Capítulo 5
Como una forma de protesta, Adriana decidió no probar un solo bocado en todo el día.
Se encerró en su habitación, cruzada de brazos, jurando que los castigaría a todos con su huelga de hambre hasta que cancelaran sus planes de mandarla a la escuela.
Sus padres, sin embargo, conocían perfectamente sus tácticas.
Sabiendo que solo se trataba de otro de sus berrinches consentidos, decidieron ignorar el drama y no le tomaron la menor importancia.
Pero para la medianoche, el estómago de Adriana comenzó a reclamarle con fuerza.
El hambre era insoportable. Derrotada por su propio estómago, abrió la puerta de su cuarto y bajó las escaleras en absoluto silencio, cuidando de no despertar a nadie.
Llegó a la cocina a oscuras y encendió una luz tenue.
Comenzó a abrir los enormes gabinetes de madera, desesperada, buscando una simple caja de cereal para calmar el vacío.
En ese momento, las puertas de la cocina se abrieron levemente.
Mauricio entró buscando un vaso de agua, pero al ver a la nieta de los patrones hurgando en las alacenas, se detuvo en seco.
Con una leve sonrisa de diversión, dio la media vuelta dispuesto a regresar por donde vino para no meterse en problemas.
Sin embargo, Adriana lo descubrió de inmediato.
—¡Oye! Ven aquí —le ordenó en un susurro apresurado.
Mauricio soltó un suspiro, se dio la vuelta con parsimonia y caminó hacia ella con las manos en los bolsillos.
—¿Qué se le ofrece? —preguntó con su tono calmado, mirándola de arriba abajo.
Adriana dejó la caja de cereal sobre la barra, se cruzó de brazos y lo miró con una mezcla de altanería y desesperación.
—¿Tú sabes cocinar?
Mauricio esbozó una sonrisa ladina, intuyendo perfectamente lo que pasaba.
—Sí, sí sé cocinar —respondió con tranquilidad—. Pero yo no tengo hambre. Así que no veo por qué cocinaría a estas horas de la noche.
Adriana arrugó la frente, sintiendo cómo su orgullo flaqueaba ante el rugido de su estómago.
—Porque es un favor para mí. Cocíname algo, plis —pidió, intentando suavizar la voz, aunque el tono de superioridad no se le quitaba del todo.
—No sé por qué debería hacerlo —retó Mauricio, disfrutando verla en esa posición.
—¡Porque es una orden! —soltó ella, dando un paso al frente. Pero al ver la mirada inexpresiva de Mauricio, rápidamente cambió de estrategia y entornó los ojos—. Anda, sí... Además, te lo estoy pidiendo por favor.
Mauricio la observó por un par de segundos. Ver a la gran y arrogante Adriana de Chicago implorando por comida a mitad de la noche le pareció sumamente divertido. Soltó una pequeña risa y asintió con la cabeza.
—De acuerdo. Pero no voy a encender la estufa a esta hora. Solo le haré un sándwich. ¿Acepta?
Adriana, que en ese punto se habría comido cualquier cosa, tragó saliva y asintió de inmediato de mala gana.
—Sí, lo que sea. Pero ya muévete, que tengo mucha hambre.
Mauricio se lavó las manos en el fregadero con total calma, sin dejarse presionar por las prisas de Adriana. Abrió el refrigerador, sacó los ingredientes y comenzó a armar el sándwich con una habilidad que demostraba que estaba muy acostumbrado a valerse por sí mismo.
Mientras colocaba las rebanadas de pavo y un toque de aderezo especial, miró a la joven de reojo con una sonrisa burlona.
—Para ser alguien que juró que no comería nada en este país, se le ve bastante desesperada —comentó Mauricio en un susurro, rompiendo el silencio.
Adriana, sentada en uno de los bancos altos de la barra, rodó los ojos y se acomodó la bata de seda.
