiperventilar de forma sumamente exagerada.
—¡Me corté! ¡Me estoy desangrando, Mauricio! —chilló, con la voz temblorosa y el rostro pálido.
Mauricio suspiró aliviado al ver que no era una herida de cuidado. Se acercó a ella con calma, le tomó la muñeca con firmeza pero con suavidad, y le revisó el dedo con detenimiento.
—Cálmese, señorita. No es nada grave. La herida ni siquiera es profunda, apenas es un rasguño —le dijo él con voz pausada, intentando tranquilizarla.
—¿Cómo que no es profunda? ¡Es enorme! —exageró Adriana, cerrando los ojos con fuerza y apartando la cara con total asco—. ¡Ay, Dios mío, me voy a desmayar! Siento que todo me da vueltas... ¡Ayúdame, Mauricio!
Al verla tan alterada por una simple gota de sangre, una sonrisa de descubrimiento se dibujó en el rostro de Mauricio.
El joven se dio cuenta de algo muy importante en ese instante: a la gran y soberbia Adriana de Chicago le aterrorizaba ver la sangre y era sumamente sensible.
Toda esa armadura de niña mala, altanera y destructora de corazones se caía a pedazos ante el más mínimo dolor físico.
—A ver, míreme —le ordenó Mauricio con tono varonil, obligándola a sostenerle la mirada mientras la guiaba hacia un pequeño lavabo en el fondo del vivero—. No se va a desmayar. Quédese quieta y deje que le limpie eso.
Adriana, completamente indefensa por primera vez, no tuvo más remedio que obedecer, aferrándose al brazo de Mauricio mientras él abría la llave del agua.
Al ver que no era más que un rasguño, Mauricio no pudo contener una risa ligera y burlona mientras la guiaba hacia el lavabo.
—No sea exagerada, señorita. De verdad que no es para tanto —le dijo con tono divertido, divertido de verla perder los papeles por tan poca cosa.
—¡No te burles, estúpido! —reclamó Adriana, con la voz temblorosa mientras se aferraba a su brazo—. Es que... no me gusta ver la sangre. Me pone muy mal.
—Es solo una gota, a cualquiera le pasa —insistió él, abriendo la llave del agua fría para limpiarle el dedo.
—¡Claro, como a ti no te pasa nada cuando ves la sangre! —protestó ella, apartando la mirada con asco—. A mí sí. No me gusta, es horrible. Yo tengo... una condición. Si veo mucha sangre, me desmayo. Me da un bajón de presión y pierdo el conocimiento. Es horrible, así que ya quítame eso de la vista.
Mauricio la miró de reojo. El tono arrogante y altanero de Adriana había desaparecido por completo; ahora solo quedaba una niña asustada que respiraba de prisa y evitaba a toda costa mirar su propia mano.
Al darse cuenta de que su pánico era real, Mauricio dejó de burlarse.
Con total cuidado, tomó un pañuelo limpio de su bolsillo, le secó la mano y presionó suavemente la herida hasta que dejó de salir la pequeña línea roja.
—Ya está. Ya no hay sangre —le avisó con voz suave y varonil, manteniéndose muy cerca de ella—. Ya pasó el peligro, señorita de Chicago.
Adriana abrió los ojos despacio, comprobando que su dedo estaba limpio.
Al verse tan cerca de él, y notar la firmeza y protección con la que la había tratado, sus mejillas se tiñeron de un ligero color carmín que no tenía nada que ver con el susto.
Se soltó de su agarre de golpe, intentando recuperar su postura de reina altanera, aunque el corazón le latía a mil por hora.
—Como sea... Gracias —masculló entre dientes, dándose la vuelta con rapidez para salir del vivero antes de que Mauricio notara lo nerviosa que la había puesto.
Mauricio se quedó parado junto al lavabo, viendo cómo se alejaba a paso rápido.
Una sonrisa calculadora apareció en sus labios.
Adriana quería jugar a provocarlo y divertirse con él, pero ahora él conocía su mayor secreto y su punto débil.
El lunes por la tarde el juego continuaría, pero las cartas ya estaban sobre la mesa.