—No estaba desesperada, solo estaba... probando la resistencia de mi cuerpo —inventó a la defensiva, cruzándose de brazos—. Pero mis papás son unos exagerados. Creen que me van a domar dejándome sin cenar, pero no me conocen.
—Me doy cuenta de que nadie la conoce del todo, señorita —replicó él, colocando el sándwich sobre un plato limpio—. Pero dudo que su huelga de hambre fuera a durar tres días.
Mauricio deslizó el plato por la barra de granito hasta que quedó justo frente a ella.
Adriana no esperó ni un segundo. Tomó el sándwich con ambas manos y le dio un gran mordisco.
Sus ojos se abrieron de par en par por la sorpresa.
El pan estaba perfectamente crujiente, los sabores combinaban de una forma deliciosa y ese aderezo secreto era espectacular.
Masticó rápido y pasó el bocado, mirando el plato y luego a Mauricio con incredulidad. El orgullo no le permitió ablandarse del todo, pero la honestidad le ganó.
—Guau... Está muy bueno —admitió Adriana, limpiándose la comisura de los labios con delicadeza—. En serio, está riquísimo. Está muchísimo más bueno que el que me preparó tu mamá ayer en la tarde.
Mauricio enarcó una ceja, sintiendo un pequeño golpe de orgullo propio, aunque no pudo evitar defender a Estela.
—Mi mamá es la mejor cocinera de la región, pero a ella le dio la orden de hacer algo rápido y de mala gana. A este sándwich yo le puse mi toque personal. Qué bueno que le gustó.
Adriana dio otro mordisco, disfrutando de la comida en el silencio de la noche, mientras Mauricio la observaba recargado contra la barra.
Por primera vez en dos días, no se estaban gritando ni mirando con desprecio.
Había una tregua silenciosa en la cocina, una chispa nueva que ninguno de los dos sabía cómo nombrar todavía.
A la mañana siguiente, el olor a café recién hecho y el murmullo de voces en el comedor principal anunciaban que, esta vez, la familia estaba completa.
Adriana bajó las escaleras con paso lento, aún con el recuerdo del sándwich de la medianoche y la extraña tregua con Mauricio flotando en su mente.
Sin embargo, su expresión volvió a endurecerse en cuanto entró al comedor y vio a sus padres sentados junto a sus abuelos.
—Qué bueno que bajas, Adriana. Siéntate —dijo su padre con un tono serio que no admitía berrinches.
Adriana se sentó de mala gana, cruzándose de brazos sin mirar el plato que le servían.
—Ya está todo listo —continuó su madre, tomando un sorbo de té—. Tu abuela nos ayudó a conseguirte un lugar en el colegio más exclusivo de la zona. Las instalaciones son excelentes y el nivel es muy alto. Empiezas el lunes.
La sangre de Adriana hirvió al instante. Sabía que no tenía escapatoria, pero el orgullo le impedía ceder tan fácil.
—¡Les dije que no quiero estudiar en este país! —reclamó, golpeando la mesa con la palma de la mano—. ¡Es una injusticia que me obliguen!
—Ya basta, Adriana. Vas a ir y se acabó —sentenció su padre con una mirada fría—. Además, como es un colegio con un sistema internacional especializado, tu horario será por las tardes.
Adriana bufó con indignación, dándose cuenta de que patalear ya no serviría de nada. Tendría que ir a esa escuela por las tardes, arruinando por completo sus planes de quedarse encerrada durmiendo o quejándose de la vida.
En ese momento, la abuela Angélica, que observaba la situación con calma, dejó su taza sobre el plato de porcelana y sonrió levemente, como si hubiera estado planeando algo desde antes.
—Saben... estaba pensando en el traslado —comentó la abuela con voz pausada—.
El colegio queda algo retirado y el tráfico a esa hora es terrible.
Como Mauricio también estudia la universidad por las tardes y le queda de paso, propongo que él sea quien la lleve y la recoja siempre.
Así nos aseguramos de que Adriana vaya bien cuidada y no tengamos que descuidar los autos de la empresa.
Al escuchar el nombre de Mauricio, Adriana levantó la mirada de golpe.
Su mente viajó rápido a la noche anterior: a su sonrisa ladina, a su tono varonil y a la forma en que la había dejado hablando sola en el jardín.
Una idea retorcida comenzó a formarse en su cabeza caprichosa.
Si estaba obligada a ir a esa horrible escuela, al menos usaría los trayectos para cobrarse cada uno de los desplantes de Mauricio.
Lo convertiría en su juguete personal para entretenerse en su encierro.
Su padre asintió ante la propuesta de la abuela y mandó llamar a Mauricio de inmediato al comedor.
El joven entró a los pocos minutos, vistiendo su ropa de trabajo limpia y sosteniendo una postura impecable.
Escuchó la orden de la abuela Angélica con atención.
Lejos de quejarse o poner mala cara por tener que compartir su tiempo con la insoportable nieta de los patrones, Mauricio simplemente asintió.
Para él, esto no era más que una extensión de sus obligaciones, una tarea más de su trabajo que cumpliría con profesionalismo.
—De acuerdo, señora Angélica. Yo me encargo de llevarla y traerla —respondió él con voz firme y educada, sin mirar a Adriana ni una sola vez.
Al ver que Mauricio la trataba de nuevo como si fuera un mueble más de la casa, a Adriana le dio un ataque de rabia. Se puso de pie bruscamente, tirando la servilleta sobre la mesa, y subió corriendo a su habitación sin despedirse de nadie.
Encerrada en su cuarto, manoteó el celular y marcó el número de Victoria a toda prisa. Necesitaba desahogarse. En cuanto su amiga respondió, Adriana le soltó toda la historia de golpe: el colegio, la tarde, y el hecho de que el hijo de los empleados sería su chofer obligatorio.
—Oye... ¿y cómo es ese tal Mauricio? —preguntó Victoria del otro lado de la línea, con un tono lleno de curiosidad.
Adriana se recostó en su cama, mirando al techo mientras recordaba las facciones marcadas del joven bajo la luz de la luna.
—Pues... no es feo —admitió de mala gana—, pero tampoco es guapísimo. ¿Por qué lo preguntas?
—Ay, Adri, piénsalo —rio Victoria con malicia—. Estás sola en México, no tienes amigos, no tienes en qué divertirte... Pues úsalo a él.
Adriana se sentó de golpe en la cama, frunciendo el ceño.
—¿Ay, Victoria, como qué? ¿Cómo que me divierta con él?
—¡Pues no sé! Diviértete, coquetea, juega un rato. Lo tienes metido en tu casa, a tu disposición.
—¡Victoria, estás loca! ¡Claro que no! —exclamó Adriana, aunque su corazón dio un vuelco—. Es un empleado de mi familia. ¿Te imaginas a mí con él? Qué oso.
—Adriana, reacciona, no es que vayas a formalizar algo con él ni a presentarlo con tus papás —insistió Victoria, soltando una carcajada—. Es solo diversión para pasar el rato en lo que regresas a Chicago. Es un juguete.
Las palabras de su amiga resonaron con fuerza en la mente de Adriana. Una sonrisa lenta, calculadora y caprichosa comenzó a dibujarse en sus labios. Victoria tenía razón. Ella mandaba, ella ponía las reglas, y Mauricio iba a ser su entretenimiento personal para sobrevivir al aburrimiento de México.
—Bueno, Vic, te dejo. Tengo cosas que planear —dijo Adriana con una chispa nueva en la mirada.
Se despidieron y colgó la llamada. Adriana se cruzó de brazos, saboreando la nueva idea que daba vueltas en su cabeza. El lunes por la tarde empezaba el juego del gato y el ratón, y ella planeaba ganar